Kilmister

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Lemmy era unos calzoncillos sucios que a veces apestaban. Un acorazado. Cientos de aviones soltando bombas en media Europa enfangando el océano de metralla. Un pirata. Un anarquista.

Cuando Lemmy cantaba, el suelo de las ciudades crujía. Su mirada bastaba para levantar a hordas furiosas a la rebelión y al robo. Lemmy era un tipo peligroso. Un inconformista y un ácrata. Un tipo honesto que se percibía que era capaz de tratar con la misma dignidad a un paria que a un colega. Era alguien al que le bastaba con un rugido para animar a un adolescente a separarse de sus padres y hacerse un nombre lejos del núcleo familiar. Era un hombre duro con el corazón amplio al que no costaba imaginárselo reinando en los callejones y los bares de barrio entre brumas de niebla, semen y gemidos de placer. Un corsario que tan sólo necesitaba alzar la voz para que sus seguidores sintieran  deseos de destruir todas las fábricas.

Lemmy era el conde de Lautreamont del rock and roll. Un vanguardista al revés. Destruía el arte insistiendo en repetir una y otra vez los mismos tres acordes al más alto volumen posible. Lemmy no necesitaba rebuscadas metáforas para impactar. Le bastaba con elevar su voz de fumador bronco entre las guitarras para expandir el nihilismo a su alrededor.

Lemmy consiguió hacer dichosos a muchos inadaptados e inmaduros. Puso voz a canciones que rememoraban la actitud punk que Jerry Lee Lewis o Elvis Presley mantuvieron en sus primeros tiempos. No obstante, existen discos de Motorhead que no son tan sólo puñetazos de adrenalina ni golpes a la pared sino que también son viajes de ácido: LSD mezclado con popper. E incluso hacen reflexionar. Probablemente, porque Motorhead no eran únicamente la guerra. Eran, sobre todo, el paisaje después de la batalla. Probablemente, más cruel y desolador que el que había durante el combate. Sus canciones eran ira y desesperación. Un homenaje a los jinetes del Apocalipsis. Las manos de un demonio agarrando de los pelos a un condenado delante de un charco de sangre.

Con Lemmy no muere una época sino el rock. Nadie podrá ni llevarlo al límite ni descuartizarlo como lo hizo él ya que lo transformaba diariamente en un cadáver y lo resucitaba cuando le daba gana con dos o tres de sus gruñidos.

Lemmy, sí, era un lobo visceral. El cáncer del postureo y la burguesía. La aniquilación de todas las clases sociales. Pues bastaba que abriera la boca para que pensáramos que era mejor vivir salvajes en los campos que hacinados en una ciudad. Con él, no se va un icono ni tampoco un mito. Se va un colega. El amigo de todos. Aquel rebelde que conocimos en la escuela que consiguió lo que muchos, en algún momento de nuestra vida, nos planteamos: dar por culo eternamente al sistema y contribuir a quebrar algunos de sus muros. ¡Salve al corsario allá en los cielos! Shalam

أُمُّ الْجَبَانِ لاَ تَفْرَحُ وَلاَ تَحْزَنُ

                   No es lo mismo hablar de toros que estar en el ruedo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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