La bahía del tigre

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Tiger bay es mi disco favorito de Saint Etienne. No porque lo considere mucho mejor que los dos anteriores o los siguientes sino porque fue con el que descubrí a la banda. Y debo reconocer que, desde la primera escucha, me dejó noqueado. Escasas ocasiones anteriormente había percibido un uso tan inteligente de los sintetizadores y las cajas de ritmos; tan cinematográfico, bucólico y evocador. Me bastó con dejar sonar por uno o dos minutos la primera canción, “Urban Clearway”, para comprender que estaba ante una obra especial. Una gema creada por unos obsesos de la cultura pop; como pude ratificar décadas después leyendo la particular Biblia de la música contemporánea escrita por Bob Stanley (el teclista de la banda): Yeah!, Yeah!, Yeah!. La historia del pop moderno.

Tiger bay cuyo título y contenido refiere directa e indirectamente al filme de J. Lee Thompson era un disco mágico. Probablemente no era perfecto. Era de hecho bastante irregular. La producción de ciertas canciones (“Hugh my soul” por ejemplo) era tal vez demasiado edulcorada y conscientemente frívola. Pero el álbum en su conjunto desprendía magia. Estaba lleno de interés. Algo a lo que contribuía sin dudas tanto la magnífica portada como la contraportada; ambas basadas en los lienzos del pintor inglés James Clarke Hook.

Ciertamente, Tiger bay era una obra tan alegre como triste con un ojo puesto en el porvenir y otro en el pasado lleno de melodías de esas que habrían hecho a Ulises amarrarse de pies y manos al mástil de su barco para no volverse loco y perecer ante tanta belleza. Conozco pocos hit singles tan perfectos como “Like a motorway” y entiendo también que escasas canciones sintetizan el verano ibicenco y mediterráneo lleno de sensualidad, dulzura, diversión e impostado flamenco sonando en discotecas como “Pale movie”. En cualquier caso, la grandeza del disco radicaba probablemente en la asombrosa y natural manera con la que mezclaba el europop con el folk, el hedonismo y la tristeza, el pop alegre y el melancólico, el techno juguetón y la música campestre; los sesenta y los noventa. Puesto que Tiger Bay no sólo recreaba con dulzura el pasado sino que presentaba todo un mundo por descubrir. Anunciaba la posible música del futuro al tiempo que rendía culto a la de décadas atrás. Y en este sentido, era un especie de eslabón perdido capaz de unir a referencias tan disímiles como Nick Drake y Abba; Bridget St John y Blondie; The Andrew Oldham Orchestra y The KLF.

Sería en verdad muy fácil despachar este avería asegurando que cuando escuché Tiger Bay, comprendí que la herencia de grupos como Blondie se encontraba a salvo de no ser porque Saint Etienne recuperaba la fuerza juvenil del grupo neoyorquino pero eran mucho más conscientes de la naturaleza de sus creaciones. No eran tan sexuales y directos como la banda liderada por Debbie Harry. Algo que en principio podía resultar un obstáculo pero en este caso recubría con una deliciosa capa arty e intelectual sus canciones sin perjudicarlas en absoluto. Todo lo contrario; puesto que les confería un barniz secreto y cerebral que justificaba y daba sentido a su hedonismo. Para entendernos, Tiger bay, sí, no era un disco para obtusos adolescentes británicos que deseaban irse de fiesta en Mallorca sino para jóvenes anglosajones con ganas de disfrutar sus vacaciones que viajaban por las playas de Europa con libros (¡es un decir!) de Sylvia Plath, Danny Boyle o Thomas Hardy en sus mochilas.

Lo cierto en cualquier caso es que Tiger bay era una golosina llena de múltiples sabores. La banda sonora perfecta para que dos adolescentes descubrieran el amor durante una excursión escolar y también para que un fan de Los vengadores (la serie de tv de los 60) se reconciliase con el pop de los 90. De hecho, si un seguidor de The mamas & The Papas que hubiera muerto de un cuelgue de heroína en los 60, hubiera resucitado tres décadas después y hubiera mostrado curiosidad por saber cuál era el sonido de la música en los 90, le hubiera puesto sin dudar este disco que creo que resumía perfectamente tanto los problemas como los posibles soluciones ante los que se encontraba el pop a finales de siglo una vez pasada la era de la inocencia. Más que nada porque, repito, Tiger bay era una obra instantánea pero también muy intelectual. Fruto de una profunda meditación sobre la tecnología y el futuro de la canción pop. Y por eso era un lienzo radicalmente contemporáneo lleno de belleza, por así decir, renacentista que si no llega al estatuto de clásico es precisamente por todas las tensiones y fuerzas contrarias que aparecen en él. Algo que, en mi opinión, lo hace aún más interesante y disfrutable; más vivo y bailable. Shalam

الفشل يقوي القوي

El fracaso fortifica a los fuertes

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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