La batalla

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La vida es un flujo continuo de aprendizaje y sorpresas. No sé ni cómo, hace un mes, comencé a ver un concierto de Peter Brötzmann y Heather Leigh en internet y, desde entonces, quedé totalmente fascinado con el clarinetista y saxofonista alemán. También con Leigh. Pero mucho más con esta leyenda del jazz europeo que me alegro de haber descubierto aunque sea tarde. Porque, realmente, su trayectoria es apabullante. Una sola de sus notas es capaz de destruir un edificio. Transformar la habitación de una persona cualquiera en un campo de guerra artístico. Ante todo debido a que, a pesar del aspecto tranquilo y bondadoso de Peter, su forma de tocar es absolutamente incendiaria y avasalladora. Ideal para acompañar tanto la demolición de un edificio como el maremoto esquizofrénico en que ha degenerado el mundo contemporáneo. Su jazz es combativo, subersivo, político y onírico. Ofrece un testimonio desesperado de una sociedad tan perversa que únicamente encuentra salvación en el caos y el ruido. Se reconoce más en los fragmentos rotos de su cultura que en los símbolos colectivos y unitarios.

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Cualquiera de los discos de Brötzmann podría aparecer perfectamente en un filme de David Lynch. Muchas de las disruptivas melodías que ha interpretado encajarían perfectamente entre las brumas e imágenes nocturnas de Lost highway. Aunque creo que también podrían hacerlo perfectamente en muchos de los realizados por Werner Herzog. De hecho, en las obras de ambos creadores puede percibirse una especie de rebeldía ante las normas. Aunque más que rebeldía, yo hablaría de intranquilidad. Un desasosiego tan grande ante la ley y la historia que ambos se vieron obligados a realizar todo tipo de aventuras (y fracturas) artísticas para reinventarse, huir y combatir los fantasmas históricos (fundamentalmente, el nazismo) cuyo impacto y presencia era omnipresente en media Europa y no digamos ya en Alemania durante la postguerra.

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Herzog era capaz de visualizar una autopista como si fuera una selva ignota y un bar como un lago desesperado. Casi todo lo que hay que saber sobre la filosofía del siglo XX se aprende contemplando una filmación suya del arcén de una carretera, una sucia hilera de cascos de cervezas o de un gallo recorriendo un vertedero. En sus películas, los mitos de la civilización europea desaparecen. Son tragados por el impulso y fuerza de la naturaleza y el ego humano. La historia de la cultura se transforma en lucha, batalla. No es un cuerpo de mitos y conocimientos inamovible ni tampoco un legado que gira y se transforma sino más bien un cimiento que se destruye diariamente. Condenado irremediablemente a desaparecer.

Algo parecido es lo que ocurre en la rutilante, extensa y variada discografía de Brötzmann. Puesto que no parece formar parte de una tradición estable sino surgir en medio de su aniquilación. Un soplido a su saxofón nos indica más sobre los estufidos y la incomunicación actual que cualquier ensayo sociológico. El músico alemán no hace discos sino gruñidos. Pega constantes puñetazos a la propaganda política a medida que realiza incursiones musicales parecidas a retratos psíquicos. Descripciones neuróticas que ponen de relieve la violencia política y social. La inutilidad de las normas.

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Brötzmann deseaba ser un pintor. De hecho, muchas de las portadas de sus discos llevan su firma. Nunca ha dejado de lado del todo su primera vocación que, en cualquier caso, es posible rastrear en su forma de tocar. Ideal para servir de fondo a una performance expresionista o a un documental sobre Rauschenberg, Pollock y compañia. Porque Brötzmann no toca notas. Las arroja al espacio como si fueran botes de pintura abiertos. Se pelea con las melodías como los pintores vanguardistas lo hacían con la superficie de sus lienzos no tanto para buscar su belleza sino para testimoniar el naufragio de la civilización. La manera en que progreso y devastación psíquica han acabado dándose la mano.

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Probablemente es John Zorn el músico que más ha sabido escarbar en las grietas realizadas en el edificio de la música contemporánea por Peter Brötzmann.

Machine gun es un disco esencial, brutal, cuyos alcances puedo escuchar en múltiples experimentos musicales posteriores e incluso en el espíritu que recorre algunos discos de The ex o Fugazi. Es una roca punk y nihilista, una agresiva colisión artística que transformó el jazz en algo instantáneo y peligroso. Un arma de destrucción masiva. Una ametralladora civil que hacía estallar las brumas de la Guera Fría y canalizaba la enorme frustración experimentada por los europeos tras la Segunda Guerra Mundial.

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Brötzmann es el eslabón perdido entre Ornette Coleman y Joseph Beuys. Su jazz no posee el aliento tribal de los norteamericanos, no aspira a ser ni un cántico comunal ni espiritual, pero sí que recoge y capta su ansia de experimentación. Si unes el Krautrock con Coltrane y a esta fórmula le pones unas gotitas de John Cage y Stockhausen, te puede salir una receta musical parecida a la que el teutón acostumbra a interpretar. Su música es europea porque es escéptica. No invoca a las estrellas sino al cerebro y a la bilis. Es un libro de filosofía estallando. Un muro que se quiebra y recompone completamente. No hace alardes sino que sortea escollos para sobrevivir.

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Decía Peter Townshend en su biografía que The Who intentaron emular el sonido de las bombas cayendo sobre Londres y otras ciudades inglesas durante la Segunda Guerra Mundial. De ahí la potencia de aquellos riffs de guitarra que llenaban de ruido y violencia el espacio sonoro. La enorme y desbordante potencia con la que golpeaban al público en el transcurso de sus conciertos.

Creo que Brötzmann golpea a sus oyentes con idéntica energía, casi como si fuera un boxeador, porque es la única manera de que despierten ante tanta manipulación y propaganda. Al fin y al cabo, nació en plena Segunda Guerra Mundial y creció en la desoladora postguerra, en medio de un paisaje devastado, que advertía del fin de la naturaleza y los peligros de la cultura estatal y los avances científicos. Experiencias grabadas a fuego en interpretaciones musicales que son violentos poemas al espíritu libertario. Manifiestos guerreros sobre la importancia de la independencia en medio de un mundo consumista, doblegado por la frivolidad impuesta por ese Imperio socialdemócrata que ha transformado las ideologías en dogmas religiosos al tiempo que vaciaba Occidente de espiritualidad. Shalam

الفنان يخلق أساطيره الخاصة

El artista crea sus propios mitos

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:…..no lo conocia…..fluxus…povera….extraordinario…..nunca sabra donde va……con sus pantalones de grumete y barbas de kaiser……
    2ºimagen:…huelo a supervivencia leigh y al a pelo, pelo, pelo de brötzman……
    3ºimagen:……un verdadero follisqueo……….jajajajjjjjj
    4ºimagen:….la hostia!!!!!….acojonante de guapa…..stroszek….la balada de bruno(s) schleinstein1977….total…..
    5ºimagen:…..en el negro de la izquierda una noria de wisconsin y en el de la derecha la musica que tocaba stroszek en los patios interiores de los edificios alemanes…..hombre orquesta….sonrisa……
    PD: https://www.youtube.com/watch?v=NnwNhl2JK5E&t=67s………..maximo nivel……

    • 1) Un santo de la experimentación. Cuando el sufismo se encuentra con el krautrock. 2) Pilotos de una nave espacial. 3) Un ritual primitivo transformado en concierto del siglo XX. 4) La soledad americana. Documentales americanos sobre familias de emigrantes perdidas en medio de aquel país. 5) Trascendencia espacial. Entre las naves y el cielo. PD: Strozek enorme. No sé cuándo pero llegará el momento en que avería se llene de textos sobre Herzog. ¿Quién sabe cuándo?

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