La destrucción

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Si Godspeed You! Black Emperor hubieran grabado F# A# ∞ y a continuación se hubieran disuelto, serían un grupo mítico. No obviamente a la altura de la Velvet pero en un escalón cercano. Probablemente se encontrarían junto a Slint en el podium de grupos suicidas e imprescindibles de los 90.

En realidad, el mayor problema de esta comuna canadiense de artistas es haber continuado grabando discos. Interesantes, potentes, sí, pero nunca a la altura de su ópera prima. Una obra que, a día de hoy, se revela más actual que nunca. Basta escuchar las primeras frases de esa estremecedora oda al mundo apocalíptico llamada “Dead Flag Blues” para comprender el porqué de mis palabras: “El coche está en llamas y no hay conductor al volante/ Y las alcantarillas están todas confusas con mil suicidios solitarios/ Y sopla un viento oscuro/ El gobierno es corrupto/ Y estamos bajo los efectos de tantos narcóticos/ con la radio encendida y las cortinas corridas/ Estamos atrapados en el vientre de esta horrible máquina/ Y la máquina está sangrando hasta morir”.

Cuando apareció F# A# ∞, llamó mi atención desde el primer momento. Rápidamente lo visualicé como la última frontera del post-rock. Un disco llamado a terminar con ese estilo. A trascender. Una especie de cofre maldito y enigmático lleno de resonancias apocalípticas. Casi sagradas. Una Biblia llena de mensajes simbólicos que con el tiempo comprenderíamos.

En verdad, seguramente F# A# ∞ no es tan majestuoso como lo presento. Aunque siempre he sentido que era un disco eterno. Uno de esos cuyo incendio se extiende mucho más allá de su aparición. Un delirio gnóstico lleno de repeticiones, silencios y estructuras disolutas y fluidas que apuntan al infinito, cuyas escasas letras surgieron de las entrevistas que Efrim Menuck realizó a varios de los predicadores que se reunían habitualmente a finales del pasado siglo en el barrio de East Hastings en Vancouver para hablar del fin del mundo y de las opiniones de diversos policías sobre la catástrofe total. Una obra visionaria sin cortes abruptos que no por casualidad Danny Boyle incluyó en 28 días después como proemio a la era de la rabia y la angustia. Puesto que es arisca y sucia pero también mística. Es ideal para sobrevolar la ausencia de fe del mundo contemporáneo. El derrumbe zombi actual. La implantación de las dictaduras víricas. Esos momentos en los que se intuye la pérdida de la libertad y también la de la seguridad.

Hoy de hecho he puesto F# A# ∞ a todo volumen en mi terraza. No había nadie en mi edificio. La playa estaba desierta, la carretera vacía, el sol oculto y el mar rugía suavemente. Los telediarios pasaban imágenes que parecían a medio camino de Rec y The walking dead. El mundo entero se había convertido en un cómic de Alan Moore, en un episodio de Black Mirror, una línea de un ensayo de Baudrillard. Y obviamente, el disco sonaba majestuoso. Primordial. Como si hubiera sido creado en su momento para ser la banda sonora de estos días y los músicos canadienses lo interpretaran sin descanso en distintos confines de Occidente diariamente. Creo que porque está lleno de secretos. Esconde una luz interior parecida a un misal antiguo. Y en el fondo, es una obra medieval. Una catedral de ruido que emite belleza y santidad en medio del baile de cifras económico habitual, el estruendo producido por el vacío moderno y la destrucción diaria, continua y persistente de las tradiciones sacras, los pueblos y los débiles lazos que todavía unen a los seres humanos. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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