La era oscura

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Dicen los sabios que el éxito es un arma de doble filo y al menos para MGMT lo fue. Ciertamente, tanto para Andrew VanWyngarde como para Ben Goldwasser tuvo que ser un goce impresionante que medio mundo bailara con dos singles -“Kids” y “Time to pretend”- de su notable debut, Oracular Spectacular. Pero como han dejado entrever en más de una ocasión en las entrevistas, también supuso un lastre muy pesado puesto que se vieron obligados a repetir el éxito y experimentaron con atroz intensidad todo el sinfín de condicionantes negativos que arrastra consigo la fama. Deseando evitar ser encasillados en la categoría de música adolescente, a Oracular le siguieron dos discos –Congratulations y MGMT– tan interesantes como imprecisos. Tan osados como alocados y tan arrebatadores como inconcretos llenos de genialidades y momentos avasalladores que sin embargo, no terminaban de aterrizar. No se sabía de hecho si MGMT se iban a convertir en los nuevos Supertramp o a seguir los pasos de Animal Collective. Si iban a transformarse en un refrito de las bandas psicodélicas de los 60 o en el típico grupo caído a los infiernos reo de su ambición e indefinición. Carne de psicólogo y de frustración. Por lo que decidieron tomarse su tiempo para desconectar, recapitular y meditar sus nuevos pasos. Una decisión muy acertada porque,  afortunadamente, Litle Dark age rompe con la maldición que pesaba sobre el grupo norteamericano. Es un disco maduro y disfrutable. Una de las obras que con más talento rememora los 80 musicales sin por ello ser exactamente un émulo de los icónicos discos de aquella era. De hecho, Dark age suena a club fetichista, a resaca de fiesta y a terciopelo negro. Tiene algo que pertenece más a los 90 que a los 80. Un áspero matiz que lo hace más intenso y doloroso. Más un LP que mira al presente con nostalgia que al pasado.

Obviamente, cualquier fan de Human League, Visage o Gary Numan disfrutará con esta golosina. Aunque lo mejor es que también puede gozarla cualquier seguidor del post-punk o incluso quienes se encuentren lógicamente hastiados del continuo revival de los 80. Porque insisto en que es una incisiva obra que refleja ante todo los problemas del mundo contemporáneo. Esas sociedades donde moralmente se encuentra mal visto divertirse (pero es más necesario que nunca) y sus integrantes son plenamente conscientes de que la felicidad es un anhelo que siempre se evade. Y por eso es un disco contenido y triste y un tanto decadente que no obstante, posee un fondo alegre que lo hace irresistible. Es parecido al vuelo de un ángel que viene y va entonando melodías cuya belleza radica en que no terminan nunca de despegar. Se levantan y caen constantemente al suelo.

En cierto modo, Litle dark age dialoga con dos de las obras que con mayor talento evocaban los 80: Screen memories de John Mauss y Pom Pom de Ariel Pink. De hecho, es tanto la continuación como el epílogo de estas investigaciones sonoras sobre los límites del neoliberalismo que podrían sonar en un club de Berlín a altas horas de la madrugada como ser bandas sonoras de unos cuantos videojuegos. Y, en cierto modo, son células comprimidas de hedonismo individualista. Discos que se preguntan desesperadamente si es posible ser feliz en comunidad y otean y describen sociedades destruidas por el onanismo cotidiano. Shalam

الْحَجَرُ مَجَّانٌ وَالْعُصْفُورُ مَجَّانٌ

Las piedras son gratuitas y el pájaro también

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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