La iglesia del ruido

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Hay algo que me suele ocurrir cuando escucho las ruidosas sinfonías de Glenn Branca: que cuanto más ruido emiten las guitarras más paz siento. Por eso, antes que un músico de vanguardia, lo considero un místico. Una artista total que, a través de interminables capas de ruido, era capaz de conseguir que se hiciera un silencio total. De lograr que sus oyentes se calmaran, se olvidaran de sus preocupaciones cotidianas bombardeándolos con composiciones parecidas a gigantescos aviones y misiles. Ametralladoras sonoras capaces de convertir la distorsión en una caricia y las melodías atonales en masajes.

Sus composiciones eran brutales atentados contra la tendencia a la distracción cotidiana. Un puñetazo sónico de tal calibre que conseguía vaciar el cerebro de sus oyentes en menos de un minuto. Obligándoles a concentrarse en su escucha. Sentirse arrullados por el inmenso poderío del ruido. Los testimonios de quienes pudieron asistir a la interpretación de algunas de sus sinfonías en vivo son realmente estremecedores. Dan a entender -y estoy seguro de ello- que había abismos insalvables entre la experiencia de escuchar uno de sus discos en el salón de casa con auriculares y la de hacerlo en vivo y directo. La mayoría de los afortunados asistentes salían con los ojos llorosos, conmocionados ante tan virulento y gigantesco despliegue instrumental. Confirmando aquello que siempre he pensado de este artista: que su obra era tan extrema porque sólo atacando los límites y fronteras del sonido podía luchar contra los males de las ciudades occidentales modernas -stress, ansiedad, depresión, hiperestimulación- logrando volver a darle su sitio al arte. Conseguir que un concierto tonarse a ser una experiencia parecida a lo que para los guerreros de antaño era acceder a una iglesia o un templo tras semanas batallando. Una experiencia sagrada. Una fuente sangrienta. Un rito. Una cacería.

Branca fue un pionero. Lo que hizo puede parecernos fácil en tiempos como los que vivimos donde basta un clic para tener acceso a las músicas más diversas. Pero no lo fue. Nueva York era un hervidero musical a finales de los años 70. Era una infernal cocina de olores, historias y sonidos. Lo más cómodo y lógico hubiera sido disfrutar de esa época inolvidable y dejarse llevar, pero Branca vio un hueco que muy pocos habían entrevisto. Observó que existía un vacío entre el rock instantáneo, intelectual, impulsivo e intenso que se escuchaba en los clubs y discotecas y la fastuosa y recargada música romántica y clásica que se interpretaba en los auditorios y salas de conciertos tradicionales. Entre medias de estos dos mundos, apenas había nada. Si acaso el minimalismo, los mudras atonales de John Cage y los arriesgados experimentos de Steve Reich o Philip Glass.

Ciertamente, la música popular y la clásica parecían peleadas. Vivir en mundos distintos. Parecían odiarse o pertenecer a lugares demasiado distantes como para poder entenderse. Algo insoportable para un melómano y visionario como Branca que, después de varios intentos y darle varias vueltas a la idea, se atrevió a realizar un profundo acto catártico que unió varios siglos de arte: fusionar el punk y la new wave con la música clásica. Algo que ahora puede parecernos hasta lógico  (o al menos, necesario) pero, en su momento, fue muy atrevido. Un acto valiente, osado y extremo. De hecho, Branca no llegó, obviamente, a realizar esta impresionante fusión de golpe. Hubo todo un proceso previo. Formó parte, por ejemplo, de varios grupos medio punks con los que investigó las posibilidades del ruido. Y compuso un disco, The ascension que, en cierta medida, representa para su generación, lo que el primero de The Velvet Underground para la anterior. Una obra que era casi un epílogo y digestión a la era punk y new wave. Un concierto de cámara dedicado a la improvisación y la distorsión, que comenzaba a trazar los caminos por los que discurriría la música independiente en el futuro. De hecho, en The ascension se encuentra la esencia de dos grupos fundamentales, Sonic Youth y Swans, algunos de cuyos componentes participaron en su grabación cuando eran totalmente desconocidos en el mundo de la música. Pero estoy seguro de que es una obra que ha de haber influenciado a muchos más músicos y que su poso puede sentirse tanto en arriesgadas performances como en exposiciones de arte contemporáneo. Porque refleja perfectamente los estallidos psíquicos modernos. El caos anímico diario. La imperiosa necesidad de destruirlo todo. Es Bebop 500 años después del Bebop.

En cualquier caso, el Branca que tiene asegurado su lugar con letras mayúsculas en la historia de la música es el de las sinfonías para orquesta de guitarras y percusión. El mítico mago capaz de llevar el drone a los palacios operísticos o convertir los teatros en misiles y que se inventó el solito el noise de los 80 y 90. Un gigante que, desgraciadamente, a pesar de sus colaboraciones en el New York Times, no nos ha dejado ningún ensayo -que yo sepa- donde poder conocer sus reflexiones sobre el discurrir de la música o la naturaleza del sonido. Aunque puedo imaginar perfectamente algunas de ellas cada vez que escucho esas furiosas composiciones que nos legó tan parecidas a aforismos de Heráclito y Nietzsche. Shalam

إِنَّمَا الْمَرْءُ بِأَصْغَرَيْهِ: قَلْبِهِ وَ لِسَانِه

Nadie se cree culpable si él es su mismo juez

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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