La música del ruido

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Como ya he explicado en otras ocasiones, cada vez que me encuentro en un callejón sin salida y no sé cómo resolver una escena de un texto en el que trabajo o siento que el libro está cayendo en el lugar común o un terreno baldío, suelo apoyarme en combinaciones musicales anómalas para tomar impulso y de alguna forma, mandar a mi mente la orden de que debo ir más allá de mí mismo para conseguir algo de lo que me encuentre satisfecho en el futuro y que sea lo suficientemente sólido como para proporcionar un respaldo resistente a mis siguientes pasos. Prosigo, por tanto, con mi costumbre de mezclar música mientras escribo un libro. Y agradezco sin vacilar la existencia de las computadoras  porque el campo de posibilidades que se abre ante mí es amplio e infinito. Habitualmente suelo desarrollar pruebas de todo tipo hasta que hallo la mezcla adecuada. La cual no tiene -aclaro- que sintonizar tanto con mi estado de ánimo sino con el lugar mental y  emocional al que necesito llegar para avanzar en el texto que escribo, apasionándome en su redacción; vibrando cada vez que me sitúo ante él. Implicado en todo mi ser por su desarrollo. Como si estuviera explorando el alma de una nueva amante o desembarcando en una tierra desconocida. Superando mis límites como quien bucea en el océano, desplazándose entre moluscos y peces sin saber si volverá a respirar aire puro.

En el caso de la redacción de Ruido del arte, esta práctica me está sirviendo de mucho. Hoy en concreto se ha revelado como salvadora. Como dije ayer, me sentía un tanto cohibido y coaccionado por la escritura de una novela que podía caer en el refrito. Y para evitar esta sensación de desapego y fracaso,  he realizado una combinación musical que no me resisto a describir porque finalmente ha conseguido sacarme de mi desasosiego, transportarme a otro puerto e inmiscuirme totalmente en el libro en el que poco a poco voy adentrándome, que ha empezado a variar conforme la extraña combinación de ruidos y sonidos penetraban por todo mi cuerpo; los cuales, creo necesario indicar, son lógicamente escuchados a volúmenes diferentes hasta encontrar el tono adecuado en que se combinen más o menos simbióticamente sin superposiciones molestas.

Lo primero que ha sonado -dado que estoy leyendo la segunda novela, Hijos de Dune, de la saga de Frank Herbert- ha sido el  inquietante disco compuesto por Klaus Schulze para la novela central de la epopeya de Paul Atreides en el planeta Arrakis que a continuación he mezclado con una experimental y pausada grabación de Stockhausen (cuya referencia he olvidado apuntar) y el TNT de Tortoise. Sorprendentemente, casi por arte de magia, la mezcla ha funcionado perfectamente y he comenzado a disfrutarla como un poseso borracho. Ciertas frases e ideas han comenzado a fluir. Y mis nervios se han relajado al encontrar salidas a los puntos oclusivos, cerrados hasta entonces del libro. Pero no todo ha terminado aquí porque ha llegado un momento en que funcionaba todo tan sinuosamente, me sentía tan armónico que he deseado forzar un poco más y me he atrevido a dar otra vuelta de tuerca añadiendo a los discos antes aludidos, Tilt de Scott Walker (que se ha acoplado con una sencillez casi misteriosa) y minutos después, el mítico Bone machine de Tom Waits en lo que ha devenido una auténtica orgía sonora que finalmente me ha hecho construir algún personaje que no tenía pensado trazar, ciertos desdoblamientos temáticos, alteraciones ortográficas hechas adrede (que no sé lógicamente si mantendré en el futuro) y componer ciertas metáforas a través de los que comienzo a entrever lo que será en unos meses Ruido del arte. Sintiéndome desde ya, seducido por recorrer los caminos a los que desea conducirme. En cuanto me parece que me anuncian una nocturna travesía (cuyos contornos empiezo a intuir) con un viejo sabor añejo a aventura muy apetitoso. En suma, estos ruidos discontinuos me hacen penetrar en los territorios literarios como  si me adentrara en un  agujero negro. Pero, en este caso, sin temor a la oscuridad. Al contrario, sintiéndome atraído por ella hasta desear desaparecer y renacer de nuevo en otra forma animal o humana. Luchando por llegar a otro estadio de conocimiento si es que esto es posible.

Es justo reconocer, por otra parte, que el experimento no ha cesado aquí y en un momento dado, he añadido otro disco a la cosecha de escombros, la famosa ópera inacabada de Alban Berg, Lulu, y sí, a partir de su inclusión, he comenzado a detener el sonido de todos los reproductores abiertos hasta quedarme únicamente con el de la obra del compositor austriaco y la de Scott Walker que aparte de combinar a la perfección, me han dejado en un estado de levedad, casi somático, que me ha hecho abrir nuevas vías al libro que juro que posiblemente no hubiera encontrado de enfrentar la creación a través de un método tradicional (en el que no estoy interesado ahora mismo). ¿Es esto demasiado? Sí. Tal vez. Pero aseguro que me pone en condición de escribir. Y que si esta práctica falla, no merece ocuparse más del texto que concibo como una roca que tengo que contribuir a deformar. Pues sólo a través de su descomposición será que muestre su vacío y pueda verme reflejado en ella. Estando obligado a llenarla con palabras a través de las que se vislumbran horizontes, caídas y abismos, texturas e historias ininterrumpidas que de una u otra manera, acabarán construyendo una obra creativa. Pues son su impulso y respiración, como las sombras lo son de la noche. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

 En tiempos de guerra, cualquier hoyo es trinchera

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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