La música del ruido

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Como ya he explicado en otras ocasiones, cada vez que me encuentro en un callejón sin salida y no sé cómo resolver una escena de un texto en el que trabajo o siento que el libro está cayendo en el lugar común o un terreno baldío, suelo apoyarme en combinaciones musicales anómalas para tomar impulso. Forzar a mi mente a ir más allá de sí misma para conseguir crear algo de lo que me encuentre satisfecho en el futuro y que sea lo suficientemente sólido como para proporcionar un respaldo resistente a mis siguientes pasos. Prosigo, por tanto, con mi costumbre de mezclar música mientras escribo un libro. Y agradezco sin vacilar la existencia de las computadoras porque el campo de posibilidades que se abre ante mí es amplio e infinito. Habitualmente, suelo desarrollar pruebas de todo tipo hasta que hallo la mezcla adecuada. La cual no tiene -aclaro- que sintonizar tanto con mi estado de ánimo sino con el lugar mental y emocional al que necesito llegar para avanzar en el texto que escribo. Haciéndome vibrar cada vez que me sitúo ante él, como si estuviera explorando el alma de una nueva amante o desembarcando en una tierra desconocida. Forzándome además a superar mis límites al igual que el submarinista que bucea en el océano, desplazándose entre moluscos y peces sin saber si volverá a respirar aire puro.

En el caso de la redacción de Ruido del arte, esta práctica me está sirviendo de mucho. Hoy en concreto, se ha revelado como salvadora. Pues como dije ayer, me siento un tanto coaccionado por la escritura de una novela que puede caer en el refrito. Y para evitar esta sensación de fracaso, he realizado una combinación musical que no me resisto a describir porque finalmente ha conseguido sacarme de mi desasosiego. Me ha hecho inmiscuirme totalmente en el texto conforme la extraña combinación de ruidos y sonidos penetraban por todo mi cuerpo.

Lo primero que ha sonado ha sido el  inquietante disco compuesto por Klaus Schulze para ilustrar la novela de Frank Herbert, Dune, que a continuación he mezclado con una experimental y pausada grabación de Stockhausen y el TNT de Tortoise. Sorprendentemente, casi por arte de magia, la mezcla ha funcionado perfectamente y he comenzado a disfrutarla como un poseso borracho. Ciertas frases e ideas han comenzado a fluir, y mis nervios se han relajado al encontrar salidas a las vías hasta entonces cerradas del libro. Pero no todo ha terminado aquí porque ha llegado un momento en que la combinación funcionaba tan bien que he deseado forzar un poco más, añadiendo a los discos antes aludidos, Tilt de Scott Walker (que se ha acoplado con una sencillez casi misteriosa) y minutos después, el mítico Bone machine de Tom Waits, dando lugar a una orgía sonora que me ha ayudado a forjar algún personaje que no tenía pensado trazar  y componer ciertas metáforas a través de las que comienzo a entrever lo que será en unos meses Ruido del arte: una nocturna travesía, un agujero negro en el que estos discontinuos sonidos me ayudan a penetrar sin miedo.

Es justo reconocer, por otra parte, que el experimento no ha cesado aquí. En un momento dado, he añadido la famosa ópera inacabada de Alban Berg, Lulu, a la cosecha de escombros y, a partir de su inclusión, he comenzado a cerrar todos los reproductores de sonido abiertos, haciendo sonar únicamente la obra del compositor austriaco y la de Scott Walker. Dos discos que además de combinar a la perfección, me han dejado en un estado de levedad muy adecuado para abrir nuevas vías en el libro que juro que posiblemente no hubiera encontrado de enfrentar la creación a través de un método tradicional. ¿Es esto demasiado? Sí. Tal vez. Pero aseguro que estos rituales me ponen en la situación adecuada para escribir, dado que concibo el texto como una roca que tengo que contribuir a deformar. Ya que sólo a través de su descomposición será que muestre su vacío y pueda verme reflejado en sus páginas llenas de palabras a través de las que se vislumbran horizontes, caídas y abismos que, como las sombras para la noche, son sin dudas, el impulso y respiración de Ruido del arte. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

 En tiempos de guerra, cualquier hoyo es trinchera

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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