Lagartos negros

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Después de la tempestad viene la calma. Una brisa ligera y suave que continúa expandiendo el polvo y las hojas del suelo.

El Bebop, por ejemplo, fue un torbellino. El tango orgiástico de los desheredados. Saxofones heridos, ácidos contrabajos y platillos áridos estallando en medio de incendios musicales parecidos a rituales de vudú. Charlie Parker era un huracán. John Coltrane, una explosión. Y Albert Ayler y Dizzy Gillespie, tormentas. Bombas. Dinamita terrorista en medio de los suburbios de Nueva York.

El Bebop era tan visceral y revolucionario que era capaz de borrar los contornos del rostro de dios. Y es lógico, por tanto, que tras sus años de apogeo, quedara el vacío. Un desierto artístico del que apenas brotaban de tanto en tanto hongos, esporas o semillas que pudieran devolverle al jazz su aspecto oscuro, vicioso y peligroso.

Lounge Lizards, el grupo de Marc Ribot, Arto Lindsay y John Lurie, fue uno de esos escasos proyectos capaces de revitalizar el viejo estilo. Tal vez porque tenía un pie en la tradición y otro en las constantes mutaciones de la música pop y las progresivas deformaciones del rock. Eran una banda vanguardista que desprendían un irresistible sabor añejo y combinaban con equilibrio los ritmos clásicos con los esquizoides característicos de la nueva época global.

En cualquier caso, lo que predominababa en Lounge Lizards era la locura porque de la mente de Lurie únicamente podía surgir eso: esquizofrenia. Creaciones absolutamente geniales que dialogaban con el vacío y podían ejercer perfectamente como banda sonora de cualquiera de las primeras películas de Francis Ford Coppola, Martin Scorsese o Brian de Palma como de las de Jim Jarmush o Gus Van Sant. De hecho, no creo que a nadie le extrañara que aparecieran entre medias de un film de David Lynch, teniendo en cuenta que muchas de esas composiciones remitían a la época del cabaret y a los años en los que los consumidores de heroína acudían a los clubs hipsters, pero al mismo tiempo se deslizaban por los toboganes del futuro. Es decir; dialogaban con mucha soltura con la música industrial y utilizaban con verdadera pericia la paleta funk de ritmos afrocaribeños que invadía por aquellos tiempos la canción pop.

Lounge Lizards tenían una actitud punk e intelectual y así lograron convertir al Bebop en un estilo elástico y mutante. Con idéntica soltura, por ejemplo, traducían al jazz las experimentaciones musicales de Talking Heads que rescataban a Lous Armstrong en cantinelas blues que parecían haber sido compuestas en una taberna de New Orleans. Sus discos dibujaban paisajes que remitían tanto a centros comerciales como a desiertos. Y lo mismo se perdían en exploraciones celestes que retrataban el ambiente sucio de los bares. En esencia, sí, poseían tanto el sabor de una hamburguesa o perrito caliente como de un curry místico.

Exactamente, Lounge Lizards eran el mestizaje perfecto entre las experimentaciones abstractas de Tuxedomooon y los standards interpretados de tanto en tanto por Charlie Parker. Un cruce entre el jazz cósmico y el barrial. Los dientes de Ornette Coleman, el funk y los vaivenes frenéticos del music-hall. Eran, sí, un cabaret psicótico. Un grupo parecido a una novela negra posmoderna. Esas en las que el detective y el criminal suelen ser la misma persona.

Estoy convencido de que  Lounge Lizards fascinaron a Bowie. Tanto que creo que, de haber tenido el músico británico quince años menos cuando se embarcó en Tin Machine, en caso de profundizar en el Bebop, habría terminado construyendo un edificio parecido al que edificaron estos guerreros de los suburbios. De cualquier forma, eso sí, dudo que incluso un genio de tal calibre como Bowie hubiera alcanzado con sus saxofón las fronteras transitadas por Lurie. Alguien que tanto en Voice of Chunk, No pain for cakes Lounge Lizards, voló muy, muy, muy lejos y casi que me atrevo a decir que, transformado en un pájaro, penetró dentro del cuerpo de la Virgen y le hizo un hijo.

Sus discos, en gran medida, son reflejos precisamente de ese orgasmo divino. Testimonios de ancestrales y eternos coitos en cuyo transcurso lo mismo aparecían imágenes de rostros pertenecientes a violentos muchachos del Bronx, mafiosos cerrando acuerdos en los estibadores de un puerto, cocaína adulterada o la chapa metálica de varios coches antiguos y elegantes. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

¿Qué sentido tiene correr cuando estamos en la carretera equivocada?

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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