Langosta psicodélica

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En aquel monstruo bicéfalo llamado Surfin’ Bichos, Fernando Alfaro era el toro. La imagen del genio neurótico, de la fuerza ibérica y de la raza desnuda. El minotauro eterno. Pero Joaquín Pascual era tan importante como el ángel exterminador del rock español. Únicamente que era más escurridizo. Era más insecto que animal. Un salvaje tímido cuyas ideas y manera de tocar su instrumento no obstante, eran tal vez incluso más inquietantes que las de su hermano carnal. A Pascual sin Alfaro le hubiera faltado contundencia. La pegada del boxeador maltrecho pero entero. Y a Alfaro sin Pascual le hubiera faltado cierto sedimento maligno y pegajoso que se percibía perfectamente a lo largo de toda la discografía de Mercromina.

Ambos dos son artistas muy intensos. De esos que convierten cada segundo de sus discos en un desfiladero. Una olla a presión intelectual. Aunque tal vez en Joaquín Pascual hay más calma. Pues donde Fernando Alfaro embiste, Joaquín clava una aguja. Donde Alfaro berrea, Joaquín susurra. Y cuando Alfaro hace arder el tiempo, Joaquín se contenta con encender una cerilla y observar cómo lentamente se apaga.

Lamentablemente, el nombre de Joaquín Pascual suele encontrarse unido al de Fernando Alfaro. Algo lógico debido a los inmortales discos que grabaron juntos en Surfin’ Bichos, pero que ya debería haber quedado atrás hace demasiado tiempo.

Mercromina, por ejemplo, eran una banda única. Una mezcla ácida y visceral de My Bloody Valentine, Sonic Youth y el rock español más enfermizo y críptico. Sus grabaciones herían. Hacían daño. Eran originales cuchillazos de noise llenas de canciones parecidas a cápsulas o píldoras.

La voz de Pascual era una araña. Creaba una angustiosa red en torno a los oyentes que fungía como banda sonora perfecta del nihilismo diario. Sintonizaba tanto con los ácratas perdedores de la era neoliberal como con posibles suicidas. Cavaba y cavaba en la tristeza cotidiana haciendo emerger canciones desangeladas que se imponían y destruían todas las barreras gracias a un sinfín de versos extraviados que describían la vida subterránea durante la última década del pasado siglo con inusual sutileza. Tanto es así que sus melodías ruidosas parecían la banda sonora perfecta de un estallido nuclear y haber sido grabadas en una cámara frigorífica. Eran zarpazos artísticos que acompañaban y se pegaban como una segunda piel en el torso de todos aquellos ciudadanos que experimentaban el festín capitalista como una maldición. Y, en cierto modo, estaban destinados a hacer bailar a escarabajos y hormigas más que a seres humanos.

Pero Joaquín Pascual no es tan sólo Mercromina y Surfin’Bichos. También es Travolta y un puñado de discos en solitario que cortan el aire. Parecen expiraciones de un condenado a muerte. Afilados navajazos de un hombre que actualmente canta sin esperar nada y al que yo diría que le basta con que le permitan grabar sus introspectivas canciones para encontrarse en paz. Nadar en un estanque lleno de rocas musicales y sonidos derruidos como si fuera una langosta.

Lo cierto, en realidad, es que su obra en solitario tampoco tiene demasiado que envidiar a su glorioso pasado. Joaquín ha ido de menos a más y ha convertido sus crudos lamentos musicales en una especie de viacrucis. La descripción de un viaje redentor. Una especie de Camino de Santiago psicodélico narrado desde una habitación parecida a un purgatorio. Y, en cierto sentido, ya canta únicamente para sí mismo. No tanto para su público como para los ángeles y diablos que lo persiguen y con los que convive diariamente. De hecho, ha llevado al extremo una propuesta descarnada y desnuda llena de insólitos y recónditos agujeros metafísicos que trasmite sin tapujos, directa y frontalmente, lo que es la soledad y el desgarro. Lo que es hacer arte sin ropa ni vestiduras y con el corazón agrietado en medio de una montaña llena de piedras áridas en la que se puede vislumbrar a Nick Drake mezclando sus tristes y nostálgicas odas con los ruidos y gemidos procedentes de un Casiotone. La voracidad de la era industrial y el desamparo que impera en los barrios modernos. Shalam

رِضَا النَّاسِ شَيْءٌ لا يُنَالُ

Agradar a todos es meta inalcanzable

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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