Lázaro y sus resurrecciones

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La primera vez que quise quedarme a vivir en un disco se produjo cuando escuché Hermanos carnales de Surfin Bichos. Deseo explicarme bien. Hablo de quedarme a vivir. Ser, formar parte de un disco. Dejarme unos jirones de piel para conseguir ser una de sus notas musicales o la guitarra que hace girar las canciones o el bajo que las aplana. Me refiero a esto: a querer hablar como lo hacen las estrofas, respirar los acordes y comerme los golpes de la batería. A eso, en concreto, estoy apuntando cuando hablo de quedarme a vivir allí para siempre, y no envejecer si no es escuchando los sonidos de ese pedazo de plástico una y otra vez. Sin descanso. Obviamente, bastante antes de aquel disco, había escuchado muchos otros. Muchísimos. Pero nunca como el día en que empezó a girar la aguja y la voz de Fernando Alfaro comenzó a escupir, más que a recitar, los versos de “Mi hermano Carnal” había querido ser, convertirme en una canción, estar dentro de ella, o mejor dicho, había sentido que aquello que sonaba era yo.

A mis 18 años -edad en la que adquirí la mencionada obra- yo adoraba a muchos músicos cuyo nombre no me apetece referir ahora. Los admiraba, sí, pero ninguno de ellos eran yo. Se encontraban en otro rincón muy diferente al mío. Generalmente, más arriba. Esto es, en un lugar aparte al que había acceder con cierto esfuerzo. Ellos nunca iban a bajar hacia mi. Nunca iban a preguntarme por mi salud o preocuparse por mis escarceos amorosos. Sin embargo, desde el primer momento que escuché Hermanos carnales, algo se quebró. Probablemente el límite que separa al artista de su público. Y sentí que era yo quien cantaba esos temas que hablaban sobre profetas bíblicos, visionarios ciegos, mujeres arrogantes, islas griegas y judíos malditos, y que aquellos músicos eran antiguos muertos que regresaban de otras vidas para buscarme, y decirme que un día llegaría mi momento, y yo también podría expresarme como ellos lo hacían: con la navaja en los labios, un machete entre las piernas y fuego en la boca. Porque más que complicidad con ellos, lo que sentí al escuchar el disco fue compenetración, hermandad, comunión, debido a que no sentían miedo en expresar su angustia hacia la muerte en cada una de sus canciones. Hermosos poemas destructivos en que no se hablaba de amor sino de lapidaciones, huidas hacia el desierto, sangrías o fracasos.

Esta impresión de familiaridad se corroboró cuando vi en una entrevista en televisión a Fernando Alfaro confesando ser un neurótico. Esto es, uno de nosotros. Una piedra más de la multitud. Otro más de esos seres condenados a labrar la tierra, golpe a golpe, para sobrevivir, mantener la familia, pagar los recibos y tener tiempo libre para leer una tragedia griega, o escuchar de nuevo y una y otra vez Hermanos Carnales. Un disco que me hizo comprender que había formas, maneras de transmitir simbólicamente nuestro mundo interior por más complicado que pudiera ser. Y que existía la posibilidad de maldecir a los vientos por encontrarnos vivos, de tomar las frutas prohibidas del paraíso otra vez, y caminar tras los pasos de Rimbaud hacia un nuevo mundo sin necesidad de estudiar ni entender de poesía.

Surfin Bichos grabaron varios discos más y todos poseían un sello especial. Se encontraban llenos de canciones punzantes como flechas, ásperas e incestuosas, en cuyo desarrollo parecía que íbamos a contemplar, cuando menos lo esperáramos, a hombres cayendo del cielo, al mismísimo Lope de Aguirre levantando una espada, o a Abraham sonriendo en el momento de arrojar su hijo al abismo, pero sobre todo, me veía a mí. A mi mundo interior reflejado en insólitas metáforas que parecían oraciones, dardos a través de los que aquellos músicos se vengaban contra la mediocridad, contra quienes aseguraban que era imposible asaltar la luna con flechas y lanzas y se negaban a contemplar a un carnero devorando jabalíes. Porque la voz de Fernando Alfaro, las guitarras de Javier Pascual y la batería de Fernando Cuevas eran capaces de derribar las pirámides de Egipto. Conseguir que los vientos se detuvieran, las aguas se abrieran y todos los seres humanos aspirásemos el olor a muerte al mismo tiempo. Por una vez y para siempre. Shalam.

                     ذَا وَقَعَ الْجَمَلُ كَثُرَتِ السَّكَاكِينُ

                      Si el grupo es útil, estar solo es salvación

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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