Lo popular

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Popular 1 -el parto impuro de Bertha M. Yebra y Martin J. Louis- es muchísimo más que una revista. Es un “forever fifteen” infinito. Porno negro. Brujería rockera. Algo parecido a observar Historias de O a través de las rejas de la cocina para no ser descubiertos por nuestros padres. De hecho, parece escrita por amateurs en el mejor sentido del término. Fans que más que juzgar o diseccionar a los músicos, ante todo, les agradecen los momentos mágicos que les han regalado. Nunca se sitúan por encima de los artistas y hablan con tanto amor de la música que resulta extraño leer sus artículos pues lo lógico sería que entraran a un sótano, un local de ensayo y con rabia y pasión se consagraran a componer un disco incendiario.

Popular 1 es actitud. Un combate de boxeo mítico en blanco y negro. John Huston rodando su mejor film con Ronnie James Dio y Klaus Meine como actores secundarios. Tony Soprano sobándose el vientre antes de pegarle un tiro a un capullo. Unos oídos destrozados de escuchar música a un volumen extremo. La chaqueta de Nicholas Gage en Corazón Salvaje. Una botella de whisky bebida en dos tragos. Mötley Crue orinando en la boca de Ozzy Osbourne. Muñequitos de El Santo mezclados con caretas de Godzilla y Freddy Krueger en una habitación infectada de discos. Los calzoncillos sucios de Lemmy Kilmister. Un tocadiscos destrozado y un póster con el rostro de David Bowie sonriendo a los Stones, Dylan, Morphine, Robert de Niro, Marah y a una actriz porno.

Popular 1 es un sentimiento. Instinto. Se siente o no se siente. Se tiene o no se tiene. Sus lectores forman dos bandos bien diferenciados: fanáticos, cómplices que participan de los secretos de una alucinada secta o personas que la odian porque no la entienden. No son capaces de comprender los guitarrazos que soltaba César Martín en cada No me Judas Satanás o sus respuestas en el Apéndice.

Realmente, muy pocos de los que han escrito en sus páginas aspiran a hacer una tesis o poseen demasiados buenos recuerdos de sus colegios. Tienen un pacto con el diablo, han entregado a su alma al rock y esto es más que suficiente para transmitir esos batacazos energéticos que pega el Popu al estómago cada vez que lo leemos. Transmitir ganas de vivir y proporcionar entretenimiento del bueno durante unas horas durante las que se borra absolutamente todo lo que nos rodea y preocupa.

Resulta obvio que sin César Martín la revista perdería su alma y correría el riesgo de desaparecer. Lo habitual, al fin y al cabo, al comprarla es comenzarla por el final. Disfrutando con los comentarios de César sobre Van Halen, una película olvidada, la grabación de un concierto de Charlie Parker recién aparecida o las distopías y perversiones sexuales del público en general. Gozar de esos textos mientras caminamos por las calles y corremos el riesgo de tropezarnos con alguien. Porque César es adictivo. No es sano. Es como un disco de los primeros Stooges: una raya de heroína introduciéndose en la sangre.

No importa lo que ocurra en nuestra vida, qué escritor estemos leyendo o en qué relación amorosa nos encontremos inmersos. La hora de César al mes es sagrada.  Respiración asistida. Un escape sin el cual la realidad no sería soportable. Una explosión de complicidad casi fraternal. Probablemente porque César no es un periodista y mucho menos un crítico. Es un salvaje. Un apasionado que ha conseguido, sin perder su intimidad ni su cordura, siendo fiel a sí mismo y ácido cuando correspondía o la situación lo demandaba, casi que convertirse en el colega (imaginario) de todos los que leemos.

César es un ser humano repleto de bajezas y rarezas que hace olvidar con su talento. Esos escritos repletos de inteligencia que han conseguido que casi disfrute más con ellos que con los discos o grupos a los que aluden. Para mí al menos son joyas humorísticas imprevisibles. Sketches de comedia negra. Talk shows. Ramalazos de stand up comedy mezclados con deliciosas idas de olla, mala uva punk e ironía festiva. Textos de referencia precisamente porque han sido escritos sin ánimo alguno de perdurar; como quien charla con un amigo íntimo en un bar o fuma un cigarrillo después de dos semanas aguantando el mono. Y además, transmiten una sensación inexplicable de paz y buen rollo.

Muchas veces al leerlos, he sentido que estaba contemplando el concierto de una gran banda de rock desde el backstage. Probablemente porque, como hace varios días un amigo me comentaba, Popular 1 es un camerino. Un lugar de privilegio para bailar y comentar las actuaciones de los músicos. Es una revista capaz de conseguir que se produzca un comunión entre todos sus lectores donde toda locura es permitida y no existen las hipotecas o el paro. Ni El país, los telediarios, los políticos o la censura. Porque la única regla de la publicación consiste en que todo, absolutamente todo está permitido.

Popular 1 es prácticamente un aquelarre vicioso en una mansión perdida por la que sobrevuelan los espíritus de Sid Vicious, Freddie Mercury o Bon Scott. Aunque para Popular 1, el rock no es únicamente una leyenda, un relato mítico incontestable y perdurable, sino que continúa vivo. Y por ello, -como hicieron durante la epidemia de música electrónica-, hoy en día, en plena era internet, siguen buceando en busca de grupos que recojan el testigo de los grandes y escribiendo con mayor intensidad si cabe que antes, con una actitud kamikaze realmente loable.

Popular 1 es promesa de éxtasis y orgía. La constatación de que toda pérdida de tiempo es una ganancia. Es la manifestación de que la cultura no puede ser nunca preocupación u ostentación. Ha de ser siempre celebración. Es un baúl donde las mallas de Paul Stanley, las gafas de Elton John y las teclas rotas del piano donde Tom Waits grabó alguno de sus discos, se encuentran a buen resguardo. Y también una trenza de Perry Farrel, un autógrafo de Jimmy Page, una mirada tensa de Glenn Danzing, una sierra ensangrentada de Blackie Lawless y la ropa interior de Wendy O Williams.

Popular 1 es un disparate. Una experiencia parecida a encerrarse en un hotel a ver vídeos de nuestros artistas favoritos durante semanas sin intención alguna de salir al mundo al exterior. Un delirante sueño de David Lynch hecho realidad. Un virus. Un ácido corrosivo de tal calibre que hay días en los que, tras leer un Apéndice, alguna carta dedicada a narrar cualquier perversión sexual o recordar las Líneas Ácidas, no puedo evitar preguntarme cómo es que aún se vende en kioscos y es posible acceder a ella con facilidad. Porque mucho más normal, teniendo en cuenta sus contenidos y las risas que nos pegamos al leerla, me parecería que fuera vendida en el mercado negro y hubiera que luchar para obtenerla como si fuera droga. Ya que, ciertamente, no es tan habitual encontrar en el día a día, objetos que nos hagan sentirnos tan felices y en los que se hable con tanta claridad, sin pretensiones o ánimos de acceder a un prestigioso puesto en alguna institución de esta decadente sociedad.

En suma, la revista es un pasquín que transmite un ideal de justicia con reglas no escritas. Porque en ella no hay ni justificaciones ni competitividad. Existe goce y orgasmo. Es una publicación cuyo magnetismo no es racional sino instintivo. Se percibe o no, como la versión de un clásico del blues entonada por Keith Richards encima de un árbol o la mirada a los cielos de Al Pacino antes de rodar una escena.

A lo largo de mi vida, he encontrado mucha gente que se preguntaba cómo es que la Popular 1 seguía existiendo, pero los que continuamos leyéndola y todavía nos emocionamos al adentrarnos en sus páginas, nos hacemos otra pregunta: cómo es que pueden sobrevivir, aguantar el día a día, quienes no la conocen. Tanto es así que pensamos que gran parte de la depresión de las personas que nos rodean y del mundo musical actual se debe a que no se aproximan al rock con la actitud adecuada. Es decir; no leen habitualmente la revista y, por tanto, se ahogan en las opiniones de críticos y periodistas que únicamente provocan sociofobía y enfermedades mentales. Además, sabemos que, aunque no podamos tener aparentemente mucho en común con alguien, bastará con que nos muestre la revista o haga una mención a ella para que sintamos una extraña sensación de alegría recorriendo el cuerpo. Un sentimiento de complicidad. Y que, sin mucha justificación aparente, lo invitemos a tomar algo y charlar. Le contemos anécdotas relacionadas con esta bomba rockera o directamente le abramos nuestro corazón como si estuviéramos ante un hermano. Algo no muy sorprendente porque la revista, insisto, es un sábado. Una fiesta. Algo parecido a contemplar un episodio de El equipo A y otro de Mazinger Z mientras se escucha un disco de The Replacements.

Es, en definitiva, un paseo por un psiquiátrico donde se reproducen continuamente los clásicos incontestables del rock. Y, de todas partes, aparecen ninfómanas, seres retraídos, inadaptados, masturbadores compulsivos, apasionados guitarristas, adolescentes perdidos que bailan frenéticas danzas que traen consigo libertad, vicio y locura. Y, sobre todo, dan inmensas ganas de gritar lo gozoso que es estar vivo. Shalam

اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

   Un esclavo dormido puede estar soñando con la libertad

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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