Los viejos tiempos

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A los grandes artistas no se les conoce únicamente por sus obras sino lógicamente, también por todas aquellas realizadas por otros creadores con las que crecieron, se enamoraron y fueron forjando su personalidad. El programa de radio Theme Time Radio Hour que condujo Bob Dylan entre los años 2006 y 2009 no era exactamente una fotografía de las influencias y gustos del nocturno trovador, pero se le parecía. Y en cualquier caso, era mucho más que eso: una absoluta delicia a través de la que Dylan hacía un repaso a la música del siglo XX de forma original y carismática. Un maravilloso fresco musical sobre Norteamérica. Un programa con vocación de clásico que olía a bourbon y a tierra húmeda por los cuatro costados. A tabaco de pipa y suelo sucio de bar o motel. Y por momentos, parecía tanto un recital improvisado de Stand-up comedy como un homenaje a los viejos documentales de principios de siglo XX o un estremecedor monólogo. Una memorable obra maestra que se encontraba totalmente integrada dentro del despertar creativo llevado a cabo por el genio de Minnesota a partir de la última década del pasado siglo. De hecho, creo que es esencial, entre otros aspectos, para comprender las motivaciones internas que lo condujeron a grabar sus dos últimos de homenaje a Frank Sinatra y su época.

El planteamiento de cada programa era el siguiente: Dylan escogía un tema -la luna, la lluvia, el sueño, la ciudad de Tenesse, el estado de California, el baseball, los días de la semana, el dinero, el trabajo, etc- y, a continuación, pinchaba una serie de canciones -por lo general, oldies– relacionadas con la materia estrella. Muchas de ellas eran conocidas y formaban parte del inconsciente colectivo del rock y la nación norteamericana. Pero otras eran clásicos y éxitos olvidados o, directamente, joyas ocultas extraídas del baúl del anonimato cuyo ensamblaje resultaba fluido y totalmente natural gracias a las introducciones realizadas por la voz rugosa y sensual de Dylan. Las cuales provocaban un efecto fascinante. La sensación de estar escuchando uno de esos programas míticos de los años 40 o 50 donde el locutor descubría a los oyentes discos recién salidos de la caverna. De entre las tinieblas del blues, el folk, el rockabilly, el country, el soul y el jazz. De hecho, esa era la grandeza del programa de Dylan: su atemporalidad. Que no parececía haber sido grabado en la primera década del siglo XXI sino proceder de un lugar muy distante y alejado. Porque Dylan imitaba el formato y forma de actuar de muchos de aquellos locutores clásicos que lograron colonizar la América profunda con su voz y la ayuda de unos cuantos singles. Y lo hacía a lo grande. Intercalando bromas, anécdotas sobre la historia del rock, sus personajes y la sociedad de su época, fragmentos de películas y obras literarias clásicas, antiguas promos de comerciales o contestando correos y llamadas telefónicas de oyentes ficticios. Una prueba de que su talento y personalidad impregna todo lo que toca. Tanto que pienso que la escucha de estos programas es esencial para conocer quién es realmente el músico y la estatura de su personaje. Cómo fue capaz de hacerse oír en medio de la inmensa tradición a la que pertenecía.

Theme Time Radio Hour es un programa mítico. Algo parecido a escuchar a William Faulkner protagonizando una emisión distendida en la que pudiera experimentar con el medio radiofónico y expresar sus opiniones literarias con total libertad. A veces me pregunto si Dylan como artista está sobrevalorado o si merece todos los premios que posee, pero me basta escuchar dos o tres de sus programas de radio seguidos y la clase con la que están grabados, para acabar con todas mis dudas. Porque, repito, Theme Time radio hour es una jodida maravilla. Un jukebox sonando a presión en medio de un bar abarrotado. Una excursión por el fulgor, sombras, nieblas y esplendor de la música popular. Una radiografía precisa tanto del corazón de Dylan como de Norteamerica. Una botella llena de mensajes cifrados y salvajes surcando los océanos de las ondas. Shalam

اِلْزَمِ الصِّحَّةَ يَلْزَمُكَ الْعَمَلُ

Es más fácil hacer un agujero en el agua que obtener dinero de un avaro.

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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