Lou Reed ya estaba muerto.

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En una ocasión, tuve una relación amorosa con una muchacha que había consumido heroína. No en grandes dosis pero sí lo suficiente como para experimentar en carne propia sus efectos estimulantes y depresivos y las constantes subidas y bajadas que el fluir de la droga en su sangre producía. Describía sus viajes como una especie de pasaje por el mundo de las maravillas, una incursión en los territorios del placer de los que no hubiera deseado salir jamás pues le hacían olvidar sus problemas personales. Le permitían sumergirse en un universo paralelo en el que los éxtasis y orgasmos mentales y físicos se sucedían continuamente y borraban todo rastro de dolor o contrariedad, esos imponderables de los que está hecha la vida, hasta que llegaba el bajón y se introducía en un estado letárgico y depresivo.

Recuerdo cómo se le iluminaba la cara cuando hablaba de aquellos momentos (como si únicamente entonces hubiera encontrado un poso de certeza o felicidad) y que yo no quise averiguar demasiado sobre esa etapa de su existencia. Preferí pasarla por alto. Y concentrarme en el momento actual. Pues, de alguna forma, entendía que si hubiera insistido en saber más acerca de su relación con la heroína, habría llegado un momento en que las palabras no hubieran bastado. Y únicamente probarla hubiera podido satisfacer mi curiosidad.

Cuento esta anécdota hoy, días después de la muerte de Lou Reed, porque volviendo a escuchar tras varios años, la mítica canción, “Heroin” con que los integrantes de la Velvet Underground iniciaban la cara B de su célebre primer disco, me he dado cuenta que no puedo citar algún otro artista que haya sabido captar con tanta fidelidad y crudeza, esas idas y venidas, alucinaciones celestes e infernales a los que conduce este narcótico. Y que aquella muchacha se podría haber ahorrado sus explicaciones, dando play a un CD y haciéndome escuchar de nuevo la voz de Lou Reed encabalgándose sobre los constantes vaivenes de ese serpentino riff de guitarra a través del que se estructura esta infecciosa oda a la “dama blanca”, para que me hiciera una exacta idea de lo que deseaba expresar y ni sus gestos, suspiros o sus atropelladas palabras, le permitían concretar. Algo que, por otra parte, no es algo aislado sino bastante usual en las creaciones del neoyorquino. Uno de cuyos méritos ha sido describir experiencias límite con absoluta veracidad. Y además sin aparentemente inmutarse. Como quien en vez de estar abriendo la puerta de un peligroso antro, se estuviera adentrando en su hogar.

En Magic and loss, -un disco dedicado a la memoria de sus amigos, Rita Rotten y Doc Romus-, por ejemplo, supo captar como únicamente lo pueden hacer los iluminados, ese ambiente de cloroformo, olor a plástico y a incineración que cerca y envuelve a los enfermos en los hospitales modernos, la impotencia de los desvalidos y la desesperación de los humildes ante un cáncer. Denunció nuestro alejamiento de los misterios arcanos. Nuestra actual dificultad para captar y honrar el sagrado momento en que el alma de un moribundo se aleja hacia otros parajes que, lógicamente, se corresponde con la que tenemos para identificar los aspectos sacros de nuestra existencia. Y, en definitiva, realizó una intensa exploración sobre ese más allá que hay antes y después de la muerte que apenas tiene parangón en el mundo de la música popular, de la que salió reforzado. Pues Magic and loss no era únicamente una radiografía del mal y la enfermedad sino, ante todo, un réquiem con capacidades catárticas, un canto espiritual repleto de magia y momentos evocadores merced al cual, encontraba sentido a nuestra existencia.

En cualquier caso, Magic and loss y “Heroin” son tan sólo dos muestras del inmenso y preciso, riguroso lienzo oscuro repleto de contrastes que Lou pintó a lo largo de toda su vida. Un tapiz lleno de odas a los desheredados del capitalismo, los inadaptados, deprimidos, disidentes, descarriados, travestidos y excluidos; a todos aquellos que se encontraron de bruces con la puerta del cielo cerrada. Un cuadro cuyos negros colores resultan comprensibles teniendo en cuenta que su infancia no fue en absoluto feliz y que durante su adolescencia, sus padres lo sometieron a tratamientos de electroshock para reconducirlo. Circunstancia que tal vez lo dotara de ese aspecto cadavérico que siempre lo acompañó y me hizo siempre visualizar sus actuaciones, interpretar su personalidad y escuchar sus discos como si hubieran sido escritos por un ángel muerto (o resucitado). Alguien que en realidad estuviera en el Hades y por alguna razón ajena a nuestro conocimiento -acaso por algún pacto secreto con el creador- gozara del privilegio de encarnarse en un cuerpo. De hecho, no encuentro otra explicación a la cortante y sibilina agudeza con que fue capaz de describir el lado salvaje de la vida por el que siempre se deslizó con absoluta naturalidad. Recitando sus himnos heridos con una cadencia y tono espectrales sin los cuales serían inimaginables, impensables y con una particular forma de modular las palabras -entre la tristeza y el descaro- que no sólo las hacía reconocibles sino tremendamente impactantes.

Lou tenía la virtud de hacernos conscientes de la mugre y el fango, el lodo que embarra los zapatos y pantalones, sumergiéndonos en territorios peligrosos a los que sin restar sordidez alguna conseguía dotar de belleza. Decadente, sí, pero al fin y al cabo, belleza. La belleza de la calle, los heridos y fracasados o los recluidos, locos y homosexuales que encontraron en sus discos un rincón de acogida, el vaso de vino que nunca faltaba, unos versos en los que sentirse reconocidos. Pues, en el fondo, Lou Reed era un romántico. Un ser hipersensible enamorado de sus personajes y los perdedores, probablemente bastante tímido, que tuvo que protegerse tras una capa arisca y un sinfín de máscaras para que a nadie se le ocurriera vulnerarlo.

No sé si Lou Reed fue un poeta pero, desde luego, sí que tengo claro que supo captar el espíritu de su época sublimándolo en versos que se desdoblaban a la medida de un tiempo disforme y disfuncional, airado y esquizofrénico. Y que, a su manera, encarnó y actualizó el espíritu de Verlaine, Baudelaire o Rimbaud. Fue una especie de pájaro negro, espíritu vago que atravesaba los infiernos, ponía música al tedio y mostraba los contornos del abismo únicamente con desplazar sus manos por su guitarra y sacar de allí un riff, un sonido. Porque, como he dicho antes, probablemente procedía del Averno, el Hades o el Mictlan. Era un fantasma diabólico que purgaba sus penas y dolores a través de sus canciones. Ya que, de no ser así, ni se comprende la intensidad con que describió y dio fe del horror en Berlin, Transformer, The blue mask o The raven ni el tremendo vacío que ha dejado a su marcha que nos ha obligado a volver a escucharlo frenética, casi ansiosamente. Como si por un imperativo marcial o astral, cada uno de nosotros estuviera obligado a decir adiós a este gigante para el que cualquier adjetivo por supuesto que se queda corto. No sólo por lo valioso de su legado sino por su modernidad que hace que sea mejor expresarse sobre su obra a través de sensaciones, movimientos y gestos que de palabras. Lo que está muy relacionado con el carácter punk de su música que me parece que, en el fondo, es el adjetivo que mejor la define.

Pues aunque Lou Reed gustara de ser considerado un intelectual, alcanzara altas cotas como escritor y desde New York el foco e interés de sus discos se encontrara tanto en las letras como en la música, construyó su obra a través del instinto, la bilis y el higado y no cerebralmente. La fue cimentando e impregnando de un nihilismo que se encuentra latente en cada uno de sus temas sin el cual, desde luego, no hubiera concebido un rugido atómico como Metal Machine Music, ni hubiera sido capaz de mantener en el tiempo esa actitud chulesca, distante, casi marciana respecto de la realidad. Todos sabíamos, por ejemplo, que Lou Reed podía soltar un puñetazo en cualquier momento. Y que podía darle por experimentar en medio de un concierto cuando no estaba previsto, distorsionar o cambiar texturas dado que no temía desafiar ni las leyes rítmicas ni las normas sociales o reírse de su propia leyenda. Algo que prueba perfectamente su disco hecho a medias con Metallica, Lulu, que además de ser más valioso de lo que se ha dicho (prácticamente sólo se han hablado disparates y groserías del mismo por parte además de personas que no lo han escuchado ni dos veces seguidas) me parece que es el epígono perfecto a su obra. Porque, en el fondo, es un corte de mangas, un grito punk contra el público culto o indie (o al menos el snob) que se me antoja, cierra perfectamente el círculo que había abierto más de 40 años antes con el primer disco de la Velvet que no es vano recordar que fue otra especie de bufido y estornudo frente a, en este caso, el público hippie y pop. En definitiva, fue otro atentando contra el buen gusto tramado por alguien que no tuvo miedo a nada. Tal vez, sí, porque probablemente ya estaba muerto. Y vivía sin esperar nada más que regresar cuando le correspondiera al lugar de donde procedía (no en vano se fue oficialmente sólo unos pocos días antes de Halloween) y desde el que, en realidad, nos hablaba: el más allá. Shalam

 الرفيق قبْل الطريق والجار قبْل الدار

 El elefante muerto deja sus colmillos, el tigre, su piel; y el hombre, su nombre

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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