Lugares imposibles

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George Gurdjieff y Thomas de Hartmann consiguieron crear magia. Dotar al sonido de respiración y color. Provocar intensas e infinitas resonancias en la mente del oyente. Construir un jardín musical repleto de pianos abiertos, enredados entre las frondosas ramas de árboles y plantas silvestres. Traducir un lienzo de Magritte al lenguaje musical. Urdir un fondo sonoro flotante, amamantado en los pechos de las melodías de Erik Satie y Claude Debussy, capaz de remitir a la geometría esférica de Vasili Kandinsky y a los silencios de la estepa rusa. Y también a un viaje por el desierto, antiguos descubrimientos y encuentros entre culturas distantes.

Gurdjieff y Hartmann compusieron música que consigue hacer de la reflexión y la meditación, una aventura. Y de las quimeras humanas, actos heroicos y nostálgicos. Lograron hilvanar tenues melodías que podrían ser canciones tradicionales entonadas por zíngaros y eslavos con las teclas de un piano cuyas teclas parecían ser acariciadas por un ángel espectral en la azotea de un torreón. Crearon frondosas texturas artísticas que remiten a sorprendentes apariciones e imágenes: una moderna ciudad enclavada en medio de una selva; un zulú empuñando una lanza, recorriendo a gritos una autopista repleta de automóviles; o una niña dada por muerta llamando a la puerta de una enorme mansión. Y también a inevitables catástrofes: un transatlántico hundiéndose en medio de un océano; el caballo de un guerrero turco doblando sus patas tras haber recorrido al galope decenas de kilómetros; un libro, guardado durante siglos en la cámara secreta de una biblioteca, ardiendo tras una invasión extranjera; tesoros enterrados bajos las aguas de un lago muerto; y fantasmas heridos sobrevolando un campo de batalla.

Cada una de las composiciones, de las tenues sinfonías marítimas creadas por Gurdjieff y Hartmann es un cofre que esconde joyas, sortijas y cartas de amor anónimas en su interior. Y también, los velos de suntuosas doncellas, el cetro de reyes caídos y los trajes raídos de arlequines y bufones. Un himno a las almas caídas que da valor a la literatura clásica, las historias del pasado y a las incursiones musicales de Isaac Albéniz. Es un perfume que extrae belleza de la decadencia y eternidad del alma putrefacta de la modernidad. Porque, en esencia, sus composiciones son respiraciones. Expiraciones sagradas. Alquimia pura. Cantos gnósticos entonados por bereberes. Marciales danzas sufíes. Frescos baños turcos. Poéticos tapices capaces de escuchar los anhelos del corazón de Cristo y también de perseguir la huella de los cientos de lunáticos que perdieron la vida por crear una obra de arte o desenterrar los monumentos de civilizaciones perdidas. Son redes capaces de atrapar los sueños de quienes aún continúan hablando de la Atlántida y leen las escrituras de Edgar Allan Poe como textos sagrados y apocalípticos. Descripciones bíblicas de la locura que anuncian el fin de los tiempos, pero también las revelaciones que el nuevo traerá. Cuando los arcángeles atraviesen los cielos sin espadas, rayos oscuros quiebren los templos, y vuelva a escuchase la voz del profeta Mahomá como originalmente fue concebida: un alegre cántico infinito.

Introducirse en cualquiera de los discos grabados con suma pericia por Alain Kremski es hacerlo en una catedral gótica. Un laberinto construido para honrar el alma humana, cuyos pasadizos secretos, caminos sin salida, no son más que precauciones para que quien penetre en la cámara divina, no se atreva a profanarla. Supone, sí, en gran medida, simbiotizarse con la mente de los arquitectos de pirámides. Adentrarse en la mente de Alejandro Jodorowsky cuando concebía El incal o El topo, el gozoso espíritu de Francois Schuiten y Benoît Peeters cuando comenzaron a crear Las ciudades oscuras o el corazón de los cartógrafos que diseñaron los primeros mapas del mundo. Y, sobre todo, atisbar un jirón del alma del misterio Gurdijeff. Un ser convencido de que para abrir los secretos confines del mundo y el Universo, no había que aumentar la velocidad sino disminuirla. Hacerlo con lentitud. Que, además, no había que acumular sino repartir. Y sabía lo importante que era, antes justo de comenzar a hablar, detenerse a realizar dos profundas inhalaciones.

De hecho, casi que el gran secreto de sus textos musicales radica en que son interpretados con pausas. El pianista -una especie de arquero espiritual- golpea la tecla un segundo más tarde de lo habitual. Sin prisa alguna por llegar al final. Y es así que consigue hacernos tomar conciencia de su misión. Que valoremos la música como un regalo místico: la oportunidad de saborear un pedazo del cuerpo de dios. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Quien tiene prisa en el amor, tiene prisa en el odio

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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