Main Course

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Main Course es una ambrosía soul. Uno de esos discos que más que condensar una época, la anticipan espontáneamente. Antes de grabarlo, Bee Gees estaban de capa caída. En cierto modo, eran un grupo desahuciado al menos artísticamente y estaban camino de serlo también comercialmente. Bastaba que Barry, Robin y Maurice envejecieran un poco más y siguieran dando palos de ciego para no tener más destino y futuro que realizar recitales en decadentes casinos de Las Vegas, aparecer tomando té en programas vespertinos destinados a madres de familia o emprender giras nostálgicas para contentar a los fans que se enamoraron con sus canciones ye ye de los 60. A principios de los 70, Bee Gees empezaban a oler a pasado. Resulta realmente difícil escuchar muchos de sus Lps de aquella época completos. En todos ellos hay momentos brillantes pero, realmente, no poseían brío. Estaban llenos de masturbaciones vocales; de senderos que no conducían a ninguna parte. Se trababan en sí mismos.

De ser unos émulos con talento de The Beatles; unos niños prodigio que, a pesar de sus privilegios y cierta tendencia al más repulsivo acaramelamiento, poseían una atractiva personalidad que les permitía perfectamente situarse a mitad de camino de Simon and Garfunkel y la hornada de grupos de la era flower, Bee Gees se habían convertido en unos pijos hippies perdidos en medio de ninguna parte cuyos artificiosos discos casi que se sostenían ya más por sus portadas que por el contenido.

Obviamente, necesitaban un revulsivo si no deseaban fenecer antes de tiempo. Un reconstituyente que, en su caso, tuvo un muy claro nombre propio: Arif Mardin; el mítico productor de Aretha Franklin, Diana Ross o Dionne Warwick ¿Qué hubiera sido de Bee Gees sin Arif? Queda claro que intentar adivinarlo es más un ejercicio de futurología que otra cosa, pero sí que podemos saber lo que lograron gracias a él:  volver a ser tenidos en cuenta en el circuito musical gracias a Mr. Natural. Un trabajo notable que, a pesar de ciertas fallas, dio nuevos aires a la banda. Los colocó en el centro de la diana de los 70 gracias a la grácil manera con la que abordaban todo tipo de ritmos negros e iban familiarizándose con el soul; trampolines a partir de los que les resultaría mucho más fácil, lanzarse como cohetes a liderar la explosión de la música disco pocos años más tarde.

En cualquier caso, antes que su icónica imagen se uniera para siempre a la de John Travolta, grabaron Main Course en los vacilones Criteria Studios de Miami. Al fin, sí, un disco rotundo. Un maravilloso dulce que le agarraba con amabilidad el pulso a su época. Bajo mi punto de vista, el mejor que grabaron en toda su carrera. Una obra que obviamente miraba de frente, y además con chulería y orgullo, a varios de sus mejores aciertos del pasado –Horizontal, Idea u Odessa-, iba dos pasos más allá que Mr Natural y, de repente, los convirtió en un grupo de moda. En una de las bandas llamadas a liderar su tiempo y ser espejo de la década. Algo que no fue fácil.

Como antes dije, a mitad de los 70, el nombre de Bee Gees le sonaba a muchos djs de los clubs de las grandes ciudades o bien a decadencia o bien a pop psicodélico, trasnochado y hippioso. Así que la compañía tomó una lúcida decisión: enviarles copias promocionales de Main Course en las que no aparecía el nombre del grupo y la estupenda portada diseñada por Drew Struzan ejercía de gancho. Una estrategia necesaria para romper prejuicios y que las personas adecuadas escucharan el contenido de esta golosina llena de vida, ritmo y alegría que contenía un inmortal hit rompepistas –“Wind of change”– y se abría con uno de los temas que, en mi opinión, mejor transmiten la magia de un sábado noche: “Nights on Broadway”. Una canción que olía a gospel, funk, merengue y celebración, pura crema, ideal para empezar un Lp que suena hoy tan juvenil y vigente como cuando apareció. Más que nada, porque Bee Gees se atrevieron a ir un poquito más allá que los gloriosos artistas de la música negra en que se inspiraban. Hasta el punto de que creo que hay temas que anticipan lo que haría Michael Jackson en su mágico Off the wall. Otros que son una especie de fantasía primaveral que combina de manera alucinante lo mejor de Supertramp con las veleidades nocturnas de Curtis Mayfield y el sonido Filadelfia. Y por si fuera poco, incluso los falsete de Barry Gibb que, en su momento, provocaron cierto rechazo, ahora suenan increíblemente naturales. Son la marca y sello de un estilo. De hecho, hasta esas baladas tan intrascendentes y melosas (absolutamente insoportables) que acostumbraban a grabar tienen aquí un eco especial. Suenan casi a clásico. No son únicamente cristalinas sino también un poco sucias y oscuras. Hacen pensar (véase, por ejemplo, “Fanny (be tender with my love)”) en sexo. Tanto es así que creo que Tarantino debería haberlas tenido en cuenta cuando rodó Jackie Brown. Una película en cuya banda sonora podrían haber tenido cabida casi cualquiera de los temas de este delicioso Main Course.

Lo que vendría después, ya lo sabemos: una puta locura. El frenesí. El delirio. Las bolas de colores. El baile por las calles. El vídeo en la estación de tren abandonada. Los pantalones de campana. Bee Gees compitiendo con The Beatles por ver quién de los dos llegaba a ser más famoso que Jesucristo. En definitiva, “Stayin alive”. Niños agitando las manos en la cuna al ritmo de aquella canción; los Homer Simpson de medio mundo moviendo el culo; las mujeres subiéndose por las paredes; y desde el obrero hasta el oficinista, desde el abogado hasta el deportista o el rockero, todo Dios danzando como posesos y drogándose y follando con la mítica melodía. Exactamente, sí, la puta gloria. El éxtasis. La inmortalidad. La divinidad.

De todas formas, es conveniente recordar que nada de esto hubiera sido posible sin el camino que abrieron con Arif Mardin y con un pastel de fresa y chocolate tan rebosante de alegría como Main Course; que me atrevo a definir como el eslabón perdido entre la música hippie (la marihuana) y la disco (la cocaína). Palabras que tal vez sean una bonita manera de describir lo que es el soul. Al menos, aquel que Bee Gees engrandecieron y llevaron a otros territorios con este sensual pedazo de plástico que cada vez que lo escucho, me gusta más. Probablemente porque, sin dejar de ser experimental y arriesgado, posee, a su vez, el poder de una enorme bomba comercial. Es una banda sonora ideal para cenar y bailar antes de una noche sexo interminable. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

4 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen: oro liado con una cuerda………………………………….
    2ºimagen: lo que sea pero de tres en tres……………….
    3ºimagen: tres datiles en el mueble……………
    4ºimagen: tres mangas en el traje del verdugo (molesta la sisa, j.l. lopez vazquez)……..

    • Muy bueno lo del oro liado con una cuerda. Yo en la segunda foto, pondría a los tres mosqueteros de Dumas.. Sisa? López Vázquez?

  2. andresrosiquemoreno on

    en “el verdugo” (luis garcia berlanga) hay una secuencia en la que nino mandredi (el verdugo) es reclamado por su cuñado(j.l.lopez vazquez que es sastre) para probarle la sotana que habia hecho……. entonces lopez vazquez con ese tono caracteristico le dice¿molesta la sisa? ( haciendole que haga esa cruz alta con la que bendicen los curas)……………¿molesta la sisa?, manfredi contesta: no(como diciendole dejame en paz copon…..
    …….despues le mide la cabeza(con el metro de sastre) a un hijo de meses porque piensa que no es normal..jajajj……..
    ….tambien esta jaume sisa el de la “galleta galactica” o “muñeca de porcelana”…..insisto en jajajj

    • Vale Ahora lo comprendo perfectamente. Realmente, ya no me acordaba de que López Vázquez aparecía en El verdugo porque la vi hace más de 20 años. Tengo pendiente hacerme un ciclo de cine español para volver a revisar todos esos maravillosos filmes y cuando lo haga, allí aparecerá El verdugo. En lo que sí había pensado por supuesto era en Sisa al que, antes o después, dedicaré un avería.

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