Memoryhouse

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Memoryhouse es un disco commovedor. Un tren desde el que un expatriado mira a Europa e intenta comprenderla, penetrando en su alma hasta conseguir un retrato gélido de sus estructuras y ambientes que sobrecoge al tiempo que asusta. Max Richter (1966, Berlín) llevaba ya muchos años dentro del mundo de la música cuando grabó su primer disco (2002) y desde luego se nota y percibe su madurez en cada nota y surco. Porque más que una obertura a una discografía repleta de memorables momentos, Memoryhouse podría tratarse de un epílogo. De hecho, la obra es tanto un retrato tanto de la música contemporánea del pasado siglo con la que dialoga intermitentemente como un agrio y tenue lienzo sobre el desvaído espíritu de un continente fatigado, viejo y herido en su corazón por una guerra absurda, la de Bosnia, que marcó uno de los picos de la invasión neoliberal.

Es inevitable al escuchar Memoryhouse acordarse tanto de algunas de las películas de Krzysztof Kieślowski, Theo Angelopoulos, Win Wender o Lars Von Trier como de los trabajos de Philip Glass, Zbigniew Preisner, Krzystof Penderecki, Kronos Quartet, Arvo Pärt o incluso Edwar Artemiev cuyos ecos se dejan escuchar entre acordes de música electroacústica minimalista, juguetona y serial que crean atmósferas complejas, evocadoras, iluminadoras y trascendentes. Richter nunca es obvio. Lo que no significa que intente sorprendernos a cada instante. Es un músico concentrado en sí mismo. En extraer de cada sonido una imagen y de cada nota el exacto paisaje mental que tiene en su mente. Y Memoryhouse es, en este sentido, más que un disco ambiental, un transatlántico que explora el subconsciente de un ser humano para reflejar con claridad el “aura” de una época. Es una obra de contrastes ambiguos. Su oscuridad es tan difusa como la luz que emite. Se difumina y toma relieve conforme es necesario. En ningún caso, forzosamente. Avanza y despliega sus armas y estrategia con sobriedad. Sin rehuir de gigantismos por más que se desenvuelva con más comodidad en la intimidad, entre las cortinas de un salón solitario y las calles vacías de ciudades donde es difícil encontrar una sola persona que ría en voz alta, que en espacios multitudinarios.

Viaje interior hacia ninguna parte, las melodías que pueblan Memoryhouse buscan constantemente puntos de apoyo en el exterior. Parecen cabalgar a lomos de un frágil ángel y ser jirones, recovecos, curvas, sombras, luces y siniestros colores de lienzos de Gustav Klimt o Gustave Moreau. Son filtros musicales capaces de ahondar en la conciencia y memoria de todo un pueblo y expresar lo que sus ciudadanos sienten con exactitud.

Max Richter, sin embargo, no busca tanto transmitir el estado colectivo del espíritu de una población sino el suyo propio. Puesto que es consciente de que cuanto más profundice en su alma, mejor retratará la de sus contemporáneos. Es paciente y tiene un espíritu parecido al de aquel “buscador” que protagonizaba la famosa película, Stalker, de Andrei Tarkovski. Flota en un mar de fondo musical a través del que busca comprenderse a sí mismo y de paso, transmitir sus dudas e incertidumbre sobre nuestro continente. Una tierra inhóspita, con raíces muertas, en cuyo pasado escarba encontrando huellas de esperanza y determinadas certezas que estallan en bellas composiciones capaces de hacer arder los paisajes helados en los que se encuentran inspiradas.

Puede que Max Richter pretendiera mirar al pasado en este disco pero lo que le salió fue una obra que abrió, casi sin quererlo, vías hacia al futuro, coetánea de muchas de las experimentaciones realizadas por músicos como Matt Elliott o Jonny Greenwood, las tropas del post-rock y el expresionismo abstracto musical. Construyó un montículo desde el que contemplar el horizonte y sentirse con la seguridad de poder adelantarse a los acontecimientos un segundo antes de su estallido. Un obra que vibra y respira por decenas de poros a pesar de su oquedad, que me ha servido también de inspiración cuando escribía Ruido por la elegancia con la que penetra en la oscuridad para componer áridas, leves, intensas y nostálgicas composiciones cuyo misterio, como el canto de las sirenas que abordaron a Ulises, se encuentra más allá de ellas mismas. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

 Se puede esconder el fuego, pero, ¿qué se hace con el humo?

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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