Metabakalao

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¿Es posible tener nostalgia del nihilismo? ¿De los antros y de la música bakalao? Mi respuesta es firme: se puede tener nostalgia incluso de la guerra. Depende de cuándo nazcas y dónde te toque experimentar los sucesos. No es lo mismo, por ejemplo, comenzar a escuchar punk con treinta años que con quince. Si se hace en la adolescencia, lo más probable es que el estilo musical tienda a convertirse en una segunda piel. Un crucifijo. Un fetiche personal por el que luchar. Y obviamente, con el paso del tiempo, es también muy posible que se vuelva a rememorar una y otra vez el momento del flechazo artístico. El rapto rockero.

Esta nostalgia es la más usual. La que experimentamos todos los seres humanos en mayor o menor medida. Nostalgia de lo que se vivió y no volverá. Sin embargo, existe otra nostalgia tan o más poderosa que la recién mencionada. La nostalgia de lo que no se vivió. De lo que experimentamos como testigos lejanos. Nostalgia de un “acontecimiento” o “fenómeno” que, por diversas circunstancias, no terminamos de vivir en su totalidad pero en el que nos hubiera gustado sumergirnos completamente.

Yo, por ejemplo, tengo nostalgia de la era italo disco. Durante mi infancia, escuchaba muchos de sus grandes hits en la radio. La mayoría de los éxitos de este estilo aterrizaron en mi habitación. Aunque, ciertamente, era demasiado pequeño para ir a las discotecas o beber coktails en los chiringuitos y bares donde este sonido hacía furor. Yo podía soñar con dar un beso a una chica mientras sonaba un temazo de Pino D’Angio, Gazebo o Ryan Paris pero no tenía la posibilidad de llevar a cabo este deseo. Lo que ha provocado en mí que sienta cierto fetichismo por una época y estilo que no pude experimentar ni explorar como hubiera deseado. Una nostalgia parecida -aunque en este caso orientada al techno de los 90 con dejes ochenteros y viceversa- a aquella de la que creo que se nutre el mundo creativo de Arturo Daniel Marín Ramos, cuyo alias artístico no es otro que Soviet Gym.

No lo conozco suficiente pero, teniendo en cuenta su año de nacimiento (1986), es lógico pensar que Arturo Marín no vivió la “edad de oro” de la ruta del Bakalao. No pudo pasar por el torniquete -aunque creció cerca- de ninguna de esas discotecas valencianas donde el ritmo no cesaba un solo minuto durante el fin de semana y se consumían pastillas a velocidad infernal. Y debe conservar grabadas en su retina muy pocas imágenes de los Juegos Olímpicos de Barcelona o de las primeras máquinas tragaperras. Pero sí supongo que en algún momento de su niñez y adolescencia debió quedar fascinado por las imágenes y sonidos procedentes de la era hedonista o los relatos de hermanos y amigos mayores sobre aquellas juergas parecidas a incendios en las que los jóvenes únicamente pensaban en bailar, consumir y destruir. Y estaban dispuestos a hacerlo al precio que fuera.

Digo esto porque Metabakalao y El álbum azul del Metabakalao no son tanto puro bakalao como ensoñaciones bakalaeras. Son dos discos que remiten a ecos antiguos de sonido estilizados. Pasados por el filtro de una mente que promete rememorar una época sabiendo que ya es imposible y compone, por tanto, una banda sonora idealizada. Un soundtrack que responde más bien a aquello que a Arturo Marín le hubiera gustado que fuera el movimiento techno y todavía desearía que siguiera siendo que a aquello que realmente fue o es.

De hecho, en cierto sentido, ambos discos son más un reflejo de las emociones que el techno generó en decenas de miles de jóvenes que un asalto al futuro. Y por eso, el título de ambas obras es muy adecuado. Porque lo que nos ofrece Soviet Gym no es bakalao sino metabakalao. Un tratado sonoro sobre la música de baile ideal para pensar, danzar y, sobre todo, escuchar en el coche a altas horas de la madrugada rememorando “the good old days“. Una delicia sonora tan macarra como moderna hecha con una actitud punk y al mismo tiempo entrañable que se encuentra tan lejos como cerca de “todo”.

Cualquiera de las creaciones que he escuchado de Soviet Gym hasta ahora -incluyo también Deportes, machos y patria– podrían sonar en un recopilatorio de música ochentera o ilustrar las imágenes de documentales deportivos y artísticos de aquella época. Aunque existe algo decadente en esta recreación. Una conciencia secreta de que estas obras están abocadas a la destrucción. Son fruto de la memoria, las crisis laborales y las industriales más que del idealismo o el optimismo vital y tecnológico. Y es por ello que finalmente convencen. Porque la nostalgia no se traduce tanto en ñoñería, refrito y llanto como en desesperación. En un nuevo nihilismo que no busca tanto erigir ídolos de barro sino en derribar para siempre los ya conocidos. Pisar fuerte el acelerador por carreteras perdidas llenas de oscuros escombros de la era pop. Shalam

إِنَّ الْقَلِيلَ بِالْقَلِيلِ يَكْثُرُ

En la mayoría de los hombres, la emoción es furor

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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