Música para guerreros y perros

0

Cuando se lleva a cabo una obra sobre un personaje tan intenso, excesivo y bestia como Mario Bellatin, es de suponer que la banda sonora utilizada, sea desmesurada. Salvaje, misteriosa y anómala. Realmente, casi nada relacionado con la escritura de La risa oscura, ha seguido su curso habitual. Algo, por otra parte, lógico teniendo en cuenta que ninguna actividad realizada, si es emprendida con pasión, puede seguir un rumbo acostumbrado. Tal y como he experimentado al urdir un texto que me ha hecho sentir en determinados momentos como un músico de rock, un poeta loco, o un profeta perdido en mundo apocalíptico, condenado a clamar en el vacío.

Para empezar, esta es la primera novela en mi vida cuya primera redacción -160 páginas- realicé por entero en un bar. Me recuerdo, por ejemplo, como si fuera un teclista, terminando de hilvanar una frase y, dando un giro de 180 grados sobre mí mismo, como si en vez de escribiendo, estuviera componiendo una canción o acaso pintando. También recuerdo estar hablando con un conocido y dejarlo con la palabra en la boca durante unos segundos porque deseaba terminar de dar forma a una de esas frases de plástico de las que está repleto el libro. Y nunca olvidaré el momento en que lo bauticé, puesto que el título surgió en el transcurso de una ceremonia de ayahuasca celebrada en unas montañas cercanas a Calí. En un momento dado, tras haberme respondido muchas preguntas, se me ocurrió preguntarle a la planta cuál sería el título adecuado para el libro. Y, de repente, apareció una imagen de Mario Bellatin con unos rasgos faciales muy parecidos a los de un reptil, mirando con desprecio a ciertos muchachos que lo rodeaban, mientras reía con maldad. E inmediatamente, procedentes de alguna dimensión perdida, llegaron a mí las palabras mágicas, La risa oscura, con las que pasé a denominar desde entonces el texto.

La música, por supuesto, ha sido esencial para la escritura de La risa. De hecho, me resulta imposible hacer recuento de las innumerables veces en la que alguna canción se entremezclaba con aquello que escribía, dictándome tanto el tema del que había de ocuparme como las palabras que debía plasmar en el papel. Un hecho que, probablemente, seguirá ocurriéndome con todos los libros que haga. Pues he dicho ya muchas veces que no puedo escribir en silencio. Necesito llenar de sonidos mi cerebro. Que cientos de ritmos se entremezclen entre mis venas, acompañando a las ideas y a las palabras que voy colocando en el texto que estoy urdiendo en ese momento.

En esta última corrección de La risa oscura, por ejemplo, he vuelto a mezclar tres o cuatro discos. Antes de empezar a revisar las frases del texto, abría varios reproductores de música diferente y en ellos, introducía por lo general, distintas bandas sonoras compuestas por Angelo Badalamenti para las películas de David Lynch. Las cuales me servían de fondo ambiental para penetrar en la historia de dobles y continuas espirales repletas de sombras que he compuesto.

Disfruto mucho observando cómo las distintas melodías, líneas musicales se unen aleatoriamente, contribuyendo a crear momentos mágicos como el que viví hace una semana. Me encontraba reescribiendo un pasaje donde hablo de los orígenes y raíces del libro Salón de belleza; de cómo, mientras lo escribía, Mario Bellatin solía contemplar atentamente un acuario para intentar olvidarse de su amada Melissa (un maniquí femenino que encuentra en la calle) cuando, de repente, la voz de Rebekah del  Rio interpretando “Llorando” (Mulholland drive) se elevó sobre cientos de notas musicales entre las que destacaban como un murmullo al fondo, la sintonía inicial de Twin Peaks, ciertos acordes de piano compuestos por Brian Eno para la banda sonora de Dune, y alguna atmósfera espacial. Contribuyendo a forjar una sensación turbadora, subversiva y plena de belleza, que casi me hace llorar. Porque las distintas capas de sonido que escuchaba se sincronizaban perfectamente con aquello que yo escribía. Creando una sinfonía marítima, espectral y extraña que me hacía disfrutar plenamente conforme penetraba en los recovecos de La risa oscura.

Sería injusto, no obstante, referirme únicamente a estos fondos sonoros que, al fin y al cabo, han sido únicamente utilizados durante las últimas semanas. Puesto que hay muchísimos discos que han formado parte de este libro. Muchas secuencias que no puedo imaginar sin determinada música. En realidad, debo reconocer que, dado el fuerte carácter de Mario Bellatin y su tensa personalidad, muchas veces necesitaba escuchar heavy metal clásico para empatizar con el personaje. Sentir que estaba preparado para comenzar la batalla y retratar con fidelidad, aun de manera impresionista, a este guerrero de la escritura.

Resulta, en este sentido, para mí imposible separar las descripciones que realizaba del escritor mexicano caminando por el Distrito Federal acompañado de sus perros con cara de asesino, de los gritos de Joey Demaio (el cantante de Manowar) a lo largo de la canción con la que comienza la, para mi gusto, obra maestra de los dioses del metal: Fighting the world. Pues ocurre que -repito- probablemente por el talante canino, casi animal del personaje, para profundizar más en sus rasgos y describirlo a conciencia, necesitaba escuchar muchas veces rock duro. Ciertos discos de kiss, Alcatrazz o Motley Crüe que no había vuelto a escuchar desde mi adolescencia o incluso de Alice Cooper, Van Halen o Poison. Bandas todas ellas que cito en algún pasaje del libro, haciéndolas pasar como favoritas de Mario Bellatin.

Asimismo, hubo un capítulo que  fue redactado casi íntegramente bajo el influjo de las creaciones del grupo de Alan Vega y Martin Rev, Suicide, que también cito lógicamente en La risa oscura.  Y, por supuesto, tampoco puedo olvidarme de  tres o cuatro de las bandas sonoras compuestas por Giorgio Moroder, entre las que destacaría Midnight express, Battlestar Galactica, Munich Machine y sí, también Flashdance, dado que me ayudaron mucho para profundizar en los aspectos más kitsch y jocosos del texto. Creo, por otro lado, que hubo incluso un momento en que Lady Gaga cobró cierta relevancia como también el disco Trst de la banda de Robert Alfons y Maya Postepsky, Trust, cuya escucha repetí obsesivamente días enteros. Aunque, como ya subrayé hace varios días, el disco que más veces sonó mientras daba forma al libro, fue Primo Tempo, de Lemuripop: el grupo de German Coppini y Alex Brujas.

Hace poco, escuché el segundo LP de esta banda, Mundo en trance y debido probablemente a que es mucho más rockero que su cálido y evocador primero disco (puro techno-pop de manual) no pude conectar con su propuesta. Algo no terminó de acoplarse y armonizarse entre la obra y yo. Un hecho ciertamente extraño dada la increíble relación que tuve con Primo tempo. Una creación que se integró con aquello que estaba escribiendo, en ciertos momentos, de manera sorprendente. Pues para escribir sobre Bellatin necesitaba o bien de temas musicales duros y fuertes o bien, de canciones andróginas, repletas de metáforas. Y en ese sentido, desde luego que temas como Las buenas palabras, Lemuria, Israel o Tuaregs además de la nueva revisión del clásico Fiesta de los maniquíes cumplieron a la perfección lo que yo necesitaba. Música volátil que me permitiera planear sobre una escritura llena de palabras flotantes.

Como se puede comprobar, por tanto, los sonidos utilizados para componer La risa oscura han sido de los más variados. No podía ser de otra forma, en verdad, si deseaba construir un texto que bebe de muchas fuentes y me complacería decir que conjuga pasado y futuro, construyendo un espacio neutro y heterogéneo parecido a una exposición artística. Un libro de juguete en el que las palabras cortan como si fueran cuchillos y las frases se asemejan a bloques de acero con la intención de que el lector viva una experiencia diferente. Y no la olvide, a ser posible, jamás. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

 Hay una gran fuerza escondida en una dulce orden

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo