New Order

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Durante muchos años, New Order fueron mi grupo favorito. Sin discusión. Tensión, contención, oscuridad, levedad. Gran parte de las características del mundo moderno se reflejaban en sus canciones que ejercían como perfecta banda sonora del existencialismo contemporáneo. Un chute de intensidad musical que rasgaba los oídos y los corazones y parecía proceder de un lugar tan cercano de la oscuridad como la luz. Un rincón particular, exclusivo, único y diferente desde el que creaban todo tipo de himnos de una belleza sutil, evanescente, contagiosa que hacía reflexionar y bailar a partes iguales. Transportándonos a un plano de la realidad en el que podíamos sentir nostalgia y tristeza pero también felicidad.

Su personal manera de interpretar el pop marcó una época. Consiguieron transmitir con fidelidad la desidia, el desasosiego existentes en un mundo cada vez más inhumano sin descuidar las gotas de sensibilidad necesarias para irradiar esperanza. El número de gemas y joyas musicales que compusieron durante los años 80 es enorme. Imposible decantarse por una. Si tuviera que elegir a día de hoy uno de sus discos me quedaría con Power, corruption & Lies. Pero durante un tiempo mi favorito fue Brotherhood. Y el que más escuché a lo largo de mi vida fue el gigantesco Technique. Recuerdo varias noches en que, tras volver de tomar unas copas con los amigos, lo pinchaba sin cesar en un casette destartalado junto a la playa mientras esperábamos que saliera el sol. Termina su última canción, la vibrante Dream attack y comenzaba a rebobinar la cinta para escuchar de nuevo los sonidos ácidos de reminiscencias ibicencas de la movediza Fine time. No podía parar. Para mí, era el disco de pop óptimo. Las canciones eran odas poéticas de irresistible perfección en las que todos sus componentes estaban medidos milimétricamente para conducirnos al éxtasis, directos al placer de saborear la canción de pop ideal, fría, emocionante y salvajemente seductora, a un nivel y forma que yo nunca había escuchado hasta entonces, al menos con tal grado de destreza. Porque aquellos temas ofrecían la posibilidad de danzar y meditar al mismo tiempo. Hablar de aventuras amorosas pasadas, un libro de Cesare Pavese o una película de Fritz Lang mientras movías tus pies. Algo inédito a mis veinticuatro años. Edad en la que retomé el disco por segunda vez. Pues lo había comprado en mi adolescencia tras leer una crítica muy elogiosa en el New Musical Express, y aunque lo había disfrutado, no había entendido gran parte de sus contenidos y postulados como sí lo haría años más tarde. Tras leer a Camus, Baudelaire  o Céline, y comprender mucho mejor la importancia del techno-pop en el desarrollo de la música contemporánea.

Con el tiempo, hice mías muchas de las canciones del disco. Cuando fui a Mallorca e Ibiza no podía dejar de pensar en cómo estos músicos habían sabido exprimir lo mejor de los sismos musicales que se produjeron en las islas a fines de los 80. Cómo lograron sintetizar los más valiosos logros de todos ellos, plasmándolos de manera magistral en Technique sin por ello traicionar su estilo personal. Pero lógicamente, tras muchos años como disco de cabecera, llegó un momento en que tuve que dejar de lado su escucha para no comenzar a odiarlo. Fue entonces que apareció en mi vida Republique. Sé que el disco es menor, y que marca el comienzo de la cuesta abajo sin frenos que ha llevado el grupo hasta llegar a su decadencia actual, pero a mí me acompañó una parte de mi vida muy importante. Y sólo por eso le estoy muy agradecido y le guardo especial recuerdo y atención. Casi agradecimiento.

La mayor parte de mi libro El escritor imposible fue escrito escuchándolo. Puede que porque la soltura y gracilidad de muchas de sus canciones me ayudaran a soportar mejor el dolor que iba suturando en la novela. Y porque, debido a que estaba yo en un momento crucial de mi vida, conectara mejor con la faceta leve, ligera de New Order que con la intensa y trascendente. Era comenzar a girar el disco y relajarme. Encontrar la sintonía ideal para ir urdiendo las páginas del libro, y dejar de pensar en  mis problemas con los que me torturaba por momentos irracionalmente. La voz de Bernard Summer se escuchaba más suave que nunca, el bajo de Peter Hook contenido, tranquilo, sigiloso, en un segundo plano, acompañando los desarrollos instrumentales de unas canciones tal vez, sí, excesivamente encorsetadas en una producción plana pero que, por alguna extraña razón, a mi me resultaba muy atractiva. Juguetona, alegre y laxante, aun siendo consciente de que el nivel musical había bajado varios enteros respecto a las anteriores grabaciones.

Hay discos que nos tocan personalmente y no hay mayor misterio. Los escuchamos en el momento adecuado, nos acompañan el tiempo justo, hacen nuestra vida mejor y más fácil y no por ello tienen que ser obras maestras ni definitivas. Al contrario, puede que sean menores o desechables. Lo que no significa que no puedan ser absolutamente disfrutables. Sólo uno mismo sabe -y tal vez ni tan siquiera- la razón por la que un disco pasó a formar parte nuestra como si fuera una segunda piel. ¿Qué puedo decir? Yo escuchaba Republic y sentía que estaba caminando en una discoteca silenciosa. Me veía introduciéndome en un bar repleto de jóvenes europeos donde no se escuchaba música alguna más que el repiqueteo de mis dedos sobre el teclado de la computadora. Y únicamente imaginar esto ya me calmaba. Funcionaba como sedante y a la vez como estimulante. Hacía participar aquel momento en que escribía el libro de la vida contemporánea occidental. Y conseguía que no me sintiera separado del mundo, como si fuese un ser con la capacidad de caminar con fluidez por cualquier territorio. Al igual que lo hacían las canciones de Republic entre mi cerebro.


He de reconocer que intenté esta misma jugada años después con los discos de Electronic, -el grupo de Bernard Summer y Jhonny Marr- pero no dio resultado. Nunca terminé de conectar con las creaciones de este grupo. Tal vez faltaba el bajo de Hook o las sabias y discretas programaciones de Gillian Gilbert y Stephen Morris que se acaban imponiendo tras varias escuchas. No sé bien pero algo no terminaba de encajar allí. Al igual que en los discos de Monaco o de The other two. Sin embargo, he de confesar que algo parecido a lo que me ocurrió con Republic me está volviendo a pasar ahora con Waiting for the siren’s call y el recién aparecido Lost Sirens (una recopilación de descartes de Waiting). Llevo tres días sin dejar de escuchar ambos discos. También soy consciente de que no son buenos, o al menos lo buenos que deberían ser, viniendo de quien proceden pero no me importa. De nuevo, han tocado algo en mi inexplicable, difícil de entender que hace que los escuche continuamente, y que tenga claro desde ya cuál será la banda sonora que utilice cuando vuelva a reescribir El escritor imposible en unos años.

Intuyo, sí, que cuando ese momento llegue, lo pasaré bien. Y ya ni recordaré el decepcionante concierto de New Order que contemplé en Barcelona ni el demasiado rígido al que asistí en París. Quedarán los himnos, las joyas. Recuerdos imborrables como aquella boda en la que pinché dos veces seguidas Blue Monday mientras los asistentes pegaban gritos como posesos; las noches en que, borracho, coreaba sus canciones en el automóvil de alguno de mis amigos; la ilusión con que escuchaba sus temas mientras realizaba mis paseos en bicicleta hacia las playas de Calblanque y, claro, por supuesto, -vuelvo a insistir en ello- un libro, El escritor imposible, que no hubiera podido realizar con la tranquilidad con que lo construí sino hubiera sido por Republic: uno de los discos más olvidados de un grupo que marcó la historia de varias generaciones. Entre ellas, por supuesto, la mía. Shalam.

البيت القديم ألاحمر

                   La sabiduría no se traspasa, se aprende

Encabezado_Averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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