Ocultos juglares

0

Es sensual escribir Bruja escuchando a Dokken. Sobre todo, dos discos, Under lock and key y Back for the attack, que considero sus dos obras maestras. Discos que se me antojan vestidos o cabellos de negras magas. Arrugas de faldas de terciopelo y ropa interior de encaje. Remolinos de pelos y sexos desnudos. Excursiones por la conciencia de lo oculto que me permiten sincronizarme con las descripciones que realizo de una bruja que es única y a la vez es todas las brujas. Entiendo, sí, que las obras de Dokken no tienen un especial apego a la hechicería. Sin embargo, obviando sus letras e incluso las intenciones de los músicos, al surcar por sus ondas, diviso negras sensualidades, hechizos y conjuros. Tramas violentas subvertidas, eso sí, por una estética ochentera que considero no más que como un disfraz, una concesión a su tiempo, que no puede evitar que, antes o después, surja el trasfondo real de estas obras de arte: ser la banda sinuosa de una posesión. Un acompañamiento sonoro a los recorridos del demonio y sus aliadas, las brujas, por este mundo.

Al fin y al cabo, tampoco debería ser tan extraño lo que comento. Las canciones de Dokken no eran trallazos. Golpes directos a la mandíbula. Más bien, eran telarañas. Se abrían y deshacían en los oídos como el polvo. Creando atmósferas que remitían a otros tiempos y misterios, hazañas épicas y amores que pasaban a tener verdadero sentido, si las situábamos en distinta época y contexto del que surgían. Tal vez en el mundo medieval o el de los sueños o pesadillas. De hecho, Don Dokken tenía un cierto aire de trovador, noble juglar educado para elevar su voz en los jardines de la nobleza. Aspiraba a conquistar el universo y tal vez también otros mundos con armonías vocales que precisamente por tener amplias resonancias angelicales, al entrar en contacto con las rabiosas y densas guitarras eléctricas, transmitían inquietud y desasosiego. Y, sobre todo, permitían escucharlas como si se estuvieran refiriendo, o nos estuvieran transportando por recónditos territorios ocultos. Senderos diabólicos donde, bajo los árboles, aparecían lánguidos muchachos que se nos quedaban mirando fijamente, con melancólica dulzura, hasta que, inesperadamente, se transformaban en demonios. O dormitorios de adolescentes, donde se escondían cofres ocultos de los que podían surgir en cualquier momento, pequeños reptiles moviendo su cola insinuantemente, o escucharse voces hablando en idiomas extraños. Probablemente antiguos.

Muchos de los mejores temas de Dokken -esos que la mayoría del público rockero decía no entender o con los que al menos no empatizaba demasiado- eran pasadizos. Abstracciones mentales hechas realidad a través de instrumentos que funcionaban como lianas. Los ecos de los recuerdos de los sueños que guardamos en nuestra memoria al despertarnos. Flecos y más flecos que, juntos, formaban una sinfonía sonora en la que la imaginación podía volar libremente. Con una libertad total, eso sí, que finalmente acababa asustando. Porque aquellas canciones invocaban el horror o al menos lo insinuaban con tal delicadeza y sutileza que, al poco tiempo de escucharlas, nos resultaba totalmente normal, encontrarnos frente a frente, con el rostro inmundo de una adolescente poseída, las alas de un murciélago herido o los ojos caídos de un demonio rojo llegado de las profundidades del Averno. Siendo lógico, por tanto, que en Hollywood pensaran inmediatamente en ellos, para componer la banda sonora de una de las secuelas de Pesadilla en Elm Street. Que una de sus insinuantes composiciones ilustrara las imágenes de una de las más épicas, famosas sagas de terror contemporáneas.

Ya sea debido a uno de esos conjuros habituales del destino o a que los dioses escriben con renglones torcidos, Dokken es un icono heavy. Algo con lo que por supuesto estoy de acuerdo. Aunque, en realidad, a mí me parece mucho más sugestivo imaginar y escuchar su música en ambientes muy diferentes. Casi distantes. Por ejemplo, contemplando una exposición de lienzos dedicados a la brujería a lo largo del tiempo, entre una romántica explosión furiosa de pinceles negros, o atravesando los corredores, empalizadas y habitaciones de un castillo medieval. Leyendo mapas de tierras extrañas donde salvajes animales intentarán evitar que combatamos con los reyes de lejanos reinos. Pues, en esencia, los discos de Dokken me parecen ideales como banda sonora de las leyendas de espada y brujería como para adentrarse en las zonas ocultas del presente. Observar nuestra realidad vuelta del revés en el espejo. Como si en vez de ser escrita por dios, fuera urdida por diablos. O por las alargadas uñas de una hechicera que, mientras deletrea nuestro futuro en una rueca, mastica lentamente el cerebro de un canario. Shalam

 عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

          Cuando envejezcas, haz lo que te digan tus hijos

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo