Orion

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La mort d’Orion tiene fama de ser uno de los artefactos sonoros más enigmáticos del pop francés y no hay duda de que lo es. La portada -un guiño a los míticos discos de música clásica editados por Deutsche Grammophon– deja ya muy claro lo que nos vamos a encontrar en su interior: una obra suntuosa y madura, alejada de las modas. Una narración astral de espíritu medieval que podría haber sido escrita por un caballero templario en una iglesia durante las guerras santas o podría formar parte de un manuscrito redactado por un alquimista encontrado por azar en un monasterio. Aunque, en realidad, La mort fue grabada en los CBE; el mágico estudio de Bernard Stardy. Un lugar idóneo para que el joven Manset pudiera dar rienda suelta a toda su imaginación y su espíritu aventurero recibiera el eco y la comprensión necesarias. El entendimiento entre ambos músicos fue total y gracias a ello, el disco se convirtió en un hito artístico. Un cruce entre la canción de autor y el sinfonismo lleno de acordes de cuerda que lo convierten por momentos en un oratorio. Por más que yo prefiero escucharlo como si se tratara de un soundtrack para una película de dibujos animados surreal y onírica del tipo de las realizadas por René Laloux debido a las pequeñas partes narrativas leídas por Gianni Espósito (y que tan armónicamente se integran con las cantadas por Manet y la bella voz de Anne Vanderlove), las cuales le confieren un carácter sugestivo y perturbador. Ese magnetismo que poseen los acontecimientos maravillosos y que, por otra parte, eran tan habituales a finales de los años 60.

Ciertamente, La mort recoge perfectamente el espíritu de la época hippie. Aunque justo es decir que lo sobrepasa. Pues es casi una conversación mística entre un trovador y el Universo que permite rememorar (de lejos) las investigaciones sonoras de Stockhausen o Xenaxis. Porque, a pesar de que Manset adquirió conocimientos musicales tan sólo unos pocos años antes de componerla, enfocó la grabación como un músico adulto y experimental. Logrando un resultado tan armónico y épico, tan equilibrado y poético, que entiendo que podría escucharse tanto antes de un concierto de Pink Floyd como en medio de un centro de astronomía o en una pequeña iglesia cristiana. Porque en el fondo es una catedral sonora. Un mapa musical muy bien delineado de una belleza sin igual capaz de narrar una historia digna de la ciencia ficción -la muerte de un planeta y un pueblo- con la misma solemnidad que si fuera un réquiem dedicado a un ser humano próximo en tan sólo cinco canciones. Y que además, en las otras cinco (que no forman parte de la historia principal; la destrucción del planeta Orion) mantiene el nivel de manera sublime, casi irreal.

No obstante, a pesar de ser una obra de culto que le ganó una reputación (minoritaria) para el resto de su vida, Manset no volvió a ella hasta hace unos años. Tal vez porque no deseaba que el resto de sus creaciones fueran ensombrecidas por el recuerdo de este coloso astral y porque su exigencia, le hacía percibir más los errores que los enormes aciertos de una epopeya sonora que en gran medida, sintentiza una década. Una época en la que era habitual hallar en la mesilla de la cama de decenas de artistas libros como Le matin des magiciens, se encontraba latente el deseo de que la magia se impusiera a la tecnología y la sensibilidad a la ciencia, las drogas se utilizaban por lo general para experimentar, viajar o conocerse mejor a sí mismo y el ser humano se consideraba capaz de todo. Shalam

من تسمّع سمِع ما يكْره

Un solo golpe no derriba un roble

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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