Osos de Arabia

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No resulta extraño que Noah Lennox (Panda Bear) samplee un arabesco de Claude Debussy -el número 1- en su último disco Panda Bear meets the Grim Reaper. Como tampoco me parecen muy fuera de lo común las alusiones al libro Las 1001 noches que hay en algunas de sus composiciones. Al fin y al cabo, su música es similar a una tela árabe o a un turbante. Es una compleja reverberación de sonidos que penetra en los oídos como las exuberantes luces de las mezquitas o palacios que dieron gloria al Islam. Es un caleidoscopio donde mujeres con velos caminando por solitarias playas se confunden con las imágenes de habitaciones de hipsters occidentales llenas de juguetes.

Los discos de Panda Bear son una demostración de que la psicodelia californiana fue una forma edulcorada y salvaje de establecer lazos con el resto del mundo para muchos norteamericanos. Fue un intento de construir una alfombra voladora. De forjar los trazos de una ruta de la seda musical en la que en vez de comerciar o traficar con especias y telas, las transacciones se hicieran con sonidos y los camellos transportaran instrumentos sobre sus jorobas.

De hecho, en gran medida, lo que hicieron Beach Boys fue componer pieza a pieza un tocadiscos del que brotaban continuamente melosos y atractivos cánticos parecidos a sirenas consumistas que se extendieron a través de los océanos. Rezos hedonistas a través de los que la psique norteamericana suplicaba ser aceptada por el resto de países del mundo tras haberse hecho con el control de la tierra habitada durante siglos por cientos de tribus indígenas.

La época psicodélica no fue únicamente un remanso de buenas vibraciones sino que también fue desquiciante. Los discos, por ejemplo, eran en gran medida, ladridos imaginarios surgidos del choque entre la necesidad de viajar hacia otros mundos y la imposibilidad material de hacerlo. Eran un grito de auxilio emitido por un grupo de jóvenes asustados del infierno que se estaba construyendo a su alrededor. Probablemente cohibidos ante la sensación de aislamiento y soledad provocada por las incipientes llamaradas industriales y nucleares. Todo ese miedo tecnológico que varios genios locos que podrían perfectamente haber pasado por integrantes de una comuna esquizoide pretendían atenuar con cánticos soleados en la arena de las playas. Recurriendo a las drogas y a las teorías libertarias para intentar componer un alucinado lienzo donde todas las razas de seres humanos pudieran convivir en armonía.

Los hippies psicodélicos formaban, en cierto modo, un convento de rebeldes enamorados de la idea del amor que, no obstante, se veían impotentes para formar un frente de batalla con el que imponer la paz: besos y orgasmos gratis para todos. Y únicamente encontraban consuelo en esas melodías planchadas por la inocencia y la esperanza que interpretaban de tanto en tanto. Llevando el amor a los corazones de los humanos que las recibían como si fueran monedas de cien dolares o una descarga eléctrica que los convirtiera en superhéroes.

En fin, de alguna forma, las envolventes composiciones de Panda Bear permiten reflexionar sobre aquella situación experimentada varias décadas atrás. El último resquicio de luz previo al cierre de la jaula norteamericana. De hecho, yo al menos considero que son una lúcida reflexión sobre lo que musicalmente se hizo bien y lo que no durante la era del amor. Son un apéndice tardío de la época psicodélica que también medita sobre el componente político y lúdico del rock. Su aspecto festivo y colorido.

Aunque bien es cierto que Meets the Grim reaper es mucho más. A mí al menos me hace pensar en una flauta de cálidos sonidos que fusiona el espíritu de Irak y el de California, convocando a los seres humanos ante la luz. Me hace soñar con el instante en el que Scherezade cortará el cuello al sultán e imaginar sus bailes tras su asesinato entre los gritos de júbilo de sus súbditos y los relinchos de satisfacción de los caballos tras varios años hacinados en los establos. Shalam

                      اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ

                     Un arma es un enemigo para su dueño

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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