Paris 1919

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Paris 1919 está considerado un clásico y con razón porque John Cale fue capaz de componer una obra atemporal y mágica, llena de melodías sencillas y melancólicas de pegada directa, que poseen una elegancia sin igual. Salvo en muy contados casos, el músico británico dejó de lado su faceta experimental y se puso a entonar canciones que podrían pasar por cantinelas psicodélicas de los años 60 de no ser por los suntuosos arreglos con los que las envolvió. Sin dudas, el gran acierto de uno de esos discos en los que pareciera que todos los astros estaban alienados cuando fueron grabados.

No es exagerado afirmar que Paris 1919 debe gran parte de su fama a su exquisita producción. Chris Thomas convirtió el disco en la sala gótica de un castillo decorada con motivos medievales. Consiguió conferirle un aire decadente marcial. Hacerlo sonar como un mueble Art Noveau o un viejo poema simbolista y, al mismo tiempo, contemporáneo. Pocas veces se han escuchado temas tan minúsculos, serenos y tranquilos con una profundidad y amplitud de sonido tan grande y, al mismo tiempo, reposada y sensual. Además, Cale compuso unas letras enigmáticas, llenas de referencias literarias, bastante difíciles de comprender que, en vez de perjudicarle, acrecentaron su misterio. Hicieron que cientos de críticos y literatos bucearan en su obra una y otra vez intentando encontrar claves para interpretarlas. Algo un poco estéril porque la parte literaria del disco es un condimento jugoso e importante que no obstante, no se puede comparar con la instrumental. Una preciosidad dandi que huele a siglo XIX y a mármol de palacio que, a pesar de la sofisticación, posee una simplicidad conmovedora.

De hecho, da la impresión por momentos de que Paris 1919 es el relato intimista realizado por un noble tanto de sus avatares vitales como de un cambio de época. Probablemente porque es uno de los discos que con mayor soltura y fluidez combina el espíritu de hierro de las élites con el popular de los trovadores medievales y el del rock y el folk con la música de cámara y salón.

A veces se suele sugerir -un poco precipitadamente- que Paris 1919 es una obra un tanto atípica en la discografía de Cale, pero yo no lo considero en absoluto así. Pues creo que, en gran medida, continúa y recoge la elegancia de los discos de la Velvet y de las producciones que realizó para Nico. Ocurre únicamente que no es un disco marciano. No se encuentra hecho con un pie en Marte y otro en un club de sadomasoquismo lleno de yonquis. No remite a la heroína y a la sordidez ni a la Bauhaus y al hambre. Es un disco europeo que, como dejan muy claro esa guitarra parecida a un jardín florido o canciones como “Andalucia” y “Half Past France” entre muchas otras, tiene los dos pies en la tierra. Pero, eso sí, parece haber sido grabado durante un crucero por un gigantesco transatlántico, en el sótano de una catedral o en la sala de un museo de arte antiguo. Mientras se leían algunas de las más altas cumbres literarias, se vislumbraba desde una torre con un catalejo el ocaso de Occidente y se disfrutaba con cierta despreocupación de un atardecer, un buen vino y el sabor de un cigarrillo de marihuana. Shalam

كُلُّ طَائِرٍ يَصِيدُ عَلَى قَدْرِهِ

Cada pájaro caza a su medida

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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