Pena máxima

0

La música de Sr.Chinarro siempre me ha recordado a uno de esos domingos aburridos que de tanto en tanto experimentamos o a la sobria descripción de un pueblo en una novela costumbrista. Es una fotografía antigua y en blanco y negro de la realidad. El deslavazado reflejo de una depresión crónica. Arte nacido para soportar el tedio. Un escudo contra la monotonía que convierte a las mozas sevillanas en estampas de Picasso y a las tardecitas de calor en oscuras veladas surreales.

Muchas de las canciones compuestas por Antonio Luque parecen haber sido creadas uno o dos lustros después de la Guerra Civil. Son un bostezo incontenible. Espejo pantagruélico y expresionista de ciudades donde lo único destacable es el paso del tiempo. Una mezcla imposible entre los primeros discos de The cure, las tonadillas y coplas de la postguerra española, el rock de barrio andaluz, la lírica pop y la que brota de la Generación del 27.

Antonio Luque vive en su propio mundo. Sus canciones están plagadas de  metáforas que, no importa que sean difíciles de comprender, transmiten su desasosiego cotidiano con idéntica contundencia que lo hace el sudor en la camisa de los obreros. Malestar que deja traslucir perfectamente Marchito azar verdiblanco. Un libro que, más que una narración al uso o la confesión de una pasión, es una desgarbada postal poética sobre su relación con el Real Betis. Uno de esos clubes de fútbol con solera sin los que no se entiende España comparable al brandy Soberano o a una peineta. No se lo puede medir por su palmarés sino por la ilusión que despierta en sus seguidores. Quienes por lo general guardan su escudo en la cartera junto a la foto de su familia o la de la Virgen. Lugar destinado a esas instituciones que son tanto una religión como una forma de vida y estar en el mundo. Expresiones artísticas y competitivas del pueblo que se encuentran a mitad de camino del folklore y la mitología. ¡Musho Betis!

En realidad, Marchito azar verdiblanco parece un disco de Sr.Chinarro. Más concreto, claro y elaborado pero igual de disperso, depresivo y caótico. Algunos de sus párrafos de hecho podrían dividirse perfectamente en versos y aparecer lo mismo en Noséqué-Nosécuántos que en El porqué de mis peinados.

Antonio Luque no es un periodista. Es un artista. Y por eso su voz es apagada y cortante. Narra sin épica y no aporta casi datos. Básicamente, reflexiona. Murmulla. Da impresiones. Crea metáforas. Se deja ir. Expresa frustraciones. Escribe como si estuviera comiéndose una bolsa de pipas en el Benito Villamarín en medio de un tórrido calor. Mezclando recuerdos personales y colectivos en una batidora literaria parecida a un autorretrato neurótico. Una sucia crónica que conecta internamente con la manera de ser verdiblanca y ofrece un testimonio veraz y auténtico no tanto del desfile y rodar de futbolistas, presidentes o directivos sino de esos aficionados plantados como apóstoles en las gradas junto a sus camisetas, vasos de calimocho y bocatas de jamón. Fieles a la tradición ancestral, aunque sus vidas se desangren durante el resto de sus días entre divorcios y trabajos de mierda. Shalam

العليا للآخرين العنف هو الخوف من المثل

La violencia es el miedo a los ideales de los demás

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo