Penderecki

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Lo extraordinario de la música compuesta por Krzystof Penderecki radica en que no importa cuán contenida sea o qué temática posea, siempre parece anunciar un Apocalipsis. Una revelación final. Escucha uno, por ejemplo, su Concierto para piano, Resurrección, (2002) y, a pesar de encontrar múltiples pasajes suaves y equilibrados en comparación a lo habitual en las primeras composiciones del genio polaco, se tiene la sensación de rozar un límite cortante. Navegar por un negro mar cuyas arenas se encuentran llenas de cuchillos.

Sin ir más lejos, en esta pieza hay pasajes que rememoran a Frédéric Chopin, Serguéi Rachmaninov o incluso al impresionismo y a Richard Wagner pero son tan breves que el reposo que proporcionan acaba produciendo nerviosismo. No son más que pausas entre abismos. De hecho, cuando Penderecki cita a Richard Wagner o a otro músico anterior -y lo hace constantemente- no es más que por un muy corto espacio de tiempo. Apenas nos estamos reencontrando con unas melodías y motivos familiares cuando la música ya está avanzando rápida, vertiginosamente -a veces furiosa, otras levemente- hacia otro lugar. Un nuevo límite.

En realidad, y un buen ejemplo es este concierto, a veces pareciera que el compositor polaco samplea otros fragmentos musicales por más que su extraordinario talento no necesita de grabaciones incrustadas en medio de su discurso sonoro. Su diabólica y fluctuante genialidad le permite cruzar de un lado a otro del tablero artístico fluidamente. Dialogar con algunos de los más grandes creadores de la historia musical mientras realiza cromatismos, distorsiones instrumentales y continuos juegos atonales en medio de mares melódicos calmados y furiosos y el acostumbrado ataque de hirientes violonchelos y agudos violines que semejan caóticos desordenes psicóticos o violentas crisis existenciales y se han convertido en un símbolo del inquietante discurrir del mundo contemporáneo. Su constante disolución y falta de certezas que aboca a los seres humanos a la angustia absoluta.

Krzystof Penderecki es la vertiente oscura de la maldad. Una aguja punzante clavada en las composiciones de Bernard Hermann. El fin después del fin. El atardecer en el que el expresionismo se juntó con el serialismo y la música atonal (o experimental). Pensamientos de personajes retratados por Egon Schiele, Roman Polanski y  Andrzej Zulawski convertidos en notas musicales. Una visceral ruta por la esquizofrenia. Y una advertencia de la condena que pesa sobre Occidente. De que su decadencia y ocaso no es un augurio lejano sino muy cercano y que esa es precisamente la razón de ser de su tormentoso devenir: que el anuncio de su fin es siempre promesa y siempre inminente, absolutamente inminente, pero nunca termina de ocurrir.

Krzystof Penderecki es la búsqueda de la religiosidad en medio de edificios fríos como el hielo y un baile de cifras inhumano. El Arca de Noé de la globalización. Una caminata por una ciudad en cuyas iglesias las Biblias se encuentran mutiladas y apenas podemos reconstruir la vida de Cristo por una serie de páginas descuartizadas con tanta saña como el compositor ordena que sean tocados sus instrumentos. Esos violines que parecen hachas e incisiones en las entrañas de un mundo en el que, según su música, tan sólo resta un misterio: cómo y de qué manera se producirá la destrucción última. Qué sentiremos cuando el nihilismo no sea una filosofía sino un acontecimiento.

Krzystof Penderecki le dice no sin nostalgia a Richard Wagner que ha de callar o más bien, que su discurso y mensaje es ya ininteligible. A Bela Bartok y a Dimitri Shostakovich que debieron de ser aún más extremos. Y a los románticos que, aún agradeciendo y valorando su entusiasmo, su euforia y rabia están fuera de lugar. Sin embargo, tiende una mano abierta hacia Arnold Schoenberg y Olivier Messiaen porque entiendo que, como ellos, intuye que hoy en día, únicamente es posible imponer la alegría desde la destrucción; penetrando en los agujeros negros.

De hecho, sus composiciones no son tanto viajes al exilio sino incursiones en la mente y espíritu de los muertos y en la psique de los asesinos. Metales afónicos resplandeciendo en esa niebla intelectual contemporánea que es reflejo de la miseria humana y el agotamiento de cualquier valor. Un testimonio de que el mercado es el nuevo traidor de Cristo y el neoliberalismo su torturador.

Escuchar a Krzystof Penderecki supone adentrarse en un cielo extraño sobre el que aún no se han creado las palabras justas para definirlo. Un mundo del que han desaparecido satélites y estrellas. Y también supone familiarizarse con la voluntad de exterminio del poder. Pero hacerlo tanto en situaciones extremas  -Hiroshima- como en confortables -el mundo del consumo-. Territorios a punto siempre de quebrarse, fracturarse. En cierto sentido, sus composiciones le ponen voz a Yahvé y a cualquier discurso o monólogo proferido por un personaje de Thomas Bernhard. Penetran en los crujidos psíquicos  del capitalismo. Los manicomios y la bolsa. Las entrañas de las bombas y las metralletas. Y en sus fracturas mentales.

Creo, sí, que la música de Krzystof Penderecki es un espejo donde se reflejan los espectros del mundo vacío. Las risas de las computadoras y la frialdad y perversión lunares. Un reino que atemoriza más por sus silencios que por sus ruidos atronadores en cuyos jardines industriales se balancean ángeles sonrientes portando en sus manos puñales de acero que, aun y a pesar de los gritos de los seres humanos, nunca utilizan contra ellos. Porque finalmente comprenden que la verdadera desgracia y tortura es dejarnos vivos. No despellejarnos. Mensaje que es el que, en última instancia, -como ya apunté anteriormente- recibo de los desasosegantes, esquivos y vertiginosos acordes de tantas de las obras del autor polaco: que el infierno actual radica no tanto en la certeza de la catástrofe final sino en la promesa de que ocurrirá inminentemente (sin que termine de llegar). Shalam

إِذَا دَرَّتْ نِيَاقُكَ فَاحْلِبْهَا

Los efímeros se ocupan en sacudir durante días las ramas de árboles gigantescos

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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