Pequeño circo

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Terminé hace unos días de leer la Historia oral del indie de Nando Cruz y tengo dos sensaciones contrapuestas. Por un lado, agradecimiento por el inmenso trabajo realizado. Pequeño circo era un libro necesario que, en mi caso, ha contribuido a cubrir multitud de dudas e inquietudes que me fueron surgiendo a medida que crecía y se desarrollaba la trayectoria de Penelope Trip, Cancer Moon, La Buena Vida, Iluminados y muchos otros grupos. Pero, por otro lado, me ha dejado vacío. No tanto por la inevitable desaparición de la mayoría de bandas y otras tantas que aparecen en el relato sino por el agrio y serio tono con el que se encuentran narradas las rencillas personales entre algunos de sus integrantes o dos famosos locutores radiofónicos y, sobre todo, por la importancia que se la da al manido y consabido tema político. Algo que deja claro que, si la hubo, en aquella escena existía muy poco sentido del humor y del espectáculo y muchos de sus componentes -probablemente, los periodistas los que más- se daban una importancia excesiva hasta el punto de parecer los presidentes o gerentes de algún club exclusivo. Cuando digo yo que, como cantaban Mick Jagger y sus compinches, esto es sólo rock & roll. No mucho más pero tampoco menos: ¡Rock & roll!

En realidad, no entiendo qué es lo que se le pide muchas veces a la música. La música es reflejo, espejo de una sociedad y las personas que la componen. Puede ser profética y visionaria o mimética y normativa. Pero se encuentra vinculada a ella. Si la sociedad es religiosa es muy probable que la música que proceda de ella sea sacra. Y si se encuentra en un proceso gigantesco de industrialización, lo lógico será que adopte y se recree con los sonidos tecnológicos.

Pongámonos en contexto. La España de los 90 era una nación corrupta y corrompida, obnubilada por el dinero, seducida por la modernidad y sus moderneces de la que había desaparecido todo espíritu crítico y en la que cualquier protesta y gesto disidente era inútil. Estéril. Tener o no tener parecía ser la única y decisiva pregunta filosófica y moral instalada en el inconsciente colectivo. De hecho, por aquel tiempo, la ingeniería social había llegado a tal grado de sofisticación que había logrado que la rebeldía reforzara tanto el sistema como las telecomedias o los reality shows. Así que muchos músicos minoritarios, interesados en desarrollar propuestas distintas a las comerciales, eran conscientes de que cualquiera de sus ataques u objeciones al poder caería en el vacío (el público, desde luego, no estaba por la labor de escucharlas) y no tenían más opción que pecar de esteticistas para ser tenidos en cuenta o ser capaces de dar a luz obras contemporáneas; acordes con su fría y superficial época.

Creo por ello que gran parte de la incomprensión que generaban las propuestas y las letras de las canciones de la jauría indie se debía a que muchos de sus discos eran casi más gestos de impotencia artísticos que aventuras. En gran medida, sus creaciones y conciertos (pienso, por ejemplo, en Penelope Trip) eran performances a través de las que reconocían la imposibilidad de influir en la sociedad y realizar, por tanto, actos que trascendieran artísticamente. Dejaran una huella tangible. Un gesto suicida pero también lúcido que, en gran medida, era la única manera de plasmar el desosiego existencial que muchos muchachos sentían en medio de un maremoto consumista que, ¡ojo!, suspendió el sentido crítico no sólo de gran parte de músicos sino de cientos de escritores, pintores, periodistas y ensayistas que abrazaron la opulencia económica con ansiosa alegría. De hecho, si el escapismo musical era un reflejo del escapismo social, la fugaz y accidental, casi fortuita manera de desaparecer y autodestruirse de buena parte de los grupos de los 90 anticipó también, en gran medida, la desarticulación del estado de bienestar que se está produciendo ante nuestros impotentes ojos desde finales de la década pasada.

El indie, al menos en España, fue un hijo (bastardo e ignorado en principio y, más tarde, reconocido y aceptado con los brazos abiertos) de la abundancia. Un sobrino lejano del neoliberalismo. Un eructo de la sociedad del bienestar que, obviamente, propiciaba todo tipo de fetichismos hedonistas y veía de muy buen grado que, en vez de estudiar sus debilidades, miles de jóvenes viajaran en sus vacaciones a Inglaterra, se lanzaran a disfrutar de la música de Los planetas o The Charlatans mientras bebían coca cola y se metían una raya, rellenaran álbumes retro de futbolistas, saborearan coloridas piruletas en los bares o intentaran evadirse de paisajes castrantes escuchando evocadores y bucólicas voces de cantantes británicas.

En realidad, nuestro incipiente y voraz capitalismo estimulaba la creación y reproducción de diferentes estilos de vida; tanto el individualismo como la pluralidad de opiniones y expresiones. Cualquier movimiento que ayudara a seguir engordando la rueda económica. Y, por supuesto, no luchó contra el indie. Lo fagocitó en la medida de lo posible y cuando -ya fuera por escasas ventas o por tener que enfrentarse a nuevos y acuciantes problemas- no le sirvió de mucho, lo ignoró y olvidó. Por eso, en cuanto el aparato económico español -siguiendo al occidental- comenzó a resquebrajarse y dar señales de agotamiento a finales de la década pasada, el indie (al fin y al cabo, algo superfluo frente a la falta de trabajo, alimentos o salud) comenzó lentamente a desaparecer del primer (o segundo o tercer) plano de la actualidad a medida que el rock básico, peleón y de batalla (junto a otros estilos más populares y directos) volvía a tener voz y ser tenido en cuenta en algunos medios que lo daban por enterrado y muerto años atrás. Algo que, en cualquier caso, no dice nada malo de los discos creados durante los años 90 y la primera década de nuestro siglo. De hecho, ese es el problema. Que lo que dice de malo, lo dice de la sociedad en la que vivimos.

Todavía hoy en día, la mayoría de ciudadanos piensan que España es una democracia y que votar a un partido u otro, cambiará algo. Se habla de izquierda  y derecha cuando no hay más que franquismo puesto que nos encontramos en una partidocracia continuista del régimen político anterior en la que no existe ni separación de poderes ni representación directa del electorado. Por lo que no entiendo qué se les podía exigir (más allá de buenos discos; eso, desde luego que sí) a grupos surgidos en una década en la que el 99 por ciento de personas (yo el primero) se habían creído la gran mentira -que vivíamos en democracia- y el dinero circulaba sin freno. Más aún, teniendo en cuenta que tanto la tristeza como la distorsión o la locura surreal que, en medio del hedonismo reinante, emanaban de ciertos discos de Le Mans, El niño Gusano o Cancer Moon podían ser perfectamente entendidas como desesperados guiños cómplices y críticos a través de los que los músicos sugerían que no era en absoluto oro todo lo que relucía en nuestra sociedad de consumo y atacaban la alegría y felicidad impostada.

Precisamente, muchos de los periodistas que ahora dictan clases de moral y combatividad social son los primeros que, durante los famosos años de la burbuja, se rieron y silenciaron a grupos punkies y heavies donde sí existía una clara y rotunda crítica a nuestro sistema. Hay, por ejemplo, más verdad sobre la clase política española en Tierra de nadie de Barón Rojo que en toda la discografía de Los planetas, pero eso no significa que unos sean mejores que otros o más válidos. Porque, de ser así, a mí me bastaría leer un manifiesto político acompañado de una guitarra acústica para ser considerado el mejor músico de mi generación. Así que entiendo que no es este sino un dato más a tener en cuenta al valorar a un artista pero ni más ni menos el factor decisivo. Básicamente, porque la historia y la vida suelen dar constantes vueltas y lecciones y lo que ayer era denostado, muy probablemente será reivindicado en el futuro. Tengo muy claro, sin ir más lejos, que existen pocas obras donde se pueda constatar y radiografiar con mayor claridad el individualismo y la confusión existente en la juventud española de las últimas décadas como la realizada por el grupo de J y Florent. Pero también que eso tampoco la hace mejor o peor que la de, por ejemplo, La Polla Records. Cada música, suele decirse, tiene su momento y existe por algún motivo. Es parte del misterio de la vida y, si no somos capaces de honrarlo, supongo que lo mejor es callarnos. Shalam

من يريد أن يصنع التاريخ يجب أن يتعلم منه أولاً

El que quiera hacer historia, primero ha de aprender de ella

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:…..Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967)…..
    2ºimagen:….fiestas de los barreros(actuacion de “leño”)……….o de “danza invisible” 4 gatos en la casa de la cultura(campos de deportes)……
    3ºimagen:……los reyes de lo inconcreto…..aportacion cero……….diversion diez……….oigo-veo su tema zoom……(demasiado america e inglaterra……prefiero a los originales)………..
    4ºimagen:…..estan en la fachada de los 60…..el primer individuo por la izquierda, taciturno, piensa como evitar que un perro cague enlazando sus dedos miniques……el del centro conocia a luis gordillo……..y el de la derch. da el aviso de ¡¡aviones!!!!!…..
    5imagen: ……tres brazos saliendo del campo santo…..
    6imagen:……la polla record…..los reyes de lo concreto…..(demasiado america e inglaterra (prefiero a los originales)………siempre me gusta bañarme en las playas de aguas claras y arena amarilla….jajajjj

    • Sí. Es obvio que la primera imagen es un homenaje a la mítica portada. jajajaj.. muy bueno lo de las fiestas de los Barreros y la actuación de Danza invisible que, en mi opinion, suenan más callejeros que Leños. jajaj. casa de cultura. Es cierto que aportación fue muy poca y diversión diez….. pero algo sí aportaron.. habría que discutirlo pero entiendo perfectamente lo que dices. De acuerdo. la cuarta imagen..jajajaja.. me río.. muy bueno todo. También la imagen de los tres brazos en un campo santo. Todos preferimos bailarnos, creo, en las aguas originales pero bueno, eso es lo que había entonces en España y había cosas muy interesantes. No tanto como las vendían pero tampoco tan poco interesantes como la mayoría dice ahora. Véamos qué nos dice el tiempo. Pero comprendo todo lo que indicas.

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