Perro industrial

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Llevo tanto tiempo escuchando “I wanna be your dog” que tengo la impresión de que finalmente Iggy Pop se ha convertido en un perro. Un can fiel al rock y a sus seguidores. Sabemos que ladrará hasta el día de su muerte y que no nos fallará. Que siempre podemos esperar de él lo mejor: un concierto que cuestione el viejo dicho de que el rock está muerto, una aparición crepuscular en un film de autor o que firme un disco más que interesante como es el caso de Post pop depression. Una obra seca y afilada que huele a vampirismo y nocturnidad tan centrada como inspirada que sería una perfecta coda a su intensa y salvaje trayectoria de no ser porque Iggy nos ha acostumbrado a recibir sus ladridos de tanto en tanto. Y probablemente emita unos cuantos más rugidos decadentes mientras tenga fuerzas para ello.

Nadie hubiera dicho hace cincuenta años que, cinco décadas después del primer concierto de The Stooges, Iggy seguiría apareciendo en los periódicos de medio mundo. Que un recital suyo podría emocionar a los descreídos con los poderes sagrados del rock. Una de sus leyendas. Más que nada porque una parte de sus seguidores lo imaginaba muerto y la otra no le auguraba ningún futuro. Al fin y al cabo, The Stooges eran una ametralladora que disparaba para todos lados y lo más probable es que cualquiera de sus balas hubiera acabado con uno o varios de sus componentes. En verdad, no existía el futuro para ellos. Cada uno de sus conciertos era una apología de la destrucción. Un incendio en el que había sangre, cristales rotos y puertas de coches derruidas volaban por aquí y por allá entre escupitajos y empujones. Iggy Pop no parecía humano. Parecía un animal. Una iguana. Lo mismo se ponía a follarse el suelo que a masturbarse o hacerle una mamada al micrófono. Lo mismo amenazaba con cortarse las venas que se lanzaba al público mientras los músicos que lo acompañaban interpretaban unos temas que en sus momentos más solemnes eran odas espectrales de inquietante nocturnidad aunque por lo general, olían a gasolina y barro. Eran sucios y crudos. Salvajes, afilados puñetazos de la era industrial cuyo veneno recogió un Bowie juguetón en su histórica remezcla de Raw Power. Un ejemplo de todo lo que no debe ser la producción profesional de un disco pero también de lo que puede y debe ser capturar la esencia artística de un grupo. Puesto que si bien nada sonaba en sus surcos como supuestamente debía de hacerlo, es un arisco testimonio de las viciosas entrañas del sonido de la banda. Casi más visceral y real que una grabación en vivo de la época.

The Stooges eran peligrosos y primitivos. Parecían cavernícolas. Una tribu africana de hombres desnudos golpeándose el pecho en medio del verano del amor y el alunizaje espacial. Eran un escupitajo al progreso. La banda sonora perfecta para un filme de zombies de George A. Romero o La matanza de Texas. Un baile en los estertores de una ciudad -Detroit- colonizada por las fábricas. Una ostia en los cojones de profesores, pacifistas y ejecutivos. Una máquina de demoler almas a ritmo de estruendosas guitarras que cortaban los oídos.  Y lo más lógico es que Iggy Pop hubiera sufrido el mismo destino que golpeó a Sid Vicious años después. Una muerte por heroína en una triste habitación tras varios años viviendo al límite.

Ciertamente, ese hubiera sido el final de Iggy de no ser por su innata capacidad de supervivencia que todavía desconocía cuando vagabundeaba por el mundo inmerso en una vorágine autodestructiva. Más cerca de acabar en un sanatorio mental donde curar sus paranoias o en un contenedor de basura tras un cuelgue que de subirse a un escenario a agitar a las masas. Algo que probablemente tampoco hubiera conseguido hacer sin -otra vez- David Bowie. Quien lo rescató del sumidero, le lavó un poco las heridas con un poquito de droga sin adulterar, cariño y masajes constantes a su ego artístico, abriéndole el camino para grabar un par de discos bajo su supervisión –The idiot y Lust for life- y un tercero junto a James Williamson –New Values– que son -sobre todo, los dos primeros- una locura neurótica de alto voltaje. Esquizoides aullidos nucleares. Agobiantes, asfixiantes retratos de una psique desestructurada. Un retrato angustioso del mundo de la guerra fría que flirtea con el krautrock, la música industrial y el rock gótico en medio de experimentaciones de todo tipo. Un lienzo expresionista y nihilista que recuerda a Nietzsche y a la Alemania de entreguerras. A James Ensor, Lou Reed, Egon Schiele, Edward Munch, Fiodor Dostoievsky y Heinrich Böll. La venganza de un suicida.

Obviamente, no es que resultara difícil sino prácticamente imposible superar o tan siquiera aproximarse a los esquivos y viciosos monumentos realizados junto a The Stooges y Bowie. E Iggy pasó una etapa de indefinición artística durante los 80 durante la que siguió dando obras francamente interesantes aunque en este caso no cambiaran el destino de la música contemporánea. No fueron huracanes que lo arrasaron todo a su paso sino pedazos fracturados del apéndices y el hígado de un hombre que, en cierto modo, a medida que continuaba respirando se convirtió en un mito vivo. Algo que le costó interiorizar pero cuando terminó de comprender a finales de los 80, lo transformó en el actual icono rockero que es. Alguien lúcido, salvaje e inteligente que consciente de que nunca llegará a las irrepetibles cotas artísticas del pasado se reinventó a sí mismo convirtiéndose él mismo en una obra de arte. Una especie de superhombre nitzscheano a mitad de camino del perro, el mono y el hombre de las cavernas capaz de facturar discos tan rocosos y agrestes como Brick by brick o American Caesar y dar conciertos más enérgicos y desafiantes que los de cualquier adolescente o banda de nuevos jóvenes que se le pusiera delante.

En realidad, desde hace tiempo Iggy se está echando un pulso con la muerte en medio de un tablero artístico. Ella es su única interlocutora. Tanto que me atrevería a decir que la ha convertido en su amante. Una mujer fascinada con el empuje con el que sigue entregándose en el escenario después de haber bordeado el filo de la navaja en tantas ocasiones.

Ciertamente, Iggy ya no es un artista. Ya no es un músico. Sus discos son milagros de la voluntad que dejaron de importar hace mucho tiempo. Porque él es ahora la auténtica obra de arte. Él es el vicio, la corrupción y la resurrección. El mesías y el diablo. Es un guerrero inmortal que ha atravesado varios desiertos, baila como un caballo y continúa moviéndose como si estuviera rodeado por las llamas. Es la viva imagen de la soberanía de la voluntad. Un espíritu empeñado en contradecir a Schopenhauer a base de sexo, músculo y explosiones vitales. Rituales escénicos consagrados ahora no tanto a la destrucción sino a la bestialidad, a los osos y a los búfalos, al hielo y al fuego, al primer parto del planeta, durante los que se puede alcanzar a vislumbrar el coito feroz mantenido entre los dioses durante el origen del amanecer. Shalam

للمخرجة، آن ماري جاسر، جائزتين:

Si la mierda tuviera algún valor, los pobres nacerían sin culo

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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