Pescado fino

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No me extraña que en los últimos años se hayan publicado unos cuantos libros sobre lo ocurrido en los clubs de Valencia y alrededores durante los años 80 y 90. Actualmente, una discoteca es más una torre de control que de diversión. La mayoría son sinónimo de una experiencia programada. Agónicos espacios totalitarios a mayor honra del consumo. Sí. Ya sé que puedo estar exagerando. Pero tampoco creo que ande tan desencaminado si comparamos el ambiente entre las de los 80 y las actuales. Al fin y al cabo, muchos de los djs que comenzaron a hacerse un nombre a principios de aquella década eran pioneros. Tenían algo de hippies, de exploradores o viajeros artísticos. Y no era extraño que pincharan grupos como Tuxedomoon en medio de mezclas que hoy en día son más propias de festivales especializados o museos vanguardistas que, por supuesto, de cualquier discoteca.

En aquellos tiempos, podía pasar de todo. Debido al reciente fin de la dictadura franquista, primaba más la diversión y la experimentación que el negocio. Los empresarios hacían dinero (mucho de hecho) pero existía una voluntad de vivir una experiencia. Un ritual pagano. Una necesidad de recuperar el tiempo perdido con las corrientes artísticas europeas que provocaba que tanto djs como público y grupos sintieran la necesidad de liberarse, bailar y experimentar (tanto con substancias como con sexo y arte) hasta morir. Si a eso le unimos la relación ancestral con la fiesta del Levante español, la eclosión del techno-pop (ideal para pinchar y bailar en espacios cerrados), el desenfado punk,  el tono dark de la música industrial y, posteriormente, la entrada de dinero a espuertas procedente del turismo europeo y el ingreso de España en la CEE, tenemos los ingredientes precisos para realizar una paella memorable e interminable. Para cocinar en definitiva un bacalao fino y puro. Nada que ver (o poco al menos) con lo que posteriormente (ya en los 90) se conocería como Bakalao o Makina y daría nombre a la tan idealizada y añorada (ayer hablé con un amigo que me confesó haber pasado los mejores años de su vida allí) como demonizada ruta. Una degradación nihilista y decadente de aquella primera atmósfera que conoció uno de sus primeros momentos climáticos cuando comenzaron a filtrarse mezcalinas entre el público provocando la unión de las más dispares tribus e individuos en el centro de las pistas de baile.

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De tanto en tanto, escucho recopilatorios o directamente sesiones pinchadas en Barraca, Chocolate, Spook y Puzzle en su momento. Y ¡qué cojones!, ¿cómo no se va a sentir nostalgia de aquellos tiempos? Esas sesiones son sumamente disfrutables.  Y, sobre todo, mucho más transgresoras que la mayoría de las actuales. Si hoy pinchas algo así en un club, estoy seguro de que la gente enloquecería de alegría o directamente, tendría miedo. Porque la intensidad y descaro desacomplejado que transmitían todos aquellos grupos son una ofensa, un golpe en plena cara a la etapa tan represiva y adocenada que estamos viviendo actualmente.

De algún modo, aquella época era un homenaje a Dionisos. Una fiesta en la que lo siniestro convivía perfectamente con la noche y la experiencia de transgresión. La Bruja avería con The Munsters, las drogas, la ropa glamurosa y los clásicos instantáneos del post-punk. Algo que, más allá de su voluntad, sin previa planificación, convirtió a Valencia en icono moderno y libertario. Un centro lejos de las grandes capitales (lo que permitía que fluyera la creatividad sin excesiva vigilancia institucional) pero lo suficientemente visible como para convertirse en referencia. En realidad, aquella ruta probablemente fue uno de los primeros ensayos del laboratorio posmoderno porque tan bien casaban en ella Almodóvar como Stones Roses o Burning. Todo valía si tenía actitud, divertía y atentaba contra una moral que iba diluyéndose a marchas forzadas.

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Existía una forma de pinchar valenciana que lograba que tanto Sisters of Mercy como The mission o Simple minds convivieran con extrema armonía con Win Mertens, Laurie Anderson, Golpes Bajos, A Flock of Seagulls y los remixes más inquietantes de los hits discotequeros de verano. Hay unos cuantos djs (sí, ya sé que hay muchos más de los cito) que han pasado a la historia: Juan Santamaría, Carlos Simó, Fran Lenaers, Quique Serrano o Tony «el Gitano». Aunque no sé si es realmente correcta esta última expresión porque tengo la impresión de que allí nadie quería trascender. Todo era mucho más espontáneo y natural.

Obviamente, a medida que los clubs se diferenciaban, cada dj quería ser el mejor y distinguirse del resto. Crear el mejor y más exclusivo ambiente. (Resultan muy divertidas las anécdotas que se cuentan de djs que destrozaban discos tan sólo porque habían sonado en la radio horas antes o que compraban la tirada entera de un maxi en concreto para que nadie más pudiera pincharlo). Pero la pelea no era por la historia. Era contra el presente. En Valencia se deseaba asesinar el presente. Se quería vivir eternamente ese momento. Que no llegase el futuro jamás. Si Franco quería que su dictadura fuera eterna, los valencianos que esas libertades concedidas a partir de su muerte también lo fueran. De alguna forma, sí, erigieron una estatua al hedonismo y sacrificaron sus días y noches en honor de la diversión

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Valencia no era una ciudad. Era un vampiro. Fagocitaba todos los estilos y artistas. Los hacía suyos. Un tema como «Nirvana» de The Cult parecía haber nacido para sonar a altas horas del amanecer en una discoteca del extrarradio. Que ese era su hábitat habitual. Estoy seguro de que resonaba realmente de modo diferente a como lo habría hecho en cualquier lugar y no tenía las mismas implicaciones que cuando se escuchaba a todo volumen en Barcelona o Nueva York. Pasado por el filtro de los djs valencianos, bailar un tema como aquel se convertía en una experiencia chamánica. Puro trance. Una colisión cósmica que abría puertas entre el pasado de las razas y el mundo moderno. A esa «edad de oro» a la que hacía referencia el título del mítico programa televisivo de Paloma Chamorro. De hecho, lo mismo que acabo de afirmar de «Nirvana» de The Cult, podría decirlo de cualquier tema icónico de The Cure. En Valencia los temas de ciertos grupos sonaban diferentes porque la ciudad se buscaba en Babel y Sodoma. El placer era el lenguaje y el hedonismo total el edificio a construir.

Obviamente, los músicos que se pasaban por allí, alucinaban. Algunos hasta compraban casas. O pagaban el alquiler por adelantado del próximo verano. Reservaban su plaza de hotel con un año de antelación. A muchos los obligaban a tocar en dos pases. A medianoche y altas horas de la madrugada. Pongamos las 6 o las 7. Entre un público dispuesto a todo y empresarios que con absoluto descaro y desparpajo tenían ocurrencias que ni se les hubieran pasado por la cabeza a los miembros de la Factory. Lo mismo contrataban a actores de teatro que iban por allí vestidos de vampiros y con ataúdes (utilizando un simbología que, aunque probablemente nadie terminaba de entender, los allí presentes abrazaban con absoluta naturalidad) que se las ingeniaban para lograr que sus antros estuvieran llenos a horas inverosímiles o lograr (con más voluntad iconoclasta y divertida que otra cosa) que los tickets de entrada a sus fiestas se convirtieran, nada más impresos, en exponentes del más radical arte pop nihilista e instantáneo. Frescas obras de arte con un aire gamberro y destructivo capaz de corroer hasta las mismas entrañas del punk. Una prueba de que la mezcla entre dinero, público latino y hedonismo ancestral era capaz de tumbar en la lona hasta a los mismísimos Sex Pistols. Si Nerón hubiera nacido en los años 80, hubiera veraneado en Valencia o hubiera hecho de un chalet de las afueras, su residencia. Si un hippie, padre de familia, se hubiera pasado por uno de los parkings de aquellas discotecas, o se hubiera colgado del cuello al llegar a casa o hubiera muerto de sobredosis emocional.

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No sé si merece la pena que le dedique varias líneas a lo que ocurrió en la ruta en los años 90. Tras los Juegos Olímpicos y la Expo de Sevilla, España se quedó paralizada momentáneamente. Durante una década, se había experimentado con todo tipo de substancias hasta el límite. Aparentemente, nos habíamos igualado a los países desarrollados de nuestro entorno. Así que no había un proyecto esperanzador. La diversión comenzaba a ser un bucle y la fiesta una experiencia tantas veces repetida que ya no era tan ilusionante como desgastante. Una prueba de resistencia para el cuerpo. Un rito obligado para formar parte del rebaño. Integrarse en sociedad. El estímulo no era ya encontrar experiencias nuevas sino repetir las mismas hasta morir. La diversión por la diversión. «Esta me gusta me la tomo yo». Ya no tanto para contrarrestar los años de represión de Franco sino para marcar terreno. Barrera generacional. Sobrellevar mejor el tránsito hacia el mundo del trabajo. Para más inri, el año olímpico se cerraba con el tristemente célebre crimen de Alcácer.

Tras el 92, quedó claro que dinero seguiría habiendo (y mucho) en España pero también que el factor de gobierno era la corrupción. Corrupción y más corrupción. Así que la ruta dejó de tener un marchamo artístico y un sentido ontológico para convertirse en un emporio industrial a mayor honra del nihilismo. La Festuki. Las drogas mutiladas y los ritmos repetitivos y makinales. Lavadoras emocionales. Obviamente, aquello nunca me interesó, pero tampoco tengo nada que objetar. De hecho, considero que podría haber sobrevivido muchos años y tal vez hubiera dado nuevos e inesperados frutos décadas después. Pero los políticos que hicieron la vista gorda cuando les convenía, se encargaron de ponerle el ataúd con ayuda de la prensa y la televisión. Comenzaba la época del control juvenil y la estigmatización. «Te vas a drogar cuando yo quiera y como yo quiera y con lo que yo quiera», dijo el poder. Uno o dos años después del cierre de las discotecas más emblemáticas de la ruta, Tele 5 estrenaba Gran HermanoShalam

الرسم لغة أغنى من الكلمات

La pintura es un idioma más rico que las palabras

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:…haciendo honor al nombre «spook»:…https://www.youtube.com/watch?v=UMW_eyc_dxQ..r.futura..
    2ºimagen:…»jethro tull» en el poster en el centro «nino bravo»…jajajjj
    3ºimagen:….el guante de «gilda» en la pierna de una «egipcia» …….
    4ºimagen:….una «blondie» en toda la raya……
    5ºimagen:…..y en el rincon izq la telaraña en el techo y en la pared dech los dos rayos de acero corten……
    6ºimagen:….guerra relampago, (Blitzkrieg),….la mañana siguiente…..

    • Alejandro Hermosilla on

      1) Precisamente, Radio Futura solían ir mucho por aquellos lugares al comienzo de su trayectora. Y uno de aquellos djs, hizo un remix de su «Semilla negra». 2) jajajaj.. eso mismo iba a poner yo: Jethro Tull: Aqualung. 3) Siouxsie dándose un garbeo por Valencia junto a sus compañeros de Banshees. 4) Decorado de una peli de Bigas Luna. Todo artificial pero más o menos bien logrado. 5) ¿Quién recogerá los vasos? ¿La chica rubia al teléfono habla con alguien de dentro de la discoteca o de fuera? 6) Le quitas los coches y el color y parece una foto de la España eterna.

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