Pigmentos y vacas (2)

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Los discos de Tom Waits son granjas destrozadas llenas de paja y objetos. Se abren y, entre montones de heno y grasientas palas de cavar, aparecen fotografías en blanco y negro de antiguos jazzmen, afiches de viejos clubs de striptease y cómics de ciencia ficción, martillos que llevan grabados en su empuñadura el rostro de olvidados bluesman, sellos y estampas de filmes de cine clásico de los que emergen diversas melodías, púas de guitarra que chirrían al tocarlas y cajas chinas en donde se pueden encontrar las más diversas y excéntricas referencias artísticas.

Una de de ellas es por ejemplo Lord Buckley. Un genial comediante cuyos demenciales fraseados fueron esenciales para la constante elaboración e improvisación rítmica llevada a cabo por Tom Waits desde que se convirtió en el Neal Cassady del rock en Small Change. Como también lo fue su particular e inimitable forma de contar historias. Puesto que combinaba sonidos guturales con ruidos estomacales, gritos histéricos y voces espectrales con tal grado de maestría que era capaz de convertir cada una de sus presentaciones en espectáculos de magia. Películas surreales sin imágenes; vodeviles a mitad de camino de la comedia y una ópera onírica que influyeron decisivamente en la manera de recitar e imprimir ritmo a sus escritos de los artistas beats o en el acompañamiento de los flujos melódicos disarmónicos realizados por muchos músicos de jazz.

He aquí una muestra de su inagotable talento del que, afortunadamente, es posible encontrar muchos testimonios en internet:

En realidad, el influjo de Lord Buckley es esencial en gran parte de la cultura norteamericana y puedo percibir su aura tanto en la forma de comportarse de un John Waters como en la manera de actuar de un Vincent Price. Tanto es así que estoy convencido de que si no hubiera fallecido prematuramente, podría haber perfectamente formado parte de la tropa de Roger Corman. Y basta revisar sus alucinógenas narraciones de textos de Poe o sus viscerales y bizarras incursiones en el mundo del Marqués de Sade o la historia romana para constatarlo.

Por si fuera poco, Bob Dylan no dudó en hacer referencia a él en varias de sus canciones ni en modular la voz como lo hacía este genio de la interpretación capaz de echarse un cara a cara con Harpo Marx sin pestañear, hacer desternillarse de risa a Al Capone sin que se le moviera un solo músculo o a reescribir la historia del jazz poniendo los saxofones al servicio de sus locas ideas; de cada una de sus vocalizaciones y gritos primitivos. De hecho, su manera de entonar canciones y emitir parrafadas era tan personal y arrolladora que junto a muchos de sus colegas artísticos como Louis Amstrong fue modificando completamente la cultura de los clubs. Transformando la comedia en vanguardia por su capacidad de fluctuar con los ritmos negros y la emergente cultura de la droga y la psicodelia. Tanto es así que es a él a quien hay que responsabilizar principalmente de la progresiva transformación de la tradicional stand-up comedy en una bifurcación del Bebop al convertir sus desternillantes y procaces actuaciones en derivaciones asimétricas de las que realizaban músicos como Count Basie o Dizzy Gillespie en los bares de Norteamérica.

Su estilo indudablemente marcó una época porque, a pesar de que sus discursos eran hilarantes y cósmicos, alocados y transgresores, vestía y se comportaba como un gentleman británico. Podía estar hablando de una ingestión de LSD o de lo mucho que le gustaban los cuernos de vaca envueltos en azúcar pero no se despeinaba. De hecho, a pesar de haber nacido en Norteamérica, la influencia de su padre había sido tan grande que su acentuación y uso de la lengua era estrictamente inglesa. Algo que no le perjudicaba en absoluto sino que contribuía a resaltar su originalidad. Llamaba efectivamente mucho más la atención que un señor con pinta de abogado o de cazamariposas con acento de oficinista de Londres o Manchester comenzara a delirar como un borracho transformando el lenguaje humano en una sucursal automovilística o una jungla que lo hiciera un jovencito con tupé y vaqueros.

En realidad, cada vez que escucho a Lord Buckley me pellizco porque no parece alguien real. Era el eslabón perdido entre un elefante loco, la bestialidad de Screamin Jay Hawkins y el nocturno sarcasmo y humor negro presente tanto en los episodios de Creepshow como en las anárquicas sátiras políticas. Era un circo humano. Una mezcla entre un actor de la Hammer y un predicador rockero. Era, sí, la carne y el alma de la cultura del espectáculo americana. Un precursor que no cesaba de improvisar  e investigar y creaba nuevas formas de humor y comunicación porque parecía tratar cada discurso como si fuera un tema de Bop y las consonantes y vocales como pinceles o instrumentos de un lienzo expresionista o abstracto. La a lo mismo podía ser una batería que una flauta y la z el color rojo o amarillo. Una actitud, sí, muy afín a Tom Waits y a Frank Zappa. Otro de los músicos que se inspiraron en sus libérrimas parrafadas para poner en pie su cabaret freaki, homenajeando a esa Norteamérica a mitad de camino de una pesadilla y el país de las maravillas de la que Lord Buckey es uno de sus mayores iconos. Shalam.

أحيانًا أعتقد أن هناك حياة على الكواكب الأخرى ، وأحيانًا لا أعتقد ذلك. في كلتا الحالتين ، كان الاستنتاج مذهلاً

A veces creo que hay vida en otros planetas, y a veces creo que no. En cualquiera de los dos casos la conclusión es asombrosa.

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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