Pigmentos y vacas (4)

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Otro de los nombres que aparecen cuando rastreamos en el baúl de influencias de Tom Waits es, por supuesto, el del único e inimitable Ken Nordine.

No podía ser de otra forma porque, al fin y al cabo, Nordine compitió con Sinatra por el calificativo de la “voz de América”. Pero lo hizo desde un lugar muy distinto al del crooner de New Yersey: la radio, la publicidad y la literatura. Básicamente, porque no era un cantante ni un hombre espectáculo. Era un locutor, un inquieto narrador de historias amante del jazz y la poesía con una voz que parecía proceder del tiempo de las cavernas. Los que la compararon con la de Dios creo que no andaban desencaminados porque poseía la rugosidad de un bebedor de whisky con hielo y transmitía la seguridad del narrador omnisciente de un mundo literario inacabable. Era paternal, seca y afectuosa al mismo tiempo. Marcaba el camino y daba orientación vital y espiritual a quienes la escuchaban. Servía tanto para dar aliento a los veteranos de la Segunda Guerra Mundial o aportar un toque de distinción y trascendencia a, por ejemplo, una prenda tan común como los vaqueros Levi’s como para transformar un anuncio televisivo en un acontecimiento pop y cualquiera de sus programas de radio en historia pura de Norteamérica. Un inmenso archivo sonoro (en el que Bob Dylan se inspiró  claramente para realizar su show radiofónico) a través del que es posible tomar el pulso al país norteamericano durante el siglo XX que, (en otro sentido, eso sí, muy distinto), podría poseer una importancia en el futuro parecida a la que tiene actualmente el invaluable legado dejado por John Lomax.

Nordine comenzó a destacar en la época en que la poesía beat y el Bebop hacían furor en los clubs de Norteamérica. Pero ni su vocación era tocar un instrumento ni deseaba seguir la ruta salvaje marcada por muchos músicos y escritores. Él disfrutaba dando a conocer y comentando sus hazañas o leyendo pasajes de literatura clásica y moderna en voz alta en programas de radio que son historia viva de ese medio. Manteniéndose en segundo plano fue por tanto como logró alcanzar relevancia y protagonismo. Dado su portentoso don vocal, no tardó en llamar la atención de jazzistas adictos a sus programas que, mientras se entretenían improvisando, le animaban a que leyera, hablara o entonara una pequeña cantinela (cualquier cosa con tal de escuchar esa voz alta y profunda) tal y como lo hacía en la radio. Una fecunda circunstancia que dio luz a un género artístico incomprensible sin Nordine: el Word jazz. Por lo general, Ken escribía un texto que leía y modificaba en diversas interpretaciones y grabaciones como un músico más. En este sentido, era alguien beat, pero su voz -otra vez su voz, siempre su voz- su intuición y sabia forma de proceder (su crítica social era más sutil y evocativa que contundente) convertían los sketchess jazzísticos en los que participaba en algo mucho más importante. Y, rápidamente, alcanzó el estatuto de icono no sólo de la contracultura sino también de la publicidad. Dos palabras que, en su caso, no desentonaban en absoluto. No es de hecho difícil imaginarlo siendo contratado por la agencia Sterling Cooper en Mad Men para promocionar una marca de colonia o de tabaco y, una vez terminado su trabajo, tomando una copa con Don Draper en un club selecto y bohemio.

Creo necesario insistir en que Nordine realizó múltiples trabajos publicitarios, pero no era un empresario sino un artista. Un ejemplo muy claro es lo que ocurrió con Fuller. La empresa de pintura lo contrató y él realizó varias grabaciones en las que aludía y elogiaba con absoluta delectación diversos colores. Su trabajo fue tan bueno que, cuando finalizó el tiempo de emisión que marcaba el contrato, los oyentes exigieron a las distintas emisoras volver a escuchar esa voz y esos ingeniosos poemas que convertían un bote de tinta roja en un delicioso pastel metafísico. Y consiguientemente, se vio obligado a grabar uno de sus discos más célebres: Colors. Una obra maestra que pertenece tanto a la era beat como a la pop y podría haber ejercido perfectamente de banda sonora de la ya citada Mad Men. Porque Nordine conectaba perfectamente con las praderas norteamericanas y el espíritu bohemio pero era también minimalista. Un seductor capaz de convertir una colonia en una ambrosía para el sediento que comprendía intuitivamente el mundo en el que vivía y no sólo no tuvo problemas para adaptarse a la era de la psicodelia sino que, como demuestran los vídeos que grabó para ilustrar sus textos, hizo que ésta se adaptara a sus necesidades expresivas. De hecho, también sus discos sobre la era espacial son sumamente disfrutables. Una lección de inteligencia y buen humor que se codea con el lounge jazz, mira de reojo a los cómics y filmes de ciencia ficción y transforma su escucha en un delicioso viaje mental y musical.

Con el paso del tiempo, lógicamente, Nordine se convirtió en una leyenda y muchos artistas lo citaban como una referencia esencial en sus vidas. Entre ellos, Grateful Dead. Fue merced a Jerry García que tuvo su pequeño momento de gloria en los 90 gracias a la grabación de Devout catalyst donde aparecen dos intensas colaboraciones junto a Tom Waits; para quien no cabe duda que siempre fue un bastión en el que apoyarse. Basta por ejemplo pinchar Mule Variations y, en concreto, el tema “What’s he building?” -entre otros muchos- para verificar que su forma de narrar bebió de las fuentes de una de las “voces” de América. Una leyenda tanto para los hippies, los beatniks o los hipsters como para los acomodados solteros de Nueva York. Shalam

الجمال طغيان سريع الزوال

La belleza es una efímera tiranía

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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