Pigmentos y vacas (5)

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Termino en este avería con el desordenado repaso de la ruidosa trayectoria de Tom Waits. En este caso, centrándome en su última etapa. La que va de Bone Machine a Bad as me. Ahí lo dejo.

De Bone Machine a Bad as me: en los últimos treinta años Waits ha grabado dos obras maestras –Bone Machine y Real Gone– y varios discos monumentales que han terminado por consagrarlo. Transformarlo en alguien más cercano al mito que a la realidad. Un personaje oracular más próximo a Fausto, don Quijote o Drácula que a un artista vanguardista. Un espeluznante proceso de mutación que le ha permitido continuar creciendo y seguir ahondando por caminos extraños y resbaladizos. Logrando algo que muy pocas personas consiguen: que todo lo que haga posea un tono de ultratumba y sea sobredimensionado espectacularmente a pesar de no estar muerto. De hecho, en cierto modo, ya es más un fantasma que un artista. Un  espectro sacado de una narración de Nathaniel Hawthorne o de Washington Irving que describe América a base de alaridos y truenos. Con una voz rugosa que hace pensar en la de un espíritu hambriento que describe escenas cotidianas como si estuviera leyendo el Apocalipsis en voz alta o un personaje de Dostoievsky encerrado en un purgatorio sonoro.

Waits camina ahora por los abismos como quien se pasea por su barrio o un bosque cercano y alterna continuamente su capacidad para sorprender, inventarse el mundo, con su necesidad de mirar al pasado y cambiarlo. En Bone machine y Mule variations parece estar intentando modificar la historia del blues desde el futuro. Diríase por momentos que se ha desplazado a una granja antigua y está entonando canciones con unos cuantos esclavos negros mientras una hechicera destripa un gallo y fluye el agua del Missisipi. En Mule variations, directamente se va al campo e imita con su voz el sonido de las vacas, cabras y mulas. Y también el de las piedras al caer por las laderas de los montes. Tom Waits sigue haciendo rock, pero a su manera. Ahora directamente escribe canciones que no pueden ser descritas con palabras. Hay que inventarse un vocabulario para poder hablar de ellas. Unas parecen carreras de insectos. Otras, mariposas transportando tierra. E incluso hay algunas que son una mezcla entre el aullido de un pirata y el grito de un loco recorriendo el desierto.

En realidad, Tom Waits ya es más un hombre de teatro, un performer, que un rockero. Todo es anticipacion de la muerte y rabia en sus discos. Todo es tan excesivo, tan astral y al mismo tiempo tan terrestre que sólo es posible compararlo con un alma caída en los hielos del cariz de Scott Walker. Se pone a hablar con Keith Richards de la amistad y compone un himno de taberna que parece haber sido escrito en la época de Billy el Niño; en cualquier antro del Oeste. Sus alusiones a las borracheras y al alcohol ya no remiten a sus propias historias ni a las de vagabundos callejeros sino a la embriaguez divina. A las cogorzas de los diablos cuando cabalgan juntos por los cielos y a las de dioses caídos. La mayoría de canciones que publica -incluso las más simples- están llenas de matices sonoros. Algunas suenan a motor de barco; otras a motocicleta vieja y gastada de tanto consumir kilómetros; y unas cuantas a risa de Alfred Jarry. Son miradas de tuerto a un volcán. Rugidos de leones y búfalos heridos. Corazones abiertos de marineros ebrios. Exorcismos montañosos.

Waits mete de lleno su cabeza en la cultura norteamericana, pero no para homenajearla sino para enrarecerla. Transformarla en un teatro de variedades del que va sacando huesos, cabezas de zombis o pedazos de la tela del vestido de niñas encantadas, según le convenga. Sus discos se convierten en ballets. Giran como peonzas en cada escucha sin dejar de concitar asombro. Parecen caminar solos. Waits canta como si estuviera teniendo ensoñaciones; como si estuviera delirando. Cuando da un paso adelante o atrás, la tradición musical se mueve en un sentido u otro. Sus composiciones son ondas. Piedras lanzadas al aire. Ballestas y olas llenas de fuego. Recuerdan a las obras de esos pintores expresionistas que componían sus lienzos con sus manos y pies. Huelen a sudor y a surrealismo. A batalla antigua, dibujos animados, novela inacabada de Thomas Pynchon y escultura lunática caída en el suelo.

A Tom Waits se le exige tanto que un disco sensacional como Bad as me es considerado menor -casi un paso atrás-; y, por otra parte, su leyenda ha crecido hasta tal punto que el público asiste a sus conciertos no para escuchar su propuesta sino para celebrar el mito. Las crónicas de sus recitales en San Sebastián no engañan. Comenzaba a entonar una melodía y los aplausos eran tan desmesurados que la concentración se perdía totalmente. Todo era histerismo y locura en los asistentes. Y tal vez por eso, Tom decidiera muy sabiamente tomarse una pausa hace unos años: para no convertirse en una caricatura y poder seguir haciendo travesuras grotescas según le viniera en gana. Continuar logrando que la música sea un guiñol y cada uno de sus discos un espectáculo de variedades que recuerda al Teatro Negro de Praga, la cocina de un restaurante barato o a los filmes de Tod Browning. Al fin y al cabo, su figura ya se encuentra grabada en el cielo de los inmortales junto a la de Miguel de Cervantes, Jack London, Bob Dylan o Van Gogh. Así que ahora que ya tiene más de setenta años y vislumbra de cerca su definitivo ocaso, supongo que pensará que si se trata de despedirse de este mundo o lo hace a lo grande -como Bowie- o mejor continúa manteniendo su oscuro silencio de nutria. Un silencio tan sabio, adictivo, destructivo y loco como su discografía al completo: el baúl de disfraces de un astronauta agrario. Shalam

للذكاء قيود. الجنون لا

La inteligencia tiene limitaciones. La locura no

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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