Regiones estelares

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Hace días que no escribo como habitualmente lo hago en avería. Básicamente por un motivo: porque estaba terminando los capítulos finales de Ruido y no podía ni deseaba distraerme más de lo debido. Realmente todavía tengo que revisar la novela varias veces y decidir si acorto su contenido, pero el trabajo duro y fuerte en esencia ya se encuentra hecho. Ruido ya tiene un final. Mejor o peor pero lo tiene. Y ahora, si todo continúa como hasta ahora, me centraré en Los puercos en diciembre. Hay muchísimos temas que me gustaría comentar y casi que no hacerlo, podría ser, en cierto modo, frívolo. Pero avería no nació como un blog de actualidad y hoy desearía referirme a uno de los discos que he estado escuchando últimamente: el salvaje y suntuoso Stellar regions de John Coltrane. Una obra que aunque fue grabada cinco meses antes de su muerte, no vio la luz hasta 1995. Cuando Alice, la esposa del príncipe nubio, la encontró casualmente y la dio a conocer al mundo.

En fin. Lo cierto es que como casi todos los discos que grabó este esclavo y señor del ritmo, Stellar regions es un álbum realmente espectacular. Un pasaje a las estrellas a través de un saxo ebrio que ruge como los animales de la selva cuando salen de caza. Es una conversación entre una pantera negra herida de muerte y los astros del firmamento que atraviesa el espacio y clava sus uñas en el cielo. Aquí hay golpes de mazo, arañazos, rugidos, vibraciones, puro free-jazz desbordante y desbordado. Y también hay sarpullidos, locura sin freno, hipnóticas intuiciones y ritmos tribales que se fusionan sin control con clarividentes visiones del comos y la música contemporánea.

El saxo de Coltrane sobrevuela el horizonte como un pájaro herido y hastiado. Un buitre empeñado en saborear la sangre de un oyente al que no se le concede tregua. Es llevado en volandas a través de esta furtiva exploración de la música afroamericana y golpeado sin misericordia. Porque cada tema es como un puñetazo, un zarpazo en la boca del monstruo realizado por un compositor que representa musicalmente algo parecido a lo que Muhammad Ali fue en el boxeo. Y más que un músico, se asemejaba a un luchador. Un hombre sudoroso que afrontaba cada nota como si fuera la última y quisiera y tal vez únicamente pudiera morir y vivir interpretando una melodía. Realizando uno de esos fraseos con los que envolvía el sonido destrozándolo en un sinfín de partículas que inundaban el aire cuando su música era interpretada.

En verdad, Stellar Regions no desentona junto a A love supreme. Al contrario, se diría que lo complementa perfectamente. Recoge el tremendo amor expresado por el inquieto músico en su mítico disco y lo expande aún más. Lo contrae y despliega hacia nuevos confines. Lugares remotos, perdidos de la conciencia del ser humano. Míticos espacios que pudieran o no existir con los que Coltrane dialoga con una familiaridad espectacular. Casi como si presintiera que su muerte estaba próxima y quisiera comenzar a conversar con los espectros del más allá antes de dejar este mundo al que casi me atrevo a afirmar que no pertenecía. Porque Coltrane era un extratarrestre musical. Un ser que hablaba un lenguaje muy diferente al de sus hermanos al que acaso únicamente alienígenas del carácter de Sun Ra, Clarice Lispector, Charlie Parker o Miles Davis podían entender. Un animal que hablaba mejor con el saxo que con las palabras, las cuales se transformaban en sus labios en sílabas rodantes de extraño significado que provocaban la misma conmoción que una catarata o una riada, un paisaje repleto de esfinges, colores, enigmas y animales salvajes. De hecho, la música de Coltrane tiene la agilidad de las jirafas, la fuerza de los leones, la consistencia de los rinocerontes y el misterio de los centauros. Es el arte animal y libre hecho realidad. La mezcla perfecta entre los trotes de los caballos y las circunvalaciones de las cebras. La carrera desbocada de un antílope que cuando se arroja por un precipicio continúa caminando por los aires. Es una inenarrable sinfonía de sonidos, vibraciones, coros, maullidos, ecos y rugidos. Deseo puro.

Lo cierto es que si algún escritor ha dejado huella en Ruido ese es Thomas Bernhard. Un artista que tenía claro que la mayoría del arte de su tiempo y el pasado era aniquilador. Nihilista. Afirmación que sólo unos pocos artistas podrían atreverse a negar o poner en duda. Entre ellos, por supuesto John Coltrane. De hecho, si por algo destaca su arte, esa indefinible mezcla y eclosión de furia, improvisación y rigor, es por ser pura medicina vital. Una rodaja que corta el aire y quita el aliento parecida al rugido de un tigre o una exploración a través de una jungla que resucita a los muertos e invita a regenerarnos en contacto con la naturaleza. Una manifestación artística parecida a una lámpara maravillosa. Y por ello, cada vez que escucho uno de los discos de este chamán, casi que puedo ver a la Virgen María siendo fecundada por hombres de distintas razas y credos, a Friedrich Nietzsche bailando encima de una colina junto a varios monos y por supuesto que intuir y comprender del sentido de la vida. Pues nos encontramos ante música que es un gigantesco baño oceánico realizado por un anti-neurótico capaz con sólo soplar su saxofón de regar de savia los árboles descuartizados y las ilusiones perdidas. Una píldora reconstituyente que recomendaría escuchar a cualquier pareja en crisis pues, más allá del LSD y otros alucinógenos, la meditación o ciertas terapias sanadoras, es la puerta al infinito más directa que conozco. Shalam

وعاد بِخُفّيْ حُنيْن

Los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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