Roots

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Roots, como la mayoría de discos de Sepultura, era una salvajada. Pero en este caso, no era un grito industrial realizado desde la fábrica, la fabela o las calles destrozadas de Sao Paulo sino tribal. No era un grito de aislamiento sino de auxilio y también de advertencia. Un ruego casi sagrado de justicia absoluta y total. El rugido de la selva y sus pobladores al ver acercarse los aviones y las armas; esto es, los turistas y las marcas.

Con el paso de los años y el avance inmisericorde de la globalización (o el nuevo colonialismo) se puede distinguir con mucho mayor claridad lo que los brujos brasileños intentaron realizar. No sólo un enraizamiento y una reivindicación de su origen, un viaje profundo al interior de sí mismos y a las raíces de su país sino, ante todo, un disco de protesta, casi de lucha social. Magia negra que entronizaba al salvaje e intentaba alejar al mayor corruptor de inocencia: el hombre civilizado.

Sepultura consiguieron hacer un disco para caníbales y tribus. Homenajear el territorio conocido (y desconocido) de la Amazonia y marcar terreno. Por eso los riffs de guitarra parecen flechas o gritos de hordas guerreras y muchas de las canciones, viajes tumultuosos por ríos revueltos. Recorridos por tierras indómitas con los pies desnudos, alaridos de guerra previos a un combate feroz o batallas por recobrar el espíritu de viejos guerreros en medio de ingestiones continuas de ayahuasca y comilonas de carne cruda.

De hecho, el disco en su conjunto se parece a una visceral barrera repleta de sangre y cólera construida con el ánimo de que no la traspase nadie. “Esta es nuestra tierra y debemos conservarla lo más pura posible”, parecían proferir los miembros de Sepultura entre los gigantescos desarrollos de canciones semejantes a truenos o voces de dioses que, ante todo, transmitían orgullo. Deseos de bailar sobre la destrucción hasta el infinito, comunicar con los ancestros y trazar puentes.

Hay momentos en que Roots parece un tratado de espiritismo capaz de disolver cualquier libro de antropología. Destrozar con un alarido y dos redobles de batería y tambor las paredes de una Universidad. Y en otras, -la mayoría- un invocación marcial. Potentes músculos crujiendo. Un aviso de que los habitantes de la Amazonia estaban dispuestos a destruirse antes de transigir o pactar con el enemigo occidental. Pero que, en cualquier caso, venderían cara su muerte porque, bajo ningún concepto, se dejarían apresar vivos.

Por todo lo dicho anteriormente, Roots no me parece tanto un disco como un ritual. Un libro negro. Golpes de orgullo en el pecho. Un muro de sonido donde se podían sustituir perfectamente la voz y los instrumentos por cuchillos, espadas y lanzas, dientes cayendo de los árboles y afiladas ramas clavándose en el cuello del creador de una ONG o un banquero. Cabezas de hombres blancos destrozadas en las inmediaciones de parajes ocultos. En suma, era una reivindicación profética. El grito inmenso de un millar de hombres desnudos empeñados en frenar el avance de esas corporaciones que durante los últimos años han celebrado un mundial y unas Olimpiadas en el país brasileño además de colocar un presidente a la medida de sus intereses económicos. Un augurio, por tanto, de que la mano negra de la incineración industrial continuaría cerniéndose amenazante sobre esa Amazonia cuyo espíritu incontrolable capturaron Max Calavera y sus huestes en un disco que es una furiosa llamada a los espíritus vivos y muertos. Una cicatriz ardiendo de ira y rabia. En definitiva, una transfusión de sangre aborigen para revitalizar un mundo herido. La samba de la selva y el caos. Shalam

نَّ الْجِيَادَ نَضَّاحَةٌ بِالْمَاءِ

Montado sobre un tigre, difícilmente se puede bajar

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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