Bish Bosch

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¿Existen calificativos capaces de describir una obra de arte como Bish Bosch? Lo veo difícil. Scott Walker alcanza en este disco inmensas cotas telúricas, supera, trasciende sus descomunales Tilt y Drift y nos conduce al abismo. Un espectral y fantasmagórico mundo de galeras y prisiones que continuamente se abren y cierran donde resuenan los gritos de los exiliados, condenados y disidentes de la historia así como las inmensas exploraciones de la música serial y dodecafónica llevadas a cabo durante el pasado siglo, del que esta obra ejerce como réquiem.

Bish Bosch es un funeral. El canto de un ángel dolido al observar los estertores de una civilización basada en el tormento y ya no en la fe ni en la esperanza de la buenaventura. Un barco fantasma donde comparecen las almas de ciertos ciudadanos ilustres de la memoria occidental -el Marqués de Sade, Jack el destripador y cientos de mujeres marginadas- cuyos quejidos se escuchan al compás de la evanescente, estremecedora voz de Scott Walker, semejante a la de un espíritu quemándose en el infierno.

En fin, tengo la impresión de que este extraño baúl no puede o más bien, no debería ser comentado a la manera usual. Y por ello, he urdido nueve textos creativos basados libremente en los compases musicales de esta sinfonía mortuoria, esta apesadumbrada invitación a descender a los túneles y cloacas de nuestro inconsciente histórico.

Ahí los dejo a continuación, eso sí, no sin antes advertir que, de una u otra manera, todos se encuentran unidos (pues los escribí bajo el impacto global de la primera escucha de la grabación) aunque los presente por separado.

 1. See you don’t Bump His head.

La guillotina ha de volver a Europa. Las cabezas han de rodar de nuevo. No hay otra solución para la situación política y social. Los reyes, condes  duques han de morir. Han de ser fusilados por aquel verdugo que cumple a rajatabla las órdenes de un hombre vestido de negro cuya mirada es profunda y distante, como la de una araña, el Marqués de Sade, o Georges Bataille. Un hombre que contempla desde la azotea de su castillo con un catalejo el paisaje, nuestro futuro y no sonríe. Porque en Europa han de rodar las cabezas de nuevo. Han de arder edificios. Y han de sufrir hambre multitudes para que la esperanza se adueñe al fin de las calles. Razones que explican la seriedad en el rostro de ese señor oscuro cuyas órdenes serán obedecidas por los rebeldes. Los gestos sin piedad, distantes, lejanos que realiza cuando alza su voz y sugiere, (mientras el golpear de los tambores se eleva más y más a través de las montañas), a todos aquellos desesperados ciudadanos que el fuego y las explosiones han de extenderse por todo el continente, -desde Liverpool a Paris hasta Bruselas o Madrid- como un huracán. Con rabia absoluta y severa. Tal y como lo muestran todos aquellos hombres sin miedo que golpean contra el suelo una y otra vez sus bastones, imitando el latido del corazón de los suicidas a quienes invocan para que, desde sus tumbas, animen a que los vivos arrojen bombas de odio contra los nobles que les roban el pan, la libertad y la dignidad.

                                         2. Corps de Blah.

No existe mayor dolor para una madre que no poder alimentar a su hijo, como no hay sufrimiento más intenso para un hombre que el de no poder trabajar. Por lo que -teniendo en cuenta que ya no queda más alimento y trabajo que la ira y el rencor- la catástrofe es inminente. Existen países enteros en donde la gente no alza ya la voz para saludarse o cantar. Sólo se les escucha gritar en los instantes previos a que sus cuerpos sean arrojados a los perros y cada uno de los pliegues de su piel sea devorado lentamente por las hormigas ante la mirada de cientos de sus hermanos muertos, clamando desesperados por encontrar una pizca de humanidad.

El descontento crece mientras la tormenta arrecia a lo largo de bosques llenos de seres melancólicos. Muchachos, padres de familia, señoras famélicas que buscan una salida de estos parajes donde beber alcohol y drogarse son de las pocas actividades permitidas. Al igual que la poesía. Un arte que ha dejado de ser clandestino y es practicado en cientos de tabernas mientras el hombre de negro contempla a sus tropas, elegante, desde la cima de la montaña, y extiende sus brazos incitándoles a la lucha. Exigiendo de paso valentía a los millares de cadáveres incapaces de unirse, levantar la voz y luchar conjuntamente para dar de comer a sus hijos. Acaso porque el presente ya se ha convertido en el pasado, y la raza humana se ha extinguido para siempre. De hecho, los cofres guardados en los sótanos de los castillos no poseen más que huesos de esqueletos y sellos grabados con la silueta de viejos barcos en los que se encuentran manuscritos que refieren historias sobre aventuras y revoluciones que no se producirán. Y además, las señoritas que no quieren ser ya desfloradas. Desean morir vírgenes sin haber sido besadas ni besar. Se conforman con soñar con islas y noches perdidas en rincones que nunca recorrerán. Porque su destino es ser degolladas por la espada del verdugo. El verdugo de la insolencia, la indiferencia y apatía que corta cuellos y deja sin pan ni trabajo a todos los niños que ya nunca nacerán.

                                               3. Phrasing

Conforme afeita su bigote, Cyrano de Bergerac observa a través del pequeño espejo circular que porta en su chaleco, al sol arrojando heces durante las noches. Sintiéndose triste porque nadie canta a la luna ni se esconde en las iglesias y el terror es lo único que existe. Por ejemplo, esos hijos de Zaratrusta que bailan con faldas a ras del suelo y claman por una limosna, se cortan el cuello los unos a los otros cuando se dan la mano y son capaces de batirse en duelo por unas monedas. Asimismo, los mendigos se han olvidado de que en las iglesias existe dios y orinan sobre sus estatuas con la esperanza de acabar con este mundo de mentiras. Ansiosos de escuchar las palabras del hombre de negro, que levanta su mano izquierda lentamente y más tarde la derecha y cuando parece que al fin va a decir algo a las multitudes que se agolpan ante él, vuelve a callar.

                             4. Zercon, A flagpole Sitter

La soledad del Marqués del Sade en la cárcel no es comparable a la de hijos de la sumisión. El Marqués no estaba solo. Se tenía a sí mismo. Cuando gritaba, le respondía el eco. Las uñas que sangraban y con las que componía sus escritos sobre el suelo eran sus amantes. Y las telarañas, gusanos y garrapatas que se agolpaban en su cabello, sus aliados. Motivos por los que proseguir viviendo y terminar de urdir escritos para una multitud que moría por escucharle referir las aventuras de Justine. Se emocionaba con la marca que el látigo dejaba sobre la rosada espalda de su personaje y se excitaba con la lascivia de los funcionarios que acariciaban las nalgas de la desprotegida muchacha mientras desplegaban sus lenguas entre los pliegues de su cuerpo atado. Igualmente, el pueblo se mostraba muy deseoso de conocer más detalles sobre las orgías que algunos condes realizaban en castillos lejanos. Pues allí, se producían las más insólitas escenas como aquella en que ciertas mujeres se revolcaban entre pasteles de fresa antes de ser degolladas por los afilados cuchillos que portaban los criados de algunos nobles o esa otra en la que bellas y jóvenes muchachas se arrastraban por el suelo totalmente desnudas para besar los miembros erectos de los condes de K… y A…., mientras leían en voz alta pasajes de poemas de Alejandra Pizarnik, Dante, Baudelaire o Petrarca y degustaban licores caros.

Así es. En realidad, el marqués de Sade nunca estuvo solo. Tenía por ejemplo un sinfín de objetos imaginarios: un sillón negro sobre el que sentarse a escribir, unas tenazas ideales para clavar en la frente de su verdugo y una capa oscura con la que protegerse de la luz y poder sentirse más cercano a los vampiros y a las ratas. Animales frente a los que solía masturbarse como gesto de desacato a la sociedad de la época. Una sociedad por la que se sentía perseguido y comprendido a la vez, pues sin su recato y puritanismo, su arte no hubiera alcanzado la resonancia que tuvo. Ni tampoco su espíritu hubiera podido someterse a la niebla, perderse entre los muros de los castillos, y aparecer empuñando una daga persiguiendo a las jóvenes de un barrio de prostitutas londinense en pleno siglo XIX. Como tampoco hubiera podido embarcar en un carguero para gritarle a los océanos que los hombres grises debían desaparecer al igual que los  nobles y reyes de Francia. Acontecimientos que demuestran que, sí, no estaba solo. De hecho, su espíritu es todavía visible frente a la tumba de las muchachas muertas que amó. Y su nombre continúa provocando espasmos nerviosos porque ante todo, el marqués de Sade es el terror. Al fin y al cabo, el resorte que mueve a las multitudes que se reúnen a escuchar al hombre de negro desde hace meses sin que éste les haya dirigido ni una sola palabra en la que creer o a la que entregarse.                                          

  5) Epizootics!

El miedo no sólo espanta. También ayuda y motiva. Algo que comprendieron las masas revolucionarias en Francia e Inglaterra, saben muy bien los soldados, los pacientes de los psiquiátricos y los reos, y aprendieron muy bien los estados occidentales durante el siglo XXI. Los gobernantes, de hecho, apenas utilizaban el garrote, la hoguera, el fusil, algún porrazo o bomba de gas cuando querían castigar a las multitudes porque tenían un arma mayor: la manipulación. La posibilidad de anular, ignorar, negar y confundir emociones. Mezclar el miedo con la alegría y la rabia para inutilizar a ciudadanos incapaces de distinguir cuáles de sus sensaciones eran verdaderas y cuáles imaginarias. Y, por tanto, condenarlos a vivir un suicidio en vida, manifestado en múltiples formas de indiferencia y pasividad. En el sufrimiento por lo ajeno y la avaricia y envidia por lo propio. Esa psicosis cotidiana que ha convertido al ser humano en un reptil encerrado en una habitación sin ventanas ni puertas en donde no se escucha ningún sonido, como lo sabe el hombre de negro. Quien conoce perfectamente que ni una sola de las palabras que dicte desde la cima de la montaña, serán nunca escuchadas, a no ser que se manifiesten los ángeles y al fin se escuchen sus trompetas. Haciendo latir de alegría los cielos, abriendo grietas en el infierno y quebrando la tierra hasta que se escuche en los firmamentos el grito colectivo de la humanidad clamando por la salvación de su alma. Suplicando que se acabe el tiempo de la angustia y todos juntos podamos caminar unidos hacia la azotea de aquella catedral sobre la que, siglos antes, durante los momentos previos al inicio del discurso del hombre de negro, varias muchachas que cantaban canciones medievales, regalaban flores y besos a todos los que se les acercaban.

                                  6) Dimple y 7) Tar

No existe ya la necesidad de saber qué es lo que sucede con el alma de aquellos que mueren. Dónde nos dirigimos y hacia dónde vamos. Basta atravesar los pasillos de un hogar moderno -esa celda donde los pájaros están obligados a comer carne de cerdo- para saberlo. No caben más muertos ya en este siglo. Ni el Marqués de Sade ni una sola de las prostitutas estranguladas por Jack podrían vivir de haber nacido durante el siglo XXI. Porque no hay mayor terror que el de nuestra época. Basta caminar por una de sus ciudades o intentar comunicar con las personas en un café para constatarlo. Las calles se encuentran llenas de fantasmas, viejos arlequines sin color en sus trajes y la vida se ha transformado en un carnaval donde nadie canta. Todos están mudos y se encuentran condenados a conversar a ciegas, como si estuvieran en el purgatorio o en los pasadizos de un infierno. Porque los niños gritan a sus padres, los hombres y las mujeres pelean a muerte y nadie es feliz en la tierra que nació. 7) Tar  Algo que confirma el asesinato total de la humanidad a manos de un verdugo que no se cansa nunca de cortar cabezas, disfruta con la tortura y ha hecho de la venganza su profesión, de la muerte su vocación, del sufrimiento su placer y del llanto una celebración. No sólo eso sino que ha transformado a los seres humanos en una cadena de cuerpos sangrientos que cuelgan de una verja metálica clamando por una piedad que nunca vendrá, al igual que el espíritu santo. Pues de acudir en rescate de la humanidad, lo haría con los ojos ensangrentados, como si fuera Belcebú, arrojando llamaradas espeluznantes a poblaciones que arderían entre llantos de muerte y tristeza ya que sus gritos clamando por ayuda divina no tendrían otra respuesta de los cielos que la del silencio.

                                            8) Pilgrim.

Que todos fuéramos emigrantes sería la única solución. Que todos viviéramos en una ciudad diferente a aquella en que nacimos. Sólo así podría construirse un nuevo mundo y cortar el cuello al verdugo y a esos gobernantes de rostro similar al de aquellos condes y marqueses que, en los tiempos antiguos, se entretenían y reían viendo morir de hambre a su pueblo. De hecho  -así se lo dijo el Marqués de Sade a sus carceleros mientras era torturado- nuestros gobernantes actuales no sólo caen el suelo de felicidad cuando los niños se pasean desnutridos. También esconden en sus palacios, potros de tortura, cepos, esposas y todo tipo de artilugios con los que castigar a quienes se atrevan a aproximarse a las inmediaciones de sus castillos, solicitándoles pan, trabajo, paz o educación.

          9) The day the conducator died (An Xmas song).

El hombre de negro nunca ha pronunciado una palabra. No le ha sido necesario para que una inmensa masa de personas crea en él y lo rodee esperando conocer la verdad. Verdad que jamás será revelada a quien la pida o desee intensamente. Pues de hacerlo, el hombre de negro perdería gran parte de su poder y misterio, que únicamente él sabe en qué consiste. Como demuestran sus continuas miradas a través de su catalejo hacia los lugares donde las luchas y conflictos han estallado o su costumbre de pasearse, cuando anochece, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el astro lunar.

Nadie sabe el motivo pero todos confían en el hombre de negro. Está escrito que él sea el salvador de la humanidad. Nadie ha leído el pergamino donde se indica esto pero todos le reconocen este poder. Tal vez porque no queda otro remedio para luchar contra el fuego salvaje que amenaza con destruir el mundo o porque él es la excusa perfecta para que los seres humanos sigan sin responsabilizarse de sus propios actos. Nadie lo sabe. Pocos conocen cuándo fue la primera vez que lo vieron y cuando será la última. Lo que sí se sabe es que cuando él muera, ya sí que no existirá esperanza alguna. No habrá animales sobre la faz de la tierra y los pocos humanos que aun sobrevivan, estarán condenados a luchar entre ellos a vida o muerte. Por lo que todos rezan porque el hombre de negro encuentre al fin el secreto de la inmortalidad y comience a hablarles: pronuncie al fin esas palabras que llevan esperando durante años y que todavía no llegan, continúan retrasándose, haciéndoles sentir desgraciados hasta el punto de que si pudieran, si se atrevieran a luchar contra su miedo, todos ellos acabarían con sus vidas ya. Y dejarían, como han hecho todos los hombres desde el principio de los tiempos, la búsqueda del fuego para las generaciones posteriores. Esos futuros héroes que estamos esperando desde hace siglos y que tal vez nunca lleguen, como parecen revelar esos paseos en círculos que el hombre de negro realiza durante las mañanas y tardes, sobre la cima de una montaña a la que ningún ser humano podrá nunca llegar. Shalam

 عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

 Nada falta en los funerales de los ricos, salvo alguien que sienta su muerte

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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