Spillane

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John Zorn está loco y eso me gusta porque nunca sé lo que voy a encontrar en sus discos. Aunque tal vez sí lo sepa: lo imprevisible. Una fusión furiosa y radical de inquietos y rabiosos instrumentos que cortan el aire como si fueran cuchillos. Una manada de animales cuya dirección y recorrido resulta siempre inquietante y desconocida. No sabemos cuándo atacarán o descansarán ni de qué se alimentarán o si se dejarán acariciar o nos asaltarán cuando menos lo esperamos.

No es extraño que a Zorn -ese desacomplejado nerd de la vanguardia- se le haya comparado con Jean Luc Godard. Como el cineasta francés, su discografía se encuentra repleta de obras irregulares, realizadas a saltos de mata, en las cuales apenas se esbozan y desarrollan ideas con una brevedad y celeridad que no permite valorarlas como es debido. Lo cual tampoco es excesivamente importante en cuanto lo trascendente no es tanto cada disco en sí mismo sino el mero hecho de su existencia. Lo milagroso que resulta la presencia de una obra musical poliédrica y caleidoscópica, tan compleja, extraña y variopinta como la de Frank Zappa, que honra la vida a través de los múltiples canales y medios de expresión elegidos.

Spillane es una jugosa travesía de jazz futurista y experimental a medio camino entre la banda sonora y el ensayo vanguardista cuyas distintas piezas terminan encajando perfectamente aun de forma aleatoria e irregular. Sin llegar al violento desparpajo, los desenfrenados exorcismos y rituales orgiásticos instrumentales a los que Zorn se ha consagrado en los últimos tiempos, tiene las justas dosis de experimentalismo para considerarlo un disco difícil y extemporáneo pero en absoluto radical si uno lo compara con esos gritos al vacío a los que acabamos de hacer referencia. De hecho, Spillane está a medio camino de sus primeros Filmworks y la desenfrenada demencia de Naked city y en este sentido, es un disco equilibrado. Una muestra refinada y elaborada de los mil y un rostros de un músico incontrolable y atrevido que estaba comenzando a demostrar de lo que era capaz. Incursionando sin miedos en ese aburrido cenagal en que se había convertido el jazz y la música seriada y de vanguardia desde la defunción y progresiva decadencia de sus grandes héroes.

A este respecto, Spillane es una especie de cinta magnética que, aunque en ciertas ocasiones gira hacia atrás vertiginosamente haciéndose incomprensible, la mayoría de las veces camina hacia delante. Desarrollando con eficiencia, entre arranques de genio y furia, desparpajo e indolencia, aquello que pretende: poner sonido a las historias escritas por el escritor norteamericano Mickey Spillane protagonizadas por el sobrio y duro detective conocido con el nombre de Mike Hammer. Un violento e irredento patriota cuyas hazañas son revisitadas en el primer tema del disco a través de innumerables acordes surreales, ilógicos y atonales que Zorn logra ensamblar magistralmente con apuntes de música orquestal, el jazz de New Orlean y el free-jazz para crear una atmósfera turbia y bohemia. Un ambiente enrarecido y atractivo ideal para rememorar las aventuras de los antihéroes de la novela negra norteamericana entre brumas de alcohol, niebla y mujeres rubias y atractivas en un local nocturno.

Por el contrario, los restantes tres temas de la primera edición de este zarpazo musical -posteriormente se añadiría uno más- no son tan evocadores y ensoñadores. Más bien, son un aullido urbano. Un salto al vacío que estremece por la facilidad con la que Zorn juega con los instrumentos como si fuera un niño travieso. Haciendo guiños al blues, los cut ups de William Burroughs, las distopías sonoras de Karlheinz Stockhausen, la música japonesa y serial y el hardcore a través de sinfonías apocalípticas que fluyen como una especie de torbellino en torno al paisaje que encuentran a su alrededor. Colándose por las barandillas y agujeros vacíos de la música contemporánea hasta crear espacios sonoros vacíos y libres.

Creo que Spillane es el disco ideal para introducirse en la obra de este revolucionario. Un soñador radical que, desde los márgenes, ha puesto patas arriba -algo que parecía realmente imposible- el free-jazz experimental. Seguramente porque no se propuso compararse ni superar a nadie sino crear su propio camino. Y es por ello que se ha ganado un lugar entre los músicos inclasificables de nuestro era. Se ha convertido en un alocado pájaro que no tiene miedo a estampar su cabeza contra un edificio ni ensayar un canto diferente a todos los realizados por los de su especie a pesar de que su actitud pudiera suponerle ser excluido de su tribu. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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