Testigo

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Bob Dylan es, sin dudas, un personaje fascinante. No importa todo lo que sepamos de él que nunca termina de hacerse familiar. Siempre parece guardar algún secreto consigo. Como si fuera un mago o un brujo. O aún mejor, el ayudante de un sacerdote o un reverendo. El testigo de todo aquello que sucede por delante y detrás del telón en una iglesia. Un sagaz muchacho que contempla rituales oscuros en subterráneos de ciudades malditas y es capaz de callar todo aquello que ve. A veces, Dylan se encuentra ahí, amenizando la vida de las prostitutas, tocándose unas canciones en un bar de alterne con verdadera pasión. Ebrio pero lo suficientemente lúcido para mantenerse en pie. Y en otras ocasiones, entona himnos a Yahvé y a su séquito, rodeado de un grupo de feligreses, a la puerta de un templo una prístina mañana de domingo. A veces viste como un vagabundo. Parece hambriento. Como si hubiera realizado un viaje en tren sin un dolar en el bolsillo por toda la América profunda. Y cuando menos lo esperamos, aparece con un traje caro ante nosotros sin un motivo aparente -quizá alguna cita con una señorita-. Casi como si fuera a bautizar a un hijo suyo o estuviera invitado a una recepción oficial por el alcalde. Eso sí, siempre y afortunadamente, Dylan parece ajeno al desarrollo de los tiempos modernos. El presente. Sí. Acaso alguna vez representó precisamente eso -la modernidad-, pero fue hace mucho tiempo ya. Casi un pecado de juventud. Un capricho de un ego aún no maduro ni entrenado a torearse a sí mismo y a la opinión pública.

Lo cierto es que a a Dylan no se le inmuta el rostro por prácticamente nada. No se despeina tanto si le decimos farsante como si le declaramos adoración eterna. Parece, ya lo he dicho, un emisario del diablo. Pero también un arcángel. Un hombre capaz de mantener intacta su leyenda (sea cual sea ésta), tras años y años delante del espejo de la imagen pública. Un tipo que puedes imaginar pidiéndote una moneda para realizar una llamada antes de subir a un avión u ofreciendo un donativo de varios de cientos de dolares en el sombrero de un músico anónimo de New Orleans. Dando algunas gotas de su sangre para firmar un pacto con una secta o entregando su alma desnuda a dios para que éste haga lo que quiera con ella.

Puedo imaginar perfectamente a Bruce Springteen agarrándome del brazo al descubrir que vengo de un país extranjero para que me firme la portada de su mejor disco: The Ghost of Tom Joad. A Tom Waits riéndose e ignorándome en una noche de alcohol en un bar hasta que descubro complacido que, allí, subido al escenario y con el público entregado, me ha incluido en la dedicatoria de una de las geniales, abrasivas charlas que realiza para presentar cada una de sus canciones. Puedo incluso concebir a Iggy Pop echándose un pulso conmigo en un cuadrilátero o a Ozzy Osbourne mirándome de refilón medio despistado o borracho, preguntándome si deseo una copa de brandy para desayunar sin interés alguno en interrogarme sobre qué cojones estoy haciendo allí en su mansión. Pero ¿a Dylan? ¡Venga ya! ¡Dylan es literatura y no existe! Es Charles Dickens encontrándose con Jack Kerouac en Woodstock. O mejor, Oliver Twist y Hulckeberry Finn bailando juntos en un gran salón, siendo aplaudidos por una manada de negros con sombrero. Es un niño tirando de la mano de sus padres en un parque ilusionado tras contemplar una refulgente guitarra en un escaparate. Un árabe que no va a permitirte empezar a hablar si lo que deseas es convencerle de que tu religión y costumbres son las correctas. Un profeta judío en absoluto interesado en guiar a su pueblo por el desierto. Un desterrado feliz. La sombra de un poeta que no escribe afortunadamente para la eternidad. Un señor que ha estado caminando varios días a través de praderas, no emite una sola queja y nos mira como si acabara de levantarse antes de partir hacia quién sabe dónde. Es, sí, un bluesman y un rockero chocando la cabeza mutuamente. Un tragicómico personaje que ni siquiera John Barth hubiera podido imaginar. El gran ausente de la literatura de Pynchon. Alguien demasiado cabezón, rugoso y auténtico para ser un fetiche posmoderno y demasiado elástico, cambiante e imprevisible para formar parte del santoral clásico. Un maremoto poético que ha compuesto canciones llenas de  metáforas de tornados y huracanes para retratar leyendas anónimas de forajidos, mujeres peligrosas y buscadores de oro.

¿Quién sabe? Tal vez el misterio de Dylan radique en que a la edad en que se comienza a madurar, él ya se comportaba como un hombre hecho y derecho. Poseía dentro de sí la sabiduría de un anciano. Y conforme fue creciendo, fue permitiéndose cierto tipo de bromas adolescentes que ya nadie identificaba con el personaje. Actitudes punk que ensanchaban corsés que no tuvo que molestarse en romper porque nunca encajó en ninguno. Pues era ese predicador que, sin necesidad de levantar la voz o sus brazos, enmudecía a sus feligreses los domingos pero también el viejo diablo que ponía un petardo en el culo del caballo del padre de la chica a la que deseaba ligarse. Un vagabundo que no pedía dinero a nadie. Continuaba su camino hacia delante, siempre hacia delante, frente a la indiferencia del resto. Uno de esos tipos que, sin dudas, hubieran aparecido en los registros sonoros de Alan Lomax si en vez de recopilar canciones populares, el musicólogo se hubiera dedicado a registrar las voces de escritores. Uno de esos emigrantes llegados a América, recién desembarcado del barco, que sonreían sin disimulo cuando les preguntaban qué es lo que estaban haciendo allí. Consciente de que los viejos tiempos siempre son nuevos y tu patria es la mía y viceversa. Unos cuantos paisajes, edificios y caminos con más o menos historia. ¿Qué más da? Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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