Toros y cocido

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Probablemente, si Gabinete Caligari hubieran comenzado a grabar discos en el siglo XXI serían considerados un grupo problemático. Tendrían en contra a las feministas, a los veganos, a los modernos, a los animalistas, a los fascistas y a los “progres”. No obstante, creo que finalmente, hubieran acabado abriéndose un camino y desafiando a los infantiles censores de youtube, twitter o facebook por fuerza de sus magníficas canciones. La convicción con la que mezclaron el folk, el paso doble y el pop en discos orgullosamente castizos. Desenfadados alegatos sobre la masculinidad, las tradiciones y las costumbres hispanas en los que mágicamente se unían los aires del presente y los del pasado. Los de la eternidad y los del futuro. Los recuerdos de los pueblos perdidos de España con los sabores del Madrid de la Movida. La necesidad de cambio con la voluntad de persistencia y pervivencia. El encanto bohemio y canalla con la ética del saber estar y el buen vestir.

De hecho, posiblemente son el grupo que con más claridad y autenticidad ensamblaron la estética del franquismo con la del socialismo de Felipe González. La banda en donde más se percibe tanto la resistencia al alocado cambio propuesto por la Transición y la nostalgia por las fotografías en blanco y negro de la España eterna como la morbosa atracción hacia el abismo que los tiempos nuevos y revueltos traían consigo. El amor hacia los noviazgos de antes y los elegantes trajes que vestían nuestros abuelos y la curiosidad por el sexo libre y el desenfado de la moda juvenil.

Gabinete eran una banda seria. No vivían de su imagen sino de la música. Transmitían autenticidad. La sensación de encontrarse más preocupados por las canciones que componían y el desarrollo del rock que por las groupies, el dinero, la fama y las fiestas. Y además, estaban enamorados de su patria. De una herencia cultura que pervivía no únicamente en las novelas de Camilo José Cela o Francisco Umbral o en las películas de Juan Antonio Bárdem y Fernando Fernán Gómez sino, ante todo, en las calles. En esos bares donde se mezclaban banderines del Atlético de Madrid, el Real Betis y la Real Sociedad con afiches de corridas llevadas a cabo por Rafael de Paula o El Cordobés y no había a nadie al que se le ocurriera tomar una tapa de tortilla de patatas o jamón sin acompañarla de una bebida alcohólica o que protestara por el humo de los cigarrillos o el volumen al que sonaba la radio.

En realidad, los discos de Gabinete olían a comida. A fabada asturiana, a cocido madrileño, garbanzos y gazpacho. Gabinete era un grupo cuyas canciones se olían. A veces, lo hacían a sexo sucio, otras a sudor y casi siempre, a una de esas colonias antiguas que rociaban el cuerpo de nuestros abuelos. Pero lo más sorprendente es que no eran un grupo retro ni sonaban pretenciosamente antiguos. No. Gabinete eran un grupo de su tiempo, interpretaban bien el caos de la época pero tenían tanta convicción en lo que hacían y se mantenían tan firmes ante los vendavales comerciales que, en realidad, parecían eternos. Atemporales. El cruce perfecto entre los intérpretes de coplas y Bob Dylan. Entre los Stones, los Beatles, el soul de los 60, Antonio Machín y los himnos patrios. Eran una banda, sí, cuyas canciones podían sonar perfectamente tanto al final de una corrida de toros como en un after hours de los 80. Podían aparecer tanto en la banda sonora de una película dedicada a los quinquis como en una sesión de un vídeo club de barrio consagrada a homenajear el cine de la postguerra española.

Obviamente, un grupo no sólo se sostiene de convicciones sino, ante todo, de canciones. Y a este respecto, hay que reconocer que Gabinete compuso varias de las mejores de su época y posiblemente, del siglo pasado. En concreto, tres: “Cuatro Rosas“, “Al calor del amor en un bar” y “Camino Soria”. Tres clásicos instantáneos que consiguen detener el tiempo allí donde son entonados. De hecho, estoy seguro de que “Cuatro rosas” habrá sonado (y sonará) como sintonía de centenares de declaraciones de amor. “Al calor del amor en un bar”, como jocosa melodía para cerrar garitos y hacer sentir los latidos de la noche. Y “Camino Soria” habrá alumbrado unas cuantas vocaciones poéticas y viajes al norte de España. Aunque, en realidad, los seis primeros discos de la banda madrileña son tan regulares como densos. Son casi marciales estandartes del rock español. Otoñales, nostálgicas remembranzas de un tiempo que se fue y hedonistas odas a una vida que sólo se vive una vez y es mucho mejor experimentar sin pensar en la penas y con un whisky en las manos que lamentando las ocasiones perdidas o con la queja como saludo de buenos días.

Gabinete eran neuróticos. Estaban enamorados de una postal de España que recreaban constantemente en discos tan nostálgicos como instantáneos. Duraderos y momentáneos. Sus canciones rememoraban aquellos tiempos en los que la elegancia no era un placer sino un arte y un ideal. En los que un traje fino, una camisa bien planchada, una corbata y unos zapatos limpios eran la mejor presentación de un hombre y las mujeres eran damas. Señoras que respondían a las insinuaciones y piropos con silencios duros y fríos o sonrisas veladas que escondían los secretos de corazones parecidos a incendios cuya llave no se abría sino tras semanas de cortejo. Y por ello, no es nada extraño que su ocaso comenzara justo en los comienzos de la década de los 90. Una era en la que el neoliberalismo hizo furor en España y se produjeron todo tipo de atentados culturales contra las tradiciones y costumbres hispanas que condenaron a Gabinete Caligari a un lugar en ninguna parte.

De hecho, creo que se separaron unos meses antes de que el país cambiara las pesetas por el euro. Una decisión corporativa que indicaba que sus tiempos habían pasado porque Gabinete eran un chato de vino hecho música. Un asiático áspero. Un duro. Un billete de cien pesetas. Una elegante billetera. Eran, sí, una postal de una feria de pueblo. Una película en blanco y negro grabada en la era del Technicolor. Hombres -y no muchachos- que daban su palabra de honor e intentaban cumplirla por todos los medios porque aún sabían lo que significaba un fuerte apretón de manos. Shalam

إِنَّ اللَّبِيبَ بِالإِشَارَةِ يَفْهَمُ

Hay que subir la montaña como viejo para llegar como joven

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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