Trevi

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 Para Susana. Todas las canciones del mundo.

No tiene nada de azaroso que Gloria Trevi se mudara a la ciudad de México en 1985, teniendo en cuenta que ese fue el año del famoso terremoto que destruyó la ciudad, provocando un sinfín de imágenes dantescas que han quedado grabadas en la retina de los mexicanos con la misma fuerza que las blusas de colores abiertas, los pantalones rotos y desgastados y los labios pintados con descuido de esta cantante con aspecto de pizpireta adolescente. De hecho, las ondas de la vida de esta artista han removido casi tantas veces como el terrible fenómeno natural, el suelo de los mass-media mexicanos y el inconsciente de un pueblo con el que conectó inmediata e instintivamente.

Trevi tuvo el mérito de representar varios papeles al mismo tiempo que le aseguraban el éxito masivo. Por un lado, parecía una pícara callejera. La muchacha crecida cerca de Tepito. Una mujer obligada a superar dificultades con su físico y personalidad que podía conseguirle un trabajo a su hermano con tan sólo guiñarle el ojo al tendero pero, al mismo tiempo, era lo suficientemente noble como para no engañar a los hombres. Colaborar con sus ahorros a la economía familiar. Aunque como Trevi había nacido en el seno de una familia acomodada de Monterrey también ejecutaba muy bien el papel de rebelde. Niña que podría haber estudiado en la Ibero y acceder a discotecas caras pero que deseaba ser dueña de su propia vida, valoraba su independencia por encima de todo y había abandonado sus comodidades para cumplir su sueño. Es decir, podía interpretar perfectamente el papel de vagabunda fresa y convertirse de paso en un prematuro símbolo feminista del México moderno.

Además, era bien sabido en sus ambientes cercanos que, a pesar de que desbordaba sex appeal por todos los costados y que su aspecto recordaba vagamente a Madonna, Cindy Lauper, Sabrina y todas esas mujeres “liberadas” hasta el extremo que habían reinado durante los 80 en el mundo de la música pop, a Trevi apenas se le conocían amantes. Su único amor platónico y real era su productor, Sergio Andrade, con quien vivió todo tipo de tormentosas situaciones que, no obstante, mientras no fueron denunciadas y se dieron a conocer a la opinión pública, añadieron otro aspecto a su imagen: el de virgen. Mujer capaz de torear en las plazas más peligrosas y ser una endiablada tigresa en el escenario, pero que aún conservaba intacta la inocencia.

Trevi, por tanto, podía presumir de tener un corazón de oro que lo mismo le hacía emocionarse con la sonrisa de un niño que mantenerse fiel a sus amigas en las situaciones más adversas. Y por ello, había quienes se preguntaban si realmente no sería santa. Una de esas extrañas fusiones que únicamente se dan en México. Un trozo del cuerpo de Guadalupe mezclado con el de una prostituta. Una eterna adolescente encerrada en el cuerpo de una mujer o viceversa. En cualquier caso, resulta curioso que Trevi cantara en sus primeros discos con dejes de mujer madura y experimentada y ahora, en su madurez, lo haga como una joven. Una señora ingenua y sensual que tuviera toda la vida por delante.

Realmente, no creo que Trevi triunfara por su voz. Esa voz que parecía proceder de los intestinos o el hígado y pertenecer a un animal en peligro o a una mujer envalentonada y constipada. Trevi consiguió el éxito por su personalidad. Un travestido arsenal de emociones femeninas: dulzura, orgullo, despecho, picardía, arrojo, valentía, descaro e inconsciencia. Aunque, no obstante, sin su voz, ese tono masculino y agarrado, contrahecho y casi abrupto que la caracteriza, no sería Trevi. Sería otra cantante más. Tal vez cualquiera de las que formaban parte del séquito de Andrade. Un prototipo de macho mexicano -casi de manual- que fue la columna vertebral en torno a la que giró la primera parte de su carrera. Probablemente la que más clásicos perdurables ha dejado. Al menos hasta el cuarto disco, Más turbada que nunca, donde se encuentra tal vez su himno más consistente: “El recuento de los daños”. Una descomunal confesión que remueve los tocadiscos y el suelo de los bares donde se escucha.

De todas formas, la primera etapa de Trevi se encuentra llena de temas memorables. Canciones como “Pelo suelto”, “Me siento tan sola” o “Con los ojos cerrados” lograron convertirse en la banda sonora de mercados y plazas mexicanas y sonaron en todo tipo de ferias, table dances, pachangas y bares oscuros de ficheras. Por más que estoy convencido de que, interpretadas por otra mujer, no hubieran destacado tanto. Y sólo gracias a que cayeron en las manos de Trevi, alzaron el vuelo, destrozaron paredes y golpearon el rostro del pop latinoamericano.

Ciertamente, aquellos discos de Trevi se encontraban llenos de pelos malolientes y perfume de pachulí. Eran pura visceralidad. El rugido de una vagina. El grito de una adolescente al descubrir de golpe el sexo. Eran, sí, casi un combate de boxeo entre el rock y la música disco. El reflejo de una personalidad arrolladora. Esa niña que aprobaba los exámenes porque o bien copiaba o bien le prometía un beso al profesor. Una mujer que podía simular ser una abogada, hablar con absoluto desparpajo con un presidente y, a la vez, no desentonar en medio de un paisaje apocalíptico. Pues era un ángel sucio y terrestre que podía perfectamente aparecer con una ametralladora en una película de Tarantino o Robert Rodríguez, ejerciendo de símbolo de la mujer maltratada mexicana convertida ahora en heroína de serie B.

Trevi era capaz de aunar furia y debilidad. De ser ángel y diablo. Provocaba, por ejemplo, lascivia y suspiros en hombres maduros pero también ternura. Ciertas ganas de abrazarla y compadecerla que la hacían irresistible.

En realidad, aunque ella no dictara las reglas del mercado musical, así lo parecía. Al menos durante los minutos en los que se encontraba sobre un escenario, ya que era capaz de convertir sus conciertos en rituales catárticos. Bombas mexicanas de amor cayendo sobre un pueblo destrozado que movía las piernas a medida que Trevi levantaba la voz y le sacaba los calzones a un padre de familia mientras bailaba como una danzarina egipcia y pronunciaba tacos y frases estúpidas sin que su imagen se viera afectada por ello. Fue capaz, de hecho, a lo largo de toda su vida, de conseguir que la tristeza, los escándalos, traiciones y fracasos endurecieran su personalidad. De superar estoicamente la pérdida de una hija, la cárcel, calumnias, desgarros amorosos, insultos vituperantes, engaños al mil o el boicot que Televisa y TV Azteca le realizaron durante varias temporadas. Y por ello, ejerce, en cierto sentido, de símbolo de esa tierra mexicana ultrajada que, a pesar de las constantes humillaciones y derrotas, los cárteles de droga, la corrupción, los políticos y compartir fronteras (y muros) con EUA, continúa en pie. Ofreciendo alimentos a sus hijos con ánimo desprendido sin mirar el tamaño de su cartera.

Obviamente, es difícil referirse a Trevi y no mencionar el escándalo Andrade. El famoso libro de Aline Hernández, La Gloria por el infierno, refiere extensamente las constantes humillaciones que el productor llevó a cabo con innumerables mujeres a las que había prometido la gloria musical así como la posible complicidad de Trevi con Andrade.

Según parece, la cantante habría llevado de la mano a varias menores de edad al harén de su “padrino”. Acusaciones que no resulta improbable que fueran ciertas porque la relación entre ambos fue, desde sus primeros pasos, de dependencia absoluta; casi de adoración de Trevi por su proveedor y primera referencia musical. Y además, se desarrolló en México. Un país que vive instalado en la amoralidad y donde, por tanto, un hombre con dinero y cierto poder -y Andrade desde luego lo tenía- es la ley.

De hecho, Andrade era considerado un león. Un hombre Alfa al que no se le medía por hacer el bien o el mal sino por el tamaño de su bolsillo. Por lo que ejecutar lo que dictaba no era tanto una opción sino un mandato ya que su palabra era palabra de dios. No estaba sometida a ley alguna. Lo que permite comprender tanto el comportamiento sumiso de Trevi con su amor como probablemente también las razones de su éxito. El apasionamiento que su figura produce en su país. Porque probablemente la gran acogida de sus canciones se debió no únicamente a su calidad sino a que eran una celebración de la no-ley. A que Trevi bailaba sobre los estertores de la civilización, danzaba sobre la amoralidad y a que cada uno de sus gestos, risas, guiños cómplices y escándalos no eran tanto un ataque contra el orden establecido -¿qué orden?- sino un intenso festejo del “todo vale”. De esa sociedad en la que Trevi podía dejar de cantar un play-back y poner pasta de dientes en la calva de un presentador como Andrade embarazar a varias adolescentes y continuar su vida con absoluta normalidad porque los presidentes reciben dinero del narco diariamente, los gobernadores pueden mandar asesinar a cualquier periodista que los critique y los policías obtener más dinero sobornando a los ciudadanos que del estado.

Ciertamente, tras su regreso de la cárcel, sin cargos judiciales y separada de Andrade, Trevi ha entrado en otra dimensión. Ya no es un icono pop. Es casi un mito y ha adquirido galones de diosa. De espíritu inmortal. La fama envuelta en un cuerpo. No es tanto ya una cantante sino un fenómeno que podría aparecer en un lienzo de Diego Rivera junto a Emiliano Zapata y Juan Diego, al que no se le valora ya tanto por la calidad de sus discos o sus sucesivas metamorfosis como cantante sino por el estado de ánimo con el que se presenta ante el público. A Trevi, sí, se la acepta y aplaude por el mero hecho de existir y continuar viva.

En cualquier caso, es innegable que, a pesar de su lograda reconversión artística, sus habituales transgresiones y la fluidez con la que continúa jugando ambiguamente con el pop, sometiendo sus canciones a la cirugía de producciones líquidas y sofisticadas, se echa de menos a la granuja que fue. El reino de amazonas revoltosas que erigió en las proximidades de Tenochtitlan. Porque Trevi no nació tanto para convertirse en “la mujer”, “la cantante” o “la voz” sino para encarnar la inmadurez. El pulso canalla. El atrevimiento eterno. La alegría desprejuiciada y “sin complejos”. La voz de los (y las) salvajes. El orgullo de quien da más, mucho más de lo que recibe. Y el espíritu de un país que si bien puede ser un caldo de opresión e injusticia, también y, sobre todo, es una olla de pasión, mentiras y locura tan grande que aún todo es “posible” en él. Como que Trevi, por ejemplo, se haya convertido -parafraseando el título de una de sus canciones- en su ángel de la guarda. Un perverso, eso sí, ángel de la guarda. La heroína de un reino amoral. Shalam 

إنَّ الْهَدَيَا عَلَى قَدْرِ مُهْدِيهَا

¡A follar que chocan los planetas!

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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