Tributo

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La mayoría de seres humanos guardamos, atesoramos el recuerdo de días vibrantes, emocionantes. La infancia y adolescencia suelen estar llenos de ellos. Míticos partidos de fútbol jugados en la arena, besos salvajes, inciáticos viajes, bailes colectivos en medio de la playa animados por una botella de ron. Todos hemos sido en algún momento, felices. Durante un instante, hemos experimentado la existencia al máximo pero también hemos sido conscientes de que lo vivido ya no regresaría más. Parte del proceso de maduración de un ser humano consiste en precisamente esto: comprender que cada instante es irrepetible. Entender que intentar detener el tiempo conlleva irremediablemente la frustración. El arte, no obstante, niega esta última máxima. Se pueden leer libros, observar lienzos y escuchar composiciones de hace varios siglos y disfrutar la experiencia con tanta intensidad como lo hacían sus contemporáneos. Las buenas obras de arte al contrario que los grandes momentos vitales tienen esa cualidad: conseguir que nos reencontremos con una emoción innumerables veces. Razón por la que se dice que el arte es inmortal y en cierto modo, niega la muerte. La doblega en una batalla feroz.

No estoy seguro, sin embargo, de que la marabunta de bandas tributo que pueblan el mundo actualmente sean capaces de conseguir ese logro que hace grande al arte. Más bien, creo que el actual boom de este fenómeno cultural tiene que ver con el miedo a la muerte. Las bandas tributo no son tanto una confrontación contra el Universo sino una huida de la lucha. No son tanto nostalgia como miedo. Terror a comprobar que el tiempo está pasando y los artistas sagrados se están muriendo. Algo que no ha de tomarse como crítica sino como mera constatación. Puesto que pienso que en los conciertos de bandas tributo más que a la música se celebra a los músicos que fueron capaces de clavarle una daga en el corazón a la muerte. Son un homenaje por tanto a unos héroes. Un intento desesperado de traerlos de vuelta que, dado lo imposible que resulta este hecho, los convierte finalmente más en una despedida que en un reencuentro, un funeral que una fiesta. Los conciertos de bandas tributo, de hecho, son puro espiritismo. Una tribal invocación del alma de viejos guerreros. Puro chamanismo que intenta crear la ilusión en el espectador que los jefes de la manada están de vuelta. Son pura ilusión. Teatro. El acceso a un rodaje cinematográfico en vivo y en directo. Una entrañable performance cuyo mayor defecto radica tal vez en que sus integrantes quieren llevar a los asistentes a reeditar el momento exacto en que lloraron, besaron, y se emocionaron por primera vez con una serie de canciones. Quieren hacerles recuperar la virginidad e inocencia perdidas sin proponer nuevas lecturas, interpretaciones y revisiones de una serie de clásicos que lo son precisamente por la capacidad de seguir sugestionando y propiciando nuevas visiones a lo largo del tiempo.

Las bandas tributo viven de las sobras del capitalismo. Son la manifestación más evidente de que el capitalismo genera clones y clases socio-artísticas. Y de que la originalidad lejos de perder valor cada vez se encuentra más entronizada. Puesto que una banda tributo es una postración. Un sometimiento voluntario a la grandeza, al líder. Un intento, repito, de continuar siendo vírgenes o de experimentar aquello que no se vivió. Son el último caramelo que ofrece el capitalismo a sus súbditos, creándoles la ilusión de que pueden, aunque sea de segunda mano, aspirar a todo: por ejemplo, contemplar un directo de esa banda cuyos componentes murieron, esa otra que jamás vendrá a su ciudad o aquella que desearían volver a ver cada mes. Un reciclaje y copy & past de enormes dimensiones bastante logrado y eficiente. Algo lógico, teniendo en cuenta que las bandas tributo no son tanto una manifestación de decadencia del capitalismo como de poderío. Son una evidencia de que los tentáculos del mundo industrial llegan a todo y están en todo y de que a sus ojos no se les escapa (ni oculta) nada. Al fin y al cabo, las bandas tributo son en el fondo máquinas de recuerdos frustrantes que renuevan y avivan constantemente el deseo: el motor del capitalismo. Pues si algo se pone de manifiesto durante la asistencia a un concierto tributo es que los aficionados de pop y rock somos cadáveres ideales para hacer negocio. En todos ellos se nos dice una y otra vez todo eso que ya sabemos y no queremos escuchar: que no vamos a dejar un bonito y joven cadáver, no podemos rebobinar el tiempo y querámoslo o no, vamos a morir. Por lo que más nos vale seguir consumiendo. Razón en definitiva, por la que pienso que a un concierto de una banda tributo no se va a recordar, rememorar, sino a olvidar. Shalam

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

Es más fácil engañar que desengañar

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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