Trip

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Hace años, durante un Sonar, alguien me invitó a una substancia prohibida y, poco minutos después, aunque me hallaba en una sofisticada sala donde actuaba un músico ultramoderno, creí encontrarme en el programa Aplauso asistiendo a una actuación de Parchís. Motivo por el que tal vez llevo un tiempo vislumbrando al conjunto infantil como un producto lisérgico y espectral; la píldora que mi generación tomó en la infancia para introducirse golpe en la era pop. Y por el que probablemente también si alguien me preguntara qué eran Parchis, respondería que un tripi con más contenido de LSD de lo normal. Un chute de energía adolescente metido en vena a los niños a través de la televisión. Un subidón de adrenalina y hormonas que terminó con sus componentes perdidos en medio de Disneylandia con la esperanza de grabar un disco en inglés y emprender una nueva aventura que nunca llegó a concretarse. No por nada en especial sino porque muy pocos viajes con droga terminan bien o de manera ordenada. Y mucho menos los que se experimentan a temprana edad. Cuando no se posee experiencia suficiente para controlar las constantes idas y venidas y menos aún para poder somatizar la resaca. El momento en el que la realidad vuelve a asomar por la ventana, las casas de dibujos animados se convierten en masas de cemento y los gritos histéricos en rostros de indiferencia.

¡Ojo! No estoy diciendo que los componentes de Parchís se drogaran sino que el mero hecho de su existencia era droga. Un éxtasis destinado a los más pequeños de la casa. En concreto, porque eran absolutamente inseparables del baby boom español y del advenimiento de la democracia. Siendo por consiguiente un fenómeno de masas comparable en muchos sentidos a Verano azul.

No obstante, lo cierto es que la serie de Mercero se ocupaba de un espectro de público más amplio. Era un símbolo de reconciliación que intentaba que los españoles mirasen atrás sin ira y acogieran con buen semblante y espíritu abierto la transición. Un masaje catódico para las personas mayores sometidas por la dictadura franquista que se encontraban esperanzadas con la nueva época que se abría. Un biberón acogedor lleno de buenas intenciones, picardía y realismo destinado a los adolescentes y niños y a un sinfín de personas procedentes de distintas clases sociales. Y al contrario, Parchís sólo se dirigían a las nuevas generaciones. Su píldora era de consumo exclusivamente infantil. No intentaba borrar heridas. Abría círculos. Creaba expectativas. Hablaba sólo del presente y el futuro. De un mañana inmenso. Y precisamente por eso, vaticinaron con su intenso acelerón y su abrupta caída el destino de gran parte de los músicos de la Movida y de una generación instalada en una burbuja hedonista durante décadas hasta la primera gran crisis económica. Anticipando -repito- el enorme tripi que la sociedad española en su conjunto se tomaría hasta las Olimpiadas de 1992. Aquel gigantesco éxtasis que llenó de risas, sexo y marcha las calles, playas, bares y hasta las salas de estar del país. Aunque siendo sinceros, yo percibo el sello Parchís incluso en grupos del cariz de La buena vida o La casa azul y en cierta inconsciencia de los grupos indie españoles que tal vez tenga más que ver con haber contemplado desde niños las imágenes de esos cinco muchachos sonrientes disfrutando el momento al máximo que con una premeditada actitud punk o hedonista exportada de Inglaterra.

En realidad, poco se puede indicar de las canciones de Parchís. Algunas de ellas, como “La batalla de los planetas” o “Fin de curso” son clásicos del pop infantil. Las composiciones que interpretaban eran buenas, sí, pero podrían haber sido perfectamente otras. Eran efectistas. Cumplían su cometido y punto. Alguien las firmaba y ellos se dedicaban a interpretarlas en ocasiones con ayuda de cantantes profesionales. Pero de lo que sí se puede hablar y mucho es del fenómeno que supusieron.

Supongo que muchos no tendrán duda de que eran pura ingeniera social. Aunque yo no vislumbro, a pesar de las enormes sumas de dinero que se invirtieron en ellos, que exista tanta premeditación ni en los acontecimientos sociales ni en los productos musicales. Algunos triunfan y otros no. Unos cuajan y otros no. Y desde luego que Parchís lo hizo. Creo que porque tocó una fibra sensible aún por explotar. Se convirtieron en la banda sonora de un sinfín de hogares donde niños que, de haber nacido tan sólo hace dos décadas, se hubieran tenido que conformar con carbón o unos muñecos de madera para jugar, recibían con alegría decenas de juguetes el día de reyes. Veían la televisión en color, se acostumbraban a comer viendo dibujos animados y no vislumbraban un límite para sus deseos futuros. Y de hecho, en cuanto crecieron inundaron las discotecas y piscinas de un país que, con la excepción del terrorismo, parecía vivir en una canción de Parchís. En un mundo donde todo era posible, los límites del deber no eran precisos, los adolescentes se besaban al fin sin tener que esconderse y cualquiera podía mandar a tomar por saco la cultura del esfuerzo sin sufrir consecuencias terribles o ser golpeado por un profesor.

Nadie sabe bien cómo pero un día Parchís se habían separado y tenían que empezar a afrontar los rigores de la vida adulta como nadie sabe tampoco exactamente cuándo se acabó la Movida, la ruta del bakalao, el indie o el frenesí por la cultura de club. Porque el modelo Parchís marcó en cierto sentido, el discurrir del pop español del futuro y probablemente también el del hispanoamericano. Hay una actitud, un signo Parchís en muchos de los acontecimientos de la música pop adulta de los 80 y 90. Una sociedad que continúa siendo Parchís. Creciendo bajo su estela. Porque en realidad -insisto- no eran un grupo musical. Fue la píldora que se le dio a los niños nacidos en los 70 para adaptarse a los nuevos tiempos. El modelo de consumo y goce deseable. Una mezcla entre La isla de las moscas y “Lucy in the sky with diamonds” sonando en cumpleaños y fiestas donde nadie podía imaginar que no existieran los finales felices. Shalam

لقد أهدرت وقتي ، والآن يضيع الوقت

Malgasté mi tiempo, ahora el tiempo me malgasta a mí

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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