Un anochecer

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La genialidad de Franz Schubert es mucho más difícil de percibir que la de Ludwig van Beethoven. Ante todo, porque vivió unos cuantos años menos. Murió justo cuando estaba entregando varias de sus mejores obras y parecía encontrarse en estado de gracia. A la edad en la que el compositor alemán dio a luz su primera sinfonía, el austriaco ya había entregado más de la mitad de su periplo sinfónico. Por ejemplo, a los 16 años dio por concluida su Sinfonía nº1 en re mayor, D 82. Una obra que recibió multitud de elogios pero que no se encuentra a la sacra altura de su producción última. Beethoven tuvo por tanto mucho más tiempo para desarrollarse como músico y afinar su temperamento. Poseía además una personalidad suprema y muy remarcable que terminó influyendo decisivamente en sus composiciones. Y Schubert aún tenía que madurar ciertos aspectos personales cuando falleció supuestamente de fiebre tifoidea. No obstante, lo que anunciaba era ciertamente grandioso. Probablemente Schubert era menos contundente que Beethoven pero porque era más sutil y sensual. En Beethoven, la pureza del sonido a veces lo es todo. Todos los instrumentos se encuentran al servicio del objetivo espiritual y reflejan las tormentas personales de su alma. Y por el contrario, en Schubert el sonido es muy importante, pero aún lo son más los detalles; las variaciones, los cortes abruptos que anuncian breves lluvias y, sobre todo, las melodías y motivos que se desarrollan secundariamente y fuera del foco central. En las sinfonías de Schubert, lo que se encuentra en segundo plano posee una vital importancia. Schubert es oscuro y sutil. No hay que confiarse cuando se percibe demasiada luz en sus obras porque, por debajo, existen hilos tenebrosos y angustiosos que repiquetean en cualquier momento y enturbian momentáneamente el desarrollo de la composición.

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Beethoven construyó un barco bélico y Schubert un barco fantasmal. Una embarcación ideal para surcar los mares justo cuando empieza a anochecer; durante esos momentos en los que aún hay luz en el horizonte pero ya pueden vislumbrarse los primeros apagones solares.

Beethoven se impone ya sea bruscamente o a fuerza de talento. La belleza de las obras de Beethoven es total. Sin paliativos. Porque su romanticismo es clásico. Su música se adapta y casi que dicta el canon de la genialidad romántica. En eso Beethoven es totalmente diáfano. Explora el ruido y las tormentas mirando de frente, cara a cara, a los fenómenos naturales. Schubert por el contrario es mucho más caótico. No describe ni desafía las tormentas sino que se mezcla y confunde con ellas. En las estructuras de sus composiciones se perciben siempre leves disonancias que anuncian pequeños malestares y confusiones. Schubert no se siente seducido por el caos, como es el caso de Beethoven, sino que vive en ese caos y además se siente cómodo en sus entrañas. Eso no significa que su música sea totalmente nocturna y mucho menos diabólica. De hecho, se encuentra llena de una luz difusa y colorida que tiende a disolverse en pigmentos comparables a los que décadas después plasmarían los impresionistas en sus lienzos. En realidad, para entendernos, Schubert no es la noche pero sí el ocaso; sí la incertidumbre y sí la inquietud; y también, la conciencia de la imposible vuelta al paraíso. ¿Qué digo paraíso? ¡La edad de Oro queda muy lejos para Schubert! Por lo que más exacto sería decir que sus composiciones ponen de manifiesto lo imposible que ya es retornar a cualquier tipo de orden y equilibrio social y espiritual. Un anhelo que envuelve su música en pequeñas y frecuentes olas de escepticismo y confusión. La hace enredarse en sí misma en complicados nudos sentimentales que cuando se desatan expresan tanta belleza como angustia; tanta dulzura como tristeza.

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El prematuro fallecimiento de Franz Schubert es sin dudas una de las mayores pérdidas musicales de la historia. Su sinfonía nº 8 -la Inacabada– y la nº 9 -la Grande– así como su ciclo de lieder sobre poemas de Wilhelm Muller –Viaje de invierno– auguraban una grandeza desconocida. Ciertamente, hay algo irremediablemente moderno en esa temprana muerte que obliga a imaginar la naturaleza de las composiciones que aún tenía por escribir. Lo que sí creo es que el músico vienés era tan sutil y estaba sumido en tan graves crisis personales que sus obras más que ayudar a concluir el romanticismo, abrieron el camino de movimientos desarrollados un siglo después como el dodecafonismo o el expresionismo. Cuando escucho por ejemplo La noche transfigurada de Arnold Schoenberg o algunas composiciones expresionistas no puedo evitar acordarme de Schubert y también cuando leo a Arthur Schnitzler. Sin embargo, en Beethoven, probablemente por su rigurosidad clásica, sí que percibo una continuidad musical temporal con los músicos de generaciones inmediatamente posteriores. Es posible hallar a Beethoven (que obviamente también está muy presente en Schubert), en Schumann, Bruckner y Wagner y hasta en Sibelius. Pero es precisamente esta atonalidad histórica la que transforma a Schubert en el más sugestivo y misterioso de los dos músicos. Una especie de estrella cubierta por neblinas cuyo brillo opalescente es difícil que fascine las primeras ocasiones que la contemplamos pero, una vez acostumbrados, resulta muy difícil apartar la mirada de él por la serenidad con la que describe el ocaso y la sobrenatural tranquilidad con la que canta a la muerte. Shalam

الحياة تنافر هائل

La vida es una inmensa disonancia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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