Un predicador

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Pocas casualidades existen en la vida. Antes de leer su biografía –Man in black-, vislumbraba muy claramente que una personalidad tan portentosa como la de Johnny Cash no podía haberse forjado en medio de montañas de comodidad y lujo. Y ahora puedo confirmarlo. Su padre, Ray, era un trabajador incansable. Tanto que ni siquiera en medio de la Gran depresión, faltó comida en casa. Siempre arrimó el hombro allí donde se le necesitaba (fue leñador, trabajó en aserraderos y el ferrocarril y en sus propias tierras y cultivos) sin lamentarse por su suerte. Al contrario, esforzándose con orgullo y dignidad. De hecho, solía comenzar el día agradeciendo a Dios junto a su familia. Y cuando, a mediados de la década de los 30, la situación empeoró, no dudó en desplazarse desde el condado de Cleveland a la comunidad de Dyes (ambos lugares pertenecientes a Arkansas); situada en medio de catorce mil acres de campos de algodón. Un paraje donde Johnny aprendió definitivamente la importancia del esfuerzo común y colectivo; la camaradería entre trabajadores y compañeros.

Los momentos de su infancia y adolescencia que más me han impresionado han sido, sin dudas, tres.

En primer lugar, sus recuerdos de un terrorífico predicador que solía dar sus sermones en una vieja escuela. Un hombre aterrador que parecía levitar cuando hablaba de los fuegos del infierno; se quedaba callado, casi sin respiración, volvía a hablar, entraba en trance, gritaba, volvía a callar y provocaba un miedo terrible a los fieles. Cash reaccionó a esta traumática experiencia convirtiéndose años después en un reverendo bien diferente. Un profeta del folk y el rock que, en vez de imprimir miedo en el espíritu atormentado de sus oyentes, les infundía esperanza.  Intentaba alumbrar sus sueños hablándoles de campos estrellados, la importancia del esfuerzo común y hermosas mujeres parecidas a los lagos de las praderas norteamericanas. En definitiva, los redimía.

En segundo lugar, la remembranza del día en el que el mítico Eddie Hill anunció que el equipo completo del High Noon Roundup haría una aparición especial en el auditorio del Instituto de Dyess. Allí tuvo la oportunidad de asistir a un concierto de Charlie Louvin y se juró a sí mismo que algún día él sería capaz también de reventar los escenarios. Son muy hermosos los pasajes en los que describe cómo se sintió tras ser saludado por él: “me quedé contemplando las luces traseras de aquella limusina hasta que desaparecieron por el camino de grava y volví a casa. Ni siquiera sentí la gravilla en mis pies descalzos aquella noche al recorrer los cuatro kilómetros que me separaban de casa en la oscuridad, cantando todas las canciones que había oído sobre el escenario del auditorio de la escuela”.

Y, en tercer lugar, por supuesto, la desgarradora rememoración del fatídico día en el que su hermano Jack murió tras ser arrastrado por una sierra de cabeza giratoria en el molino donde trabajaba. Todo ese capítulo es estremecedor. Comienza refiriendo la estrecha unión que ambos tenían, la fiel y leal personalidad que Jack poseía, así como la extraña sensación que lo embargaba horas antes del terrible accidente. Pero nada supera a la hermosa manera en la que transcribe las horas finales de su ser querido. Tras probar todo tipo de remedios, el médico se declara impotente para detener la sangría y se pone en manos de Dios mientras sus padres rezan junto a su cama esperando un milagro o la partida definitiva. Y, a continuación, ocurre algo maravilloso dentro de lo irremediable.

Ahí dejo un inolvidable extracto:

“Recuerdo que me coloqué frente a él para decirle adiós. Aún seguía inconsciente. Me incliné sobre la cama, puse mi mejilla contra la suya y le dije:

-Adiós, Jack.

Eso fue todo lo que pude decir.

Mi padre y mi madre siguieron arrodillados.

A las seis y media se despertó. Abrió los ojos, miró a su alrededor  dijo:

-¿Por qué está todo el mundo llorando? Mamá, no llores, ¿has visto el río?

(…)

Empezaron a deslizarse abundantes lágrimas por sus ojos y volvió a decir:

-Mamá escucha a los ángeles. Me dirijo hacia ellos, mamá.

Todos escuchábamos atónitos.

-¡Qué hermosa ciudad! -dijo-. Y todos los ángeles están cantando. Oh, mamá, ojalá pudieses oír cómo cantan los ángeles.

Aquella fueron sus últimas palabras.

Acto seguido, murió”. Shalam

الخداع أسهل من الخداع

Es más fácil engañar que desengañar

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen: lo hago y espero que tu no te asustes del resultado……………
    2ºimagen: a)impensable en la actualidad que la valla de madera-madera sea de tablones que salen dos o cuatro de cada tronco (los aserraderos gran peligro)………………extraordinario tu “predicador”………….
    b) la carretera de tierra donde los dos hermanos cash corrian y paraban en seco…..corrian y paraban en seco(cojonudos cambios de ritmo)…………
    3ºimagen: sigo estando temeroso………(aunque se le vean las cabezas a los tornillos que sujetan la estructura protectora de los cristales de atras de la furgona-bus…………….
    4ºimagen: cojonudo a mas no poder: “nos veremos en el cielo”……toda esta imagen es inmejorable……
    (get rhythm)……….sigo pensando que el get rhythm de little richard es una descarga irresistible……..

    • Me río mucho con lo de no te asustes del resultado y lo de sigo estando temeroso. Sin dudas, Cash era un predicador extraordinario. Y la última imagen es brutal. Nos veremos en el cielo. Cojonudos cambios de ritmo. Litle Richards reinó durante muy poco tiempo pero dejó una huella brutal. Total.

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