Zaratustra

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De Friedrich Nietzsche se pueden decir muchas cosas menos que era un filósofo tímido. Alguien con miedo a expresar aquello que sentía. De hecho, Nietzsche era, ante todo, un pensador voraz. Gigantesco. Un león del caos que poseía una voz estruendosa y componía aforismos y libros a martillazos. Con fuerza. Nietzsche era excesivo. Lograba implicar su cuerpo en cada una de sus frases. Parecía que más que hablar, rugía y que, en vez de filosofar, estaba cortando leña. Construyendo cabañas de pensamientos con los ecos y estatuas del paganismo. Los brebajes necesarios para paralizar y poner de bruces tanto a los católicos como a los racionalistas. Tanto a los científicos como a los indecisos. Nietzsche era un águila destructiva. Una sinfonía de Beethoven. Bilis divina. Y es natural por ello que la banda sonora de la adaptación teatral llevada a cabo por la compañía eslovena Anton Podbevšek Theatre (APT) de uno de sus libros más célebres, Así habló Zaratrusta, se le encargara a uno de los grupos más excesivos (hasta casi lo grotesco y la exageración) de la historia del rock industrial. Me refiero, claro, a Laibach.

La banda eslovena es en sí misma uno de los mayores homenajes al macarrismo y a la chulería épica. Es una mezcla loca entre Manowar y Ministry. La destrucción artística y la marcialidad militar. La chulería tecnológica y el orgullo patriótico. Para ellos, la música no es un pasatiempo. Es un tótem. Una herida sagrada. Un círculo mágico que los convierte en caballeros templarios. Ciegos defensores de su patria y los campos y bosques que la integran. Para Laibach, la música es una cuestión de fe. Una cuestión orgánica. Interpretan sus temas como si fueran gladiadores. Como si se estuvieran jugando la vida. Con una seriedad tal que termina por provocar hilaridad. Una jocosidad que explotan y llevan al límite en discos parecidos a pensamientos revueltos de Nietzsche. Alborotados rizos del cabello de Slavoj Zizek. Laibach son la apoteosis. La certeza de que en las cavernas se está mejor que en el mundo exterior. Y que los países del Este son los que más en serio se toman el progreso. Con mayor énfasis y drama viven cualquiera de los adelantos tecnológicos.

Como se comprenderá, por tanto, la mezcla de Nietzsche y Laibach podía haber acabado generando una obra excesiva. Yo imaginaba el disco como un aquelarre kitsch. Un submarino inagotable de exabruptos industriales y gritos animales. Un eructo cósmico extenuante. Y, sin embargo, Laibach -ayudados en este caso concreto por la  RTV Solvenia Symphony Orchestra- han creado una obra introspectiva. Una sinfonía moderna y, en cierto sentido, minimalista cuyos ecos de grandeza se encuentran muy contenidos puesto que más que en los aspectos externos y la fiereza del Zaratrusta de Nietzsche, se centran en retratar su mundo interior. En describir por medio de lacerantes sonidos, la grave y sepulcral voz de Milan Fras y la inquietante de Mina Špiler, los recovecos del pensamiento de un libro totalitario y profético. Una de las Biblias eternas del nihilismo y el pensamiento salvaje.

De hecho, en gran medida, la banda sonora es un solitario poema cósmico. Un sutil y contenido homenaje al ruido que más que certidumbre provoca inquietud. Porque, en gran medida, nos indica que las grandes ideas de la obra nitzscheana no es que no estén sobrepasadas. Es que apenas están comenzando a ser comprendidas. Y que, probablemente, cuando sean entendidas totalmente, el mundo estalle y no queden en él más que hombres parecidos a bestias. Guerreros que concebirán la cultura y el arte como una batalla y lograrán con su esfuerzo y sudor que los libros y lienzos se conviertan en bosques ensangrentados. Shalam

إِنَّ الْكَذُوبَ قَدْ يَصْدُقُ

Cuanto más alto subo, tanto más desprecio al que sube

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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