El cortador de césped

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El periodismo deportivo, -y cuando digo deportivo, me refiero lógicamente al futbolístico- salvo excepciones honrosas, se ha convertido básicamente y a grandes rasgos en un espectáculo. Una nota a pie de página del partido que no intenta tanto explicarlo sino competir con él y, por tanto, provoca atrofia. Pues intenta convertir la distracción en un hecho trascendente, lo pasajero en perdurable y la manipulación en norma. Jarana festiva en la que aparentemente los papeles y roles sociales se confunden o trastocan cuando en realidad salen fortificados de allí.

El periodismo deportivo es político. Un arma de destrucción masiva y de control social que transforma el rumor en noticia. Casi un hecho científico. Y además, es perversamente inteligente, provocativo y morboso. Pura pornografía cool. No duda, por ejemplo, en llenar la pantalla de leones rugiendo, árbitros muertos, tetas, culos y goles. Pues tiene como objetivo permitir que el engaño y la estupidez se perpetúen. En suma, anular la reflexión haciendo del cotilleo un ensayo y una novela de cualquier opinión. Y en general, se ha convertido en una plaza de toros donde se torea constantemente al espectador. Se lo agota y extenúa hasta domarlo -haciéndole repetir como un loro las consignas allí marcadas- o provocar su indignación programada.

El periodismo deportivo, sí, hace ya tiempo que se transformó en un Gran Hermano implacable y dejó de existir. De hecho, el verdadero, el realmente profesional, subsiste únicamente para que continúe el espectacular. Es el barbecho y la justificación para el exceso porque tan intenso es su poder que cualquier crítica o acto que se le oponga lo fortalece. Casi que se tiene la sensación que para acabar con su legado, hay que esperar que él mismo se autodestruya. Intente superar sus límites y se evapore.

En gran medida, esto es lo que creo que intenta realizar Julián Ruiz en su blog El cortador de césped: una performance sobre el periodismo contemporáneo y su abusivo poder e irrelevancia en la que trata de decir la verdad haciendo parodia. Por lo que al menos yo interpreto y leo sus artículos de opinión como muestras de lo que realmente significa ser periodista hoy en día: emitir propaganda realizando textos que en el fondo no hablan de fútbol sino más bien sobre el Apocalipsis de la profesión. Un territorio minado por periodistas que han convertido a los entrenadores en generales, los presidentes en emperadores y a los jugadores en soldados, en el que cada partido es una batalla y cualquier escaramuza sirve para rememorar una lección de historia.

Es de toda esta jauría de relatos épicos de la que Julián Ruíz se aprovecha para dar forma a sus habituales disparates escritos con pulso pop. Verdaderos atentados y orgasmos capaces de ridiculizar tanto a la prensa “pelotazo” como probablemente también a la seria. Ciertamente, sus artículos son lo más parecido a un show de comedia escrita que recuerdo en el periodismo español. Una iconoclasta, ombliguista e irreverente ristra de elogios e insultos a diestro y siniestro absolutamente incontestable. Una irreverente producción realizada con siniestro sarcasmo inglés y eructos punk de alta qualité emitidos con espíritu de bon vivant y de dandy.

Julián Ruíz escribe con el pulso de Oscar Wilde. Como si el polémico escritor decimonónico hubiera revivido y se dedicara a reírse de cada uno de los “cantes” de Iker Casillas, las idas de olla y espasmos nerviosos de Florentino Pérez o del seny catalán mientras se toma un puro con Fidel Castro u Obama. Lo mismo da. Porque El cortador de césped tiene alma de film de Groucho Marx. Es, repito, un blog que más que el azote de los futbolistas, lo es del periodismo. Un espacio en el que se consigue hacer arte -o más bien, para-arte (teatralidad y delirio)- en donde ya no quedan más que los despojos de edificios rotos tras una explosión nuclear.

Los textos de Julián Ruiz sobre fútbol son enormes porque son el espectáculo. Pelotazos de un killer. No engañan ni falsean la realidad porque parten de la base de que el periodismo deportivo es manipulación. Mentira. Son el puto engaño mostrando todas sus trampas delante de los ojos asombrados de los lectores. Un penalti injusto cobrado en cada línea con la saña y risa del árbitro que desea hacer daño.

No obstante, lo más interesante de todo es que resulta bastante evidente que Julián entiende de fútbol y sabe muy bien de lo que habla. Por más que, eso sí, no cae en la trampa de la inocencia ni de la objetividad puesto que probablemente quiere construir arte espectacular. Demostrar que lo que menos importa hoy en día en el fútbol es el balón. Quién gana los campeonatos y los pierde, los resultados de un partido o las distintas facultades y habilidades de los jugadores. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Los jardineros sirven a mil espinas por el amor de una rosa

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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