El palacio negro

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Lecumberri, el palacio negro, fue uno de los grandes símbolos del fracaso humanista del siglo XX. De hecho, en contra de las ideas progresistas por las que fue creado, no tardó tiempo en convertirse en un purgatorio amenazante lleno de peligrosas vías hacia el Averno. La viva imagen del mal.

El presidio mexicano fue inaugurado en 1900 con dos objetivos fundamentales: 1) convertirse en un centro de educación y reinserción de delincuentes y 2) acabar con el hacinamiento, desorden y malas condiciones higiénicas de angustiosas cárceles antiguas como el Belén y la Acordada. Dos propósitos que fracasaron estrepitosamente porque, en primer lugar, a pesar de su longitud y extensión, la corrupción, la avaricia y el mal manejo de sus dirigentes y funcionarios provocaron todo tipo de grotescos amontonamientos que ponían en riesgo la vida de los presos. Y en segundo lugar, porque en ningún momento se convirtió para los reos comunes -excepto heroicas excepciones- en un salvoconducto vital sino más bien en una procelosa escuela del crimen. Un centro del que no salían -en el caso de que lo hicieran- arrepentidos de sus acciones sino más bien reforzados en ellas. El avaro se tornaba más ambicioso, el estafador más resentido, el asesino más cruel, el rebelde más desobediente y el ladrón más codicioso.

Ciertamente, la modernidad de Lecumberri no se encontraba en los métodos pedagógicos ni en el comportamiento de sus guardianes sino en los materiales con los que se construyó y en su estructura arquitectónica. El oscuro recinto tenía forma de panóptico y, por consiguiente, era ideal para el control de los convictos y no tanto para educar y reformar. Era, sí, un edificio amenazante que anunciaba vejaciones continuas y la pérdida de toda esperanza como el infierno dantesco, que pronto se convirtió en una onerosa realidad para los miles de condenados que tuvieron la mala fortuna de pernoctar allí.

Los testimonios de lo que se vivía entre sus paredes son realmente escalofriantes. Álvaro Mutis, Gregorio “Goyo” Cárdenas y José Revueltas, por ejemplo, dejaron reveladores confesiones de su estancia allí que quitan el hipo. El consumo de drogas entre los presos era habitual y no faltaba quien mezclaba la heroína con polvo de pintura blanca provocando todo tipo de enfermedades y muertes entre presos que preferían morir sin delatar al culpable de su mala suerte porque deseaban que la mayoría de sus compañeros sufrieran su destino aciago; era también un rito habitual que los novatos fueran sodomizados por compañeros y guardias; muchas de las celdas eran insalubres y se encontraban llenas de ratas que, alentadas por los malos olores y la indiferencia de los funcionarios, solían interrumpir los almuerzos de los cautivos con sus continuos saltos y gritos; imperaba un sistema de contubernio basado en el soborno y la entrega regular de dinero a los guardias que provocaba que existieran reos más y menos privilegiados y que gran parte de ellos fueran asignados a dependencias deleznables sin prácticamente ventilación ni contacto con el exterior (que no les correspondían) por no tener los medios económicos suficientes; era asimismo una costumbre que las mujeres de los presidiarios fueran tentadas a prostituirse para poderles entregar comida, droga, ropa de abrigo o simplemente tener contacto visual con sus maridos durante unos minutos, etc…

En verdad, no sería difícil continuar mencionando cruentas anécdotas que podrían formar parte perfectamente de un lienzo consagrado a la descripción del jardín del mal contemporáneo y han de probablemente de encontrarse escritas en un libro negro dedicado a describir las infamias del pasado siglo. Pero me centraré ahora en unas pocas. En concreto, en un testimonio anónimo.

Una amiga periodista disfrutó de la posibilidad de entrevistar a un preso que tuvo la mala suerte de acceder a aquel insólito abismo durante su juventud y sus testimonios no difieren en absoluto de los presentados sino que los amplían. Cuando era un muchacho, aquel hombre coincidió con muchos de los jóvenes estudiantes detenidos durante la matanza de Tlatelolco en el 68 y fue testigo de lo que vivieron aquellos mártires: los guardias acostumbraban a arrojarlos por unas escaleras de ocho o nueve peldaños y luego afirmaban que las heridas habían sido causadas debido a un accidente fortuito. También era habitual que electrocutaran los testículos de los convictos, que cubrieran sus cabezas con bolsas de plástico con el objetivo de provocarles asfixia o que les golpearan con franelas mojadas para no dejar rastro de las palizas en su cuerpo. La mayoría de ellos fueron destinados a las peores celdas y murieron por inanición o enloquecieron tras recibir diariamente manguerazos, los picotazos de los piojos que se enroscaban a sus cabellos sucios y no recibir más alimento que un par de mendrugos de pan tan duros que solían romper sus dientes al intentar masticarlos.

A él, mientras tanto, le obligaron a firmar que había cometido varios robos en joyerías de la ciudad de México cuyos culpables no se encontraban porque responsabilizarlo y convertirlo en chivo expiatorio, permitía a los judiciales justificar su trabajo ante sus superiores. Demostrar que habían encontrado al responsable de una buena cantidad de casos abiertos que quedaban con esta declaración jurada inmediatamente cerrados. Por las noches solía dormir con un garfio por si intentaban violarlo. En una ocasión se encontraba dialogando tranquilamente con otro compañero que debía favores a otros reos y guardias, alzó sus ojos hacia el techo y al volver su rostro hacia su interlocutor, encontró su cabeza cortada rodando a sus pies.

Su salvación fue la más inverosímil. No estaba interesado en la cultura pero había aprendido a escribir a máquina durante un taller de Secundaria y consiguió un trabajo como redactor en la cárcel. Se ocupaba de falsificar los partes de muerte que se entregaban a los familiares. Quienes en vez de recibir la noticia de que su esposo, hermano o hijo había muerto de un navajazo, leían que lo había hecho por un infarto de miocardio o una gripe aguda. Poco a poco, fue siendo reconocido y gozó de diversas ocupaciones como entregar botas y pantalones a los reos y la falsificación y reconstrucción de todo tipo de documentos. Y finalmente, gracias a su discrección, se supo ganar la confianza de los guardias y los presos y, bajo amenaza de muerte y la condición de no declarar a nadie absolutamente nada de lo allí vivido, pudo años después salir en libertad.

Lecumberri fue cerrada en el año 1976. Algunas de la personalidades más importantes del siglo XX -Pancho Villa, David Alfaro Siqueiros y William Burroughs- pasaron varios días o años en sus confines. Pero fue más conocida como un símbolo vivo del horror que por sus ilustres visitantes. Supuestamente, con su clausura y conversión en archivo histórico terminaba una época. El estado mexicano reconocía el enorme fracaso del sistema educativo y judicial y abría otra nueva era. Aunque lo cierto es que su ocaso tan sólo supuso la constatación de una derrota. Un mero lavado de cara. Porque no existe ninguna prueba de que el sistema carcelario haya mejorado. De hecho, lo más probable es que prosiga alimentando el crimen y el escarnio, nutriendo vivamente al mal y que en vez de combatir sus fuentes y raíces, las ratifique y aumente. Confiriéndole así un poder inquebrantable que demuestra quién es el dios ante el que se postran -a favor o en contra de su voluntad- una buena parte de ciudadanos mexicanos y por qué la Santa Muerte es venerada y ejerce como símbolo de salvación para muchos de ellos. Shalam

سَانُكَ حِصَانُكَ إِنْ صُنْتَهُ صَانَكَ وَإِنْ خُنْتَهُ خَانَك

Tu lengua es tu caballo, si la guardas te guarda y si la traicionas te traiciona

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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