El cadáver de Jane Austen

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Tu madre y la mía son ya zombies. Están muertas. O deberían morir. Las quieren asesinar. Es imperativo máximo que se extingan. Como lo ha de hacer todo vestigio del viejo orden, de aquella clase media occidental crecida y alimentada en Europa con el fin de demostrar la superioridad del capitalismo sobre el comunismo. Ese creo, sí, que es, en el fondo, el mensaje de esa gótica pieza de la literatura gore: la adaptación de Tony Lee de la famosa novela de Jane Austen, denominada ahora Orgullo y Prejuicio y Zombis.

Podemos darle cientos de vueltas al experimento y reírnos (o no) todo lo que deseemos con él, pero ese es uno de sus mensajes. Por lo general, me he tomado siempre muy en serio y he respetado -siempre que me ha sido posible- el arte de serie “B” y “C”. Allí he encontrado a veces mucha más verdad que en el “gran” arte. No hay más que visualizar por ejemplo una de las películas del calificado “peor” de los directores de la historia del cine, Ed Wood, Plan 9 del espacio exterior, para tomar conciencia de cómo finalizarían los planes de la NASA de conquistar el espacio exterior y esa fiebre masiva (programada y manipulada) por los OVNIS: en la pura nada, el fracaso o el delirio más absoluto.

Y no hace falta igualmente más que revisar los films de John Waters para testificar sin medianías ni necesidad de sesudos ensayos, la basura que latía en el fondo (y la superficie) del país que convirtió a McDonalds en un emblema simbólico de su política y economía. Como basta con echar tan sólo un vistazo a las obras más insignes del Gallio, las películas de El Santo, los cómics pulp, el Playboy o aquella serie, Alfred Hitchcok presenta, para saber prácticamente todo lo que necesitamos de la ideología que maneja nuestra sociedad y mundo. Afirmación que también se puede aplicar perfectamente a los productos de Roger Corman. Alguien que no fue un genio por rodar más de cien películas en Hollywood y no perder ni un centavo sino por expresar con total veracidad y un desternillante sentido del humor la naturaleza ambiciosa e inescrupulosa (¡esas maravillosas versiones de clásicos de Poe!) de una sociedad de plástico descrita perfectamente por sus clásicos trash, las coloridas imágenes de Douglas Sirk o la parodia psicótica y extrema apta para todos los públicos -eso sí que era un espejo deformante y no los de Valle-Inclán-, de Dallas, Dinastia Falcon Crest.

Y por aludir a nuestro país, no creo que haga falta mencionar que sí, cuando alguien quiera saber lo que fue el arte cinematográfico en España habrá de revisitar las películas de todos conocidas de Antonio Saura, Iván Zulueta, Fernando Aranda, Juan Antonio Bardem o José Luis Borau, pero si alguien desea realizar un análisis sociológico y quiere saber cómo fue exactamente la realidad, tendrá que contemplar ciertas películas interpretadas por Andrés Pajares, Fernando Esteso, José Luis López Vázquez u Antonio Ozores o el último Bigas Luna. Aunque si además de disfrutar artísticamente y comprender la realidad, desea ir un paso más allá, con un vistazo al cine de Luis Buñuel o Carlos Berlanga le sería suficiente para su propuesta. Porque allí se encuentra contenido todo, absolutamente lo que nos define, somos y probablemente seremos. Desde el tenebrismo de Goya y la marcialidad oficial hasta el humor, la machada, la sátira, el esperpento, el quijotismo o nuestra “peculiar” relación con el sentido del ridículo.

Con este breve resumen a ciertas obras “menores”, se comprenderá la importancia que doy a textos como las versiones zombies de las novelas de la escritora inglesa (hay otra de Sentido y sensibilidad en este caso con monstruos marinos). Más que nada porque con el tiempo tal vez se lean como visiones proféticas o casi testimoniales de la destrucción ya -ahora sí- absoluta, definitiva del mundo burgués. La aniquilación de la familia. La devastación de aquella sociedad generada durante la Segunda Revolución Industrial que aspiraba a ciertas certezas y bienestar.

Una Jane Austen zombie viene a decirnos que el hogar ha muerto. Se acabó para siempre. El tiempo perdido (proustiano) se ha encadenado al ocupado (y esclavizado). Las “Mujercitas” de Louise May Alcott son ahora o bien prostitutas o trabajadoras para una empresa. Pero ya no más mujercitas. Puesto que no les está permitido crecer ni perdurar. Deben (sobre)vivir. Adaptarse a los tiempos que corren como la madre luchadora de Kill Bill. ¿Son mujeres u hombres? Buena pregunta. Ante todo, son trabajadoras, que es lo que desea el capitalismo tardío que ni les permite ser madres ni libres y les muestra con el dedo índice el despacho de una empresa para que se realicen mientras el mundo estalla de presencias zombies (y muerte económica) a su alrededor.

Tú madre es una zombie. Eso nos está diciendo la zombificación de Austen. Y posiblemente también lo seas tú en el futuro y el fruto de tu vientre si te atreves a traerlo. Y como zombie que es, necesitamos que muera, que desaparezca ya y os deje solo a ti y a tus hermanos en un mundo en el que el Estado pueda devoraros con mayor facilidad o si se niega a morir, que al menos viva como zombie (consumiendo medicamentos, de hospital en hospital, sumida en el miedo, mirando el mundo a través de la pantalla del televisor). Lo que resta del Antiguo Orden debe morir. Ya no es necesario. Estorba. Los esclavos deben ahora estar atados a Internet, el consumo o el trabajo. No a la familia.

Toda obra de arte es visionaria y profética o no es obra de arte. Y la zombificación de las mujercitas de Austen lo es. O al menos eso me parece a mí. Por lo que pienso que este genial e infecto divertimento monstruoso señala directamente a la peste que está corroyendo la casa de nuestros ancestros. Y nos invita a olvidar. No tener en cuenta ni su muerte ni su dolor. A que no protestemos cuando suban el precio de los medicamentos. Que veamos como un desahogo su desaparición, nos alegremos de que sufran y no nos importe estar con ellos cuando den el último suspiro. ¿Para qué si al fin y al cabo son zombies? Ya se sabe. Sentido y sensibilidad. Sentido y sensibilidad. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Sólo los peces muertos siguen la corriente

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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