El jardín del mal

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Si todo continúa por el camino previsto, para primavera habré concluido mi Trilogía del horror: El jardinero, Ruido yPuercos. Tres esquizofrénicas, furiosas novelas repletas de violentos jardineros, mezquinos condes, egocéntricos artistas y asesinatos, creadas en condiciones adversas, y psicológicamente bastante duras, pero sin las cuales estoy seguro no serían tan violentas, peligrosas y ásperas ni rezumarían tanta maldad y terror. Algo a lo que sin dudas, ha contribuido decisivamente el lugar donde han sido urdidas casi íntegramente: Xalapa (Veracruz). Una ciudad, al igual que la región donde se encuentra, repleta de jardines y una exuberante vegetación que pueden suscitar en el viajero casual, una cálida, amistosa y acogedora sensación de bienestar, que con los meses se revela absolutamente falsa. Traicionera. No tanto por sus habitantes, que en su mayoría son realmente amables sino debido a los procesos político-sociales por los que actualmente pasa, que como una nebulosa maligna, un caparazón de odio y crueldad, estrangulan la atmósfera de sus empinadas calles donde tras cada puerta y árbol o bajo cualquier automóvil puede ocultarse el horror, la miseria y el dolor. Hasta el punto de que si tal vez hace tan sólo una o dos décadas el nombre de Xalapa era aún orgulloso (y a veces vanidoso y excluyente) sinónimo de cultura y arte, café y carnaval, exuberante literatura y misteriosa pintura, ahora lo es de lo abominable. De monstruosidad, infamia y crueldad. De hecho, siendo honestos, hace tiempo que se ha convertido en la nueva Ciudad Juárez mexicana. Una Medellín azteca. Un lugar donde ya es más fácil sorprenderse al descubrir los restos de varias estatuas olmecas o al contemplar una puesta de sol con tranquilidad, que por encontrarse rodajas de cuerpos ensangrentados en la carretera o en medio de un montículo de basura. Siendo por tanto, un espacio ideal para componer esas tres novelas en las que tenía la intención de reflejar el jardín de las delicias europeo. Por más que, finalmente, creo que he también acabado recogiendo (al menos indirectamente) los murmullos de los muertos, malformados y ultrajados y de los descabezamientos, crímenes y pillajes que diariamente ocurren, en medio de la ilusoria sensación de calma que transmite la antaño admirada Atenas veracruzana.

¿Qué ocurre en uno de los vórtices de acaso la región más transparente del mundo? Para empezar, creo que Veracruz adolece de varios de los males mexicanos y americanos. Pues si bien, las empresas y clases altas sí gozan de muchas de las ventajas del capitalismo neoliberal (que, al fin y al cabo es un capitalismo hecho a medida de los antiguos terratenientes reconvertidos en comerciantes y de los “nuevos ricos”) el resto de la población sufre más bien sus desventajas. Su cara amarga. Aunque no sé si esta afirmación es exacta. Puesto que creo que para la mayoría de mexicanos el neoliberalismo no existe. Es un concepto teórico que algunos -tan sólo unos pocos- estudian en la Universidad y leen en los periódicos, que no tiene reflejo en su vida cotidiana, dado que el sistema realmente implantado en México es el capitalismo esclavista. La definición exacta de la globalización. Ese pseudocapitalismo colonial. Lo que significa que los sueldos de la inmensa mayoría de los trabajadores son mínimos. Sirven únicamente para la alimentación, el pago de los servicios básicos y con suerte, para dos días de fiesta mensuales. Generalmente cuando se cumple la quincena.

Hace años, una española me preguntaba porqué los salarios eran tan bajos puesto que, según su razonamiento, habiendo tantos mexicanos, una subida podría incentivar el consumo hasta límites insospechados, agrandando los beneficios de las empresas y el Estado. En su momento, no supe qué responder. Pero ahora sí me atrevería a hacerlo. Creo que la explicación radica en la naturaleza del capitalismo esclavista. Se trata de que los ciudadanos vivan para trabajar con el fin de que si desean unas vacaciones, una mejor casa o un vehículo no puedan comprarlo con sus ahorros. Y deban por tanto pedir un crédito al banco. Y es así, como el Estado y las empresas privadas -¿no es eso lo que son al fin y al cabo las “entidades de ahorro?- consiguen esos beneficios que no obtienen en primera instancia. Asegurándose además de que los trabajadores se encuentren bajo su control. Pues estando endeudados son mucho más fáciles de dominar y también de atemorizar, que si tuvieran sueldos lo suficientemente amplios como para ahorrar cantidades de dinero que les permitieran cierta tranquilidad y autonomía con las que viene de la mano la independencia de juicio que es, a su vez, el preludio de la crítica y el cuestionamiento. Razón por la que tampoco existe prácticamente clase media y la resistencia social cae o bien en la desesperación e indolencia, el vacío más absurdo, o termina desembocando en determinados casos en el ámbito de la guerrilla revolucionaria. La lucha anticapitalista. O el narcotráfico.

En Veracruz, por ejemplo, a excepción de los grandes empresarios, los altos funcionarios estatales, algunas profesiones liberales y determinados cargos directivos de la Universidad Veracruzana además de unos pocos investigadores y profesores pertenecientes a esta última Institución, la mayoría de personas cobran sueldos ridículos. Verdaderamente humillantes. Insultantes. Y, en cierto sentido, es lógico que ante la impotencia y el abuso de poder absolutamente cruel por parte de los políticos, y frente a la perspectiva de trabajar durante décadas a la orden de soberbios jefes sin empatía alguna, sometidos a unas condiciones laborables deplorables e indignas, muchos jóvenes sin una conciencia social, espiritual o cultural sólida, terminen enrolándose en el narcotráfico. Pues, al fin y al cabo, servir de puente o contacto entre dos bandos, sobornar a la policía (también muy mal pagada), llevar un camión o un barco de cocaína a EUA o a Italia, o asesinar a un cargo incorruptible, les proporciona una cantidad de dinero en efectivo tremenda que, en ocasiones, ni en tres o cuatro décadas de trabajo podrían obtener. Un hecho en el que, en mi opinión, radica no sólo el germen del narcotráfico sino también de su complementaria contraparte: la corrupción. La cual es una consecuencia de la inexistencia de lazos de unión y protección -a excepción de los familiares- en la comunidad y, como dije anteriormente, la ausencia de una clase media poderosa. Siendo, en esencia, el resultado de la persistencia en el modelo del capitalismo esclavista. Y del vacío histórico y cultural de la vida social que debe por tanto ser llenado por un lado, con grotescos, crueles bandidos (los grandes narcotraficantes) que alcanzan la categoría de mitos vivientes por ser capaces de amasar grandes fortunas, hacer a su antojo su voluntad y además, en muchos casos, realizar funciones sociales que no cumplen ni la iglesia ni por supuesto los políticos: repartir dinero entre los más necesitados para los que crean hospitales, casas, y obras públicas consiguiendo lógicamente su adhesión, complicidad y adoración absolutas. Y, por otro lado, con gigantescos monstruos psicóticos, como es el caso de los gobernadores y alcaldes de tantos y tantos pueblos y ciudades de la región veracruzana. Personajes, títeres que básicamente se dedican a pagar favores, velar por los empresarios o familias (criminales, respetables o no) que contribuyeron con su dinero a que alcanzaran el poder, a enriquecerse y realizar todos las perversiones que se les antojan desde sus intocables situaciones de privilegio. No ocupándose más que lo mínimo y necesario de la maltratada y descompuesta sociedad civil, a la que se le continúa pagando el sueldo, en la medida en que su trabajo esclavo y brutalizado, es necesario para sustentar los delirios de las clases altas.

Para comprender, por tanto, la decadencia actual de Veracruz es necesario vincular constantemente estos dos polos: corrupción y narcotráfico. Política y droga. Y, ante todo, entender el papel jugado por el anterior gobernador, Fidel Herrera. Un visionario seductor, un hábil, inteligente y malicioso político que no dudó para dar una imagen momentánea y caduca de falsa prosperidad, en comenzar a vaciar, liquidar las arcas públicas de la región, haciéndola más dependiente y débil y menos autónoma. Y lo más importante, sospecho que vislumbrando que, tras el debilitamiento de los cárteles de la droga en Colombia, Veracruz jugaría un rol muy importante en las nuevas rutas del contrabando, daría carta blanca a un pacto con determinadas facciones del narcotráfico. Consiguiendo ser apoyado y beneficiado política y económicamente por grandes criminales a cambio de permitir la circulación libre de la mercancía por el territorio, comprometerse a cubrirles las espaldas fabricando tormentas de humo continuas (la política espectáculo) y por supuesto, silenciar a cualquier periodista o facción crítica. Algo de lo que su sucesor, Javier Duarte, -un embrutecido, megalómano y fofo Calígula con un complejo de inferioridad manifiesto que ha tornado en rabia, inquina y violencia contra la población- tomaría buena nota, dejando a escasas semanas de abandonar su puesto, un reguero de fotógrafos y columnistas muertos que quita el hipo. Además de un paisaje decadente y crepuscular absolutamente desolador que únicamente es rescatable por la buena voluntad de ciudadanos que, lógicamente, ante situaciones tan adversas, la soledad, ausencia de ayudas y por mera voluntad de supervivencia, han acabado en muchos casos, contagiándose del ambiente, contribuyendo a convertir a Veracruz en un peligroso tugurio donde el milagro radica en continuar vivo. Un cenagal donde se respira a muerto y violencia por todas partes además de a basura descompuesta y agua putrefacta, en el que la truculencia y el horror se encuentran totalmente normalizados. No es extraño por ejemplo, escuchar a las personas más humildes y pacíficas comentar con una pícara sonrisa entre medias de tranquilas conversaciones sobre fútbol o su estado de salud, la muerte de algún conocido, el trágico final que sufrirá tal o cual estudiante si continúa apareciendo en primer plano en las manifestaciones o las torturas que se llevan a cabo en una finca situada a escasos kilómetros, además de alguna frívola referencia a los muertos que, diariamente, aparecen tirados en los costados de las carreteras.

En fin. Como se comprenderá, en esas circunstancias, pretender cualquier atisbo de cordura es difícil. Y resulta totalmente lógico que personajes que no han escrito un solo libro ocupen importantes cargos culturales o que reconocidos drogadictos lideren instituciones sanitarias. Como que casi nadie cumpla el trabajo en el plazo establecido. Los alumnos amenacen con palizas a los profesores en caso de no aprobarlos. Doctores de talento sean pagados como analfabetos. Proliferen los chamanes (o charlatanes). Las adivinas. Los abogados (o estafadores). La mayoría de personas acudan tarde a las citas. Haya sobornos constantes. Recaudaciones de dinero a bares y discotecas si desean continuar abiertos. Y debido a la perversa política de becas estatales, algunos de los más interesantes escritores vivos, realicen libros sin ningún valor por miedo a perder el apoyo económico. Y encima sean jaleados con premios y aplausos. Los investigadores culturales repitan una y otra vez los mismos temas. Y en muchos casos, los artistas en vez de unirse se dividan en facciones que más parecen bandas callejeras que grupos de hombres cultos. Lo cual, repito, es lógico. Pues la metralla de carne muerta, la corrupción y el narcotráfico, la política y la droga, educan al pueblo en el crimen. La indiferencia al dolor ajeno y la injusticia. Y tal vez, si tuvieran otros referentes distintos, los ciudadanos (convertidos ya en casi cuerpos, sombras sin alma) se comportarían de manera diferente. ¿O quién sabe?

En mi caso, a pesar de todo lo vivido (y muchas veces, sufrido) creo estar incluso agradecido finalmente. Porque es debido a este sentimiento de oprobio continuo, la violencia y destrucción, que estoy terminando de urdir el último de tres libros viciosos. Y horrendos. Como el alma de quienes rigen los destinos de una región sobre la que oscila una guadaña de muerte. Una navaja cortante que se ha hecho más y más grande conforme con los años, de ser un jardín filosófico con reminiscencias platónicas, lleno de estatuas totonacas, se ha convertido en el jardín del mal. Un bosque de cuerpos descuartizados sobre el que prende también la condena (y castigo) del olvido. Porque bajo mi punto de vista, a excepción de Hernán Cortés, los mexicanos (y por supuesto los veracruzanos) suelen olvidarse de su pasado lejano y reciente con una inconsciencia casi temeraria. Y -como lo prueban por ejemplo, el caso Porkys o el caso Paulette o tantos y tantos otros-, terminan por ignorar las más temibles afrentas antes o después. Mezclando rencor e indiferencia, desmemoria histórica y venganza personal, hombría individual y cobardía social y reivindicativa con tanta facilidad que entiendo que lo natural sería que estuvieran condenados a repetir su historia una y otra vez sin aprender de ella. O que, en caso de por algún milagro, no repetirla, que fundaran una sociedad absolutamente nueva y desconocida. Capaz de sobrevivir a todo. Incluso a su peor enemigo: ella misma. Su tolerancia al mal y su permisividad y extrema indiferencia con la amoralidad que provocan que, por ejemplo, sea muy difícil pensar en un político de cualquier partido que no sea corrupto y tan peligroso como cualquier narcotraficante. Lo que, al fin y al cabo, explica el que por ejemplo, si tuvieran que elegir entre salvar la vida de el Chapo Guzmán o de Enrique Peña Nieto, la mayoría de mexicanos sin dudarlo, escogerían al primero. Pues al menos, el líder del Cártel de Sinaloa no engaña. No se hace pasar por quien no es. Y ocupa su lugar en los jardines del mal con discreción y dignidad. Como un sigiloso actor que no necesita más protagonismo del que ya tiene. Shalam

اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ

No hay mal tiempo, sólo mala ropa

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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