España

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Llevo ya muchos años llegando a España y sintiéndome como un extranjero. No negaré que, en muchas ocasiones, empatizo más con la forma de ser de los americanos, pero a pesar de todo amo mi país. Me sorprenden en cualquier caso algunas de las manifestaciones que he visto a mi alrededor en los últimos días. Para empezar, que la deriva consumista no parece haber cedido. Al contrario, sigue instalada como un viejo chip en el cerebro de muchos de mis compatriotas. De hecho, el mayor deseo que siento latir en las calles es que pase de una vez la tormenta económica para volver a los viejos buenos tiempos. No percibo por ejemplo ni un análisis crítico de las causas de nuestros problemas ni ganas de modificar las causas que los originaron.

Por otra parte, ver o más bien, intentar contemplar la televisión durante diez minutos en mi país significa, en esencia, introducirse en una máquina centrifugadora. Sufrir un lavado de cerebro conductista que impide y casi que anula la crítica. Los españoles no vivimos presos de una ficción. Estamos esclavizados a ella. Tanto que pareciera que la crisis o estafa no hubiera existido.

No obstante, tengo claro que esto no es problemático en absoluto para la mayoría de mis compatriotas. Al menos para quienes aun conserven su puesto de trabajo y propiedades. Puesto que una costumbre de este pueblo es bailar sobre el terreno demolido. Si España, un país que ha sufrido todo tipo de derrotas, crisis y humillaciones, se ha mantenido en pie a lo largo de los siglos, no va a llorar ni lamentarse en exceso por los hechos actuales. Estoy convencido de que los españoles seguiremos bailando sobre nuestra tumba y bebiendo y gozando pase lo que pase. Sin acritud. Algo que, en cierto modo, nos remite a un arquetipo mítico que, en gran medida, admiro. Pues creo, sí, que España nunca será derrotada porque se divierte cayendo, disfruta al estar enfangada en el barro y bebe y vive y respira por sus fracasos tanto como con sus hazañas. Es un país extremo que ahora utiliza el consumismo o el recuerdo de su reciente pasado para continuar haciendo aquello que ama: la juerga continua y la despreocupación, dando de lado a los problemas de un mundo que o se goza o se goza y no merece en absoluto que nos desvelemos y preocupemos en exceso por su conservación o desarrollo.

En fin, España es una nación que tradicionalmente ha acabado con los intelectuales y todo atisbo de razón y justicia. Se pliega a sus castigos con complacencia masoquista y vive con la misma euforia las derrotas y los triunfos. Es un país diferente. Especial. Embrutecido y culto. Que vive tanto en las riñas entre Quevedo y Góngora como en los lamentos de ambos poetas y sus goces. Y es gracias a sus contradicciones, que se considera indestructible. Los días que estoy pasando aquí, sí, me han hecho recordar algo que ya sabía: que procedo de una raza que no le importa sacrificar la conciencia y su libertad si la dejan gozar. Disfrutar. Danzar. Y mientras haya vías de escape para que eso ocurra, aquí no se levantará nadie. Por lo que quien quiera una revolución en España ya sabe lo que debe hacer: prohibir la cerveza y el fútbol. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

El que espía, escucha lo que le desagrada

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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