Hispanos en Babel: los muertos vivos (2).

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Continúo (y finalizo) aquí el texto de la charla que leeré el próximo 14 de octubre en Siracusa.

En cualquier caso, que la relación entre hispanos y norteamericanos sería tensa y compleja, parecía claro desde la guerra entre Inglaterra y España del siglo XVI, pero es que, además, la forma en que se produjeron ciertos hechos históricos únicamente podía acentuarla. Por ejemplo, no fue un anglosajón sino un vasco, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el primer occidental en desplazarse por estos vastos terrenos de Norteamérica.

Circunstancia que, en mi opinión, se convirtió en algo más que una cicatriz molesta en la piel de los futuros Estados Unidos, al manchar y poner en duda esa historia heroica que todos los imperios y estados necesitan para construir su leyenda, puesto que, de forma sutil, anunciaba que el nuevo territorio sería no tanto un lugar destinado a una sola raza sino una especie de melting pot, una nueva Babel, donde todas ellas estarían destinadas —les gustase más o menos— a convivir. Algo que, desde luego, se puede interpretar positivamente, pues probablemente el problema de Babel era la Torre en sí misma y no su caída, que obligó a que los seres humanos, sin importar las razas, etnias o procedencias, se relacionaran entre sí, viéndose obligados a hacer un esfuerzo por comprender al otro. Valorando las diferencias y la importancia que cada una de sus culturas, con sus respectivas particularidades, tenía. Y entendiendo, finalmente, que no había una, por supuesto, que fuera más importante que otra.

Las tensiones entre hispanos y norteamericanos llegarían finalmente a su máximo punto de ebullición a mediados del siglo XIX, debido a la guerra entre México y EUA, un conflicto esencial para entender la actual relación entre las dos poblaciones. Debido a la victoria anglosajona se firmó en 1848 el tratado de Guadalupe Hidalgo, por el que Estados Unidos se apropiaba de los Estados de Texas, Nuevo México, California, Nevada, Utah y partes de Arizona, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma. La frontera internacional se estableció en el Río Bravo. Y desde entonces, la visión sobre los hispanos en EUA fue lenta pero progresivamente modificándose teniendo en cuenta que tanto el mestizo como el mexicano pasaron de ser un “otro”, una especie de “monstruo” despreciable, a ser poblador de Estados Unidos, con todo lo que ello significa. Se estableció desde ese momento la base y raíz para la futura eclosión de un sincretismo cultural que al cabo de un siglo terminará desembocando, vía Afroamérica, en el jazz y el blues latinos, la particular forma de interpretar la salsa de Tito Puente, las melodías rockeras de Sixto Díaz Rodríguez, las coloridas novelas de Sandra Cisneros, los frescos humorísticos sobre la sociedad estadounidense del escritor dominicano Junot Díaz, un clásico del rock chicano y universal como “La Bamba” de Ritchie Valens, ciertos rhythm and blues de Willy Deville y Tom Waits, las pegadizas canciones de la reina del tex-mex, Selena Quintanilla, el cocktail de funky rítmico de Gloria Estefan y la Miami Sound Machine, los merengues de Juan Luis Guerra, algunas experimentaciones musicales de David Byrne (el líder de Talking Heads), entre otras muchas creaciones que de no producirse esta mezcla no hubieran eclosionado exactamente como lo hicieron.

Es muy importante destacar que desde ese momento — mediados del siglo XIX— lo hispano comenzó a quedar maniatado a lo anglosajón, (como casi cien años después retrataría con gran brío y humor Carlos Berlanga en Bienvenido Mr. Marshall) y que tras la guerra de Cuba —1898— este proceso llegaría a su fin, quedando la relación entre ambos mundos más o menos en la forma que conocemos actualmente. Se comenzó a continuación a teorizar seriamente sobre las características de las dos culturas. Es entonces, de hecho, cuando se divulgan, instituyen y casi se hacen oficiales una serie de visiones y tópicos arrastrados a lo largo del tiempo sobre las dos cosmovisiones (como si fueran inobjetables verdades científicas). Por ejemplo, en 1891, José Martí diferencia entre dos propuestas: la de Estados Unidos (expansionismo, agresividad, guerra) frente a una fundamentada en el amor y el reconocimiento de los derechos de los más débiles que podría corresponder, si se hicieran los esfuerzos debidos, a los pueblos latinoamericanos. E igualmente, en el año 1900 José Enrique Rodó escribe su Ariel donde, basándose en la obra de William Shakespeare, La tempestad, y los personajes Ariel y Calibán, diferencia el espíritu e idealismo (Latinoamérica) de la materia y el utilitarismo (Norteamérica). En definitiva, es en este momento cuando quedan fijados de manera general en la conciencia colectiva de las dos culturas toda una serie de comparaciones duales: ira (EUA) –vs– dulzura (hispanos); pragmatismo (EUA) –vs– idealismo (hispanos); civilización (EUA) –vs– barbarie (hispanos); mente (EUA) –vs– corazón (hispanos); no-tiempo o tiempo eterno (hispanos) –vs– el tiempo del reloj (EUA); cultura moderna (EUA) –vs– ancestral (pre-hispánica); vivir para trabajar (EUA) –vs– trabajar para vivir (hispanos); racionalidad (EUA) –vs– afectividad (hispanos); stress (EUA) –vs– relajación (hispanos).

Tópicos que tienen algo de verdad. Y, en algún caso, como ocurre con el que incide en la excesiva relajación de los pueblos hispanos, tanto en su sentido positivo como negativo, son reactualizados constantemente. Por ejemplo, en Breaking Bad, cuando Walter White necesita disponer de tiempo para resolver sus asuntos relacionados con la droga, no dudará en decirle a su mujer que ha decidido viajar a México, para ver si es posible que con las hierbas de los chamanes y curanderos su corazón encuentre tranquilidad suficiente para sanar de su cáncer.

A su vez, en pocas ocasiones se va a mostrar más sonriente Michael Scott en la versión norteamericana de la serie The Office, que cuando anuncia a sus subordinados en el trabajo que va a pasar unas relajantes y gratas vacaciones en Cancún, mientras chapurrea un pobre español. Y es difícil olvidarse de cómo es visto uno de los pocos latinos —Roberto Mendoza— que aparecen en El ala Oeste de la Casablanca (The West Wing), quien siendo candidato al Tribunal Supremo es detenido en Connecticut, sospechoso de conducir ebrio. Acusación que luego sabremos que es falsa pues se debe a motivos racistas. Creo también necesario recalcar el que sea aproximadamente en esta época (entre mediados y fines del siglo XIX) que ciertos intelectuales empiecen a mostrarse interesados por las culturas de los nativos americanos que viven en México, algo que resulta muy sintomático para caracterizar las relaciones entre ambos pueblos, pues no es sino hasta que casi han desaparecido del territorio de EUA —y ya no se los percibe como enemigos— que comienzan a llegar propuestas de comprensión hacia las culturas aborígenes. Un ejemplo de ello es el extraordinario libro Incidentes del viaje a Yucatán (1843) de John Stephens, donde se revelan datos sobre las civilizaciones mesoamericanas que fascinaron a Edgar Allan Poe, quien no podrá ocultar una sonrisa 18 turbia al saber del descubrimiento de ciertos asentamientos mayas. Así mismo, tras un iniciático viaje a Yucatán, Charles Olson se decidirá a cambiar y experimentar aún más con su escritura. Y el inglés D. H. Lawrence vivirá años inolvidables en Oaxaca, donde intentará explorar el culto a Quetzalcóatl y las liturgias míticas y ancestrales pre-hispánicas en La serpiente emplumada (1926).

Es justo decir que, más allá de la voluntad de acercamiento y conocimiento a la cultura de los nativos americanos, la mayoría de estas visiones provocarán gran polémica en México, donde se les acusará de no haber profundizado lo suficiente; de haber visto y comprendido la “otra” cultura bajo las leyes de la propia sin perder, en ningún caso, su propia identidad occidental. Clásica polémica casi desde su nacimiento, que vivió uno de sus últimos episodios, pero seguro que no el último, en los encarnizados debates que se produjeron respecto a la versión que Mel Gibson ofreció de las culturas mayas en su Apocalypto (2006), película que hay quienes consideran una especie de Rambo a la indígena y que acaso sin comprender ni valorar tampoco sus reales méritos —en un caso de racismo o discriminación a la inversa— ha sido descalificada totalmente al considerarla un arma imperial para doblegar conciencias. Una forma a través de la que los norteamericanos justificarían la matanza de nativos americanos teniendo en cuenta la crueldad que muchos de ellos muestran en esa trepidante aventura en la selva.

Es a partir de la segunda o tercera década del siglo XX que poco a poco se van a ir diferenciando dos visiones sobre los hispanos en Norteamérica y el mundo anglosajón en general: 1) La oficial, la mass-mediática; y 2) La independiente, promovida desde ciertas universidades, centros contraculturales o determinados escritores y pensadores, que alcanza su cénit y apogeo a finales de la década de los 60 en Woodstock. En cuanto a la oficial, es necesario resaltar una circunstancia: el hecho de que el mayor fabricante de sueños del siglo XX, Hollywood, estuviera situado en Los Ángeles. Más que nada, porque teniendo en cuenta el origen hispano de la mayoría de los habitantes de esta localidad, hubiera sido lógico que gran parte de ellos hubieran protagonizado o al menos hubieran aparecido como extras en muchos de los films. Sin embargo, esto no es así. De hecho, el hispano es uno de los grandes ausentes del cine de la era dorada de Hollywood. No aparece y si lo hace, casi no se le percibe. Como si no formara parte de la nación y hubiera que avergonzarse de él, en un momento en que Estados Unidos empieza a exportar su visión del mundo y de sí mismo a todas partes, colonizando el imaginario occidental por medio de westerns donde la figura de los nativos americanos no salía, desde luego, muy bien parada. No tanto porque los retratasen como malvados, sino más bien porque no había reflexión apenas sobre ellos. Eran “el otro”, el otro elevado a la máxima potencia que no se podía ni se quería comprender y por tanto era mejor matar.

Tampoco aparecen hispanos en muchos de los cómics de superhéroes norteamericanos. De hecho, últimamente he estado leyendo los primeros números de El asombroso Spiderman y Los 4 Fantásticos y no he encontrado ninguno. Y sospecho que tampoco deben encontrarse muchos en los de Superman, un héroe norteamericano cuyo poderío y aspecto contrasta más si lo comparamos con El Santo, el héroe mexicano por antonomasia, un hombre robusto y fuerte pero que, en realidad, podría ser cualquiera. Un ser anónimo que no se toma en serio a sí mismo y junto a Superlópez, la parodia de Superman española, o actualmente, Flaman, dan idea de lo diferentes que serán los héroes hispanos de los norteamericanos. La relación oficial entre ambas culturas va a cambiar un poco —aún superficialmente— en los años 50 y 60 debido a la amenaza comunista, pues tras la Segunda Guerra Mundial, con la intención de enfrentarse al bloque soviético, EUA entiende que debe reclutar aliados y ofrecer una mejor visión del país, en los tiempos además en que Ernesto Che Guevara recorre media América llamando a la revolución. Y es entonces que se produce un momento inenarrable protagonizado por el más grande símbolo de Norteamérica, Elvis Presley, que en Fun in Acapulco (1963) entonará la famosa canción Guadalajara del maestro José Guízar, en español. Acto cordial imposible de concebir tan sólo unas décadas antes, por el que la nación anglosajona intentaba ganarse la simpatía del resto del mundo y, desde luego, de su vecino México, al que halagaba y agradecía su apoyo con una escena que, en mi opinión, representa el principio, muy incipiente, de la aceptación y consiguiente reflexión —más o menos acertada— que lentamente se fue desarrollando en los centros oficiales norteamericanos sobre los hispanos. Estos, no obstante, décadas más tarde volverían a ser criminalizados por el cine al ser tipificados como narcotraficantes y camellos en películas como El precio del poder (1983) de Brian de Palma o una serie como Corrupción en Miami (1984-1989) donde da la casualidad de que ninguno de los dos policías es hispano. Tampoco recuerdo demasiados hispanos en la creación de J.J. Abrams, Lost, (2004-2010), que se proponía como un retrato casi caleidoscópico de la humanidad, lo que no creo Estados Unidos empieza a exportar su visión del mundo y de sí mismo a todas partes, colonizando el imaginario occidental por medio de westerns 19 que en absoluto fuera negativo para los hispanos pues acaso este hecho indicara que tal vez los que se encuentren perdidos precisamente no sean ellos, sino los norteamericanos entre montañas de dólares, deudas, rascacielos y comida basura. Reflexión que, en parte, se corresponde con la que realizó la generación beat que vio a México como un lugar libre, una especie de Edén donde redimirse y escapar de la máquina capitalista continuando y llevando al extremo las reflexiones que décadas antes realizaron John Steinbeck y Tennessee Williams sobre su país vecino, y Ernest Hemingway sobre España. Por ejemplo, Jack Kerouac, al final de En el camino (1957) visualizaba México como un paraje místico, casi agreste, ideal para relajarse por primera vez de su viaje y emprender la búsqueda de su verdadero ser; William Burroughs lo pensaba como un lugar donde escapar y contemplar de lejos el peligroso desarrollo armamentista de su nación y el capitalismo salvaje que amenazaba con devorar el planeta; y el inglés Malcolm Lowry —como también Allen Ginsberg— lo entendía en Bajo el volcán (1947), como un centro que evidenciaba el apocalipsis de fe vivido en Occidente.

A este respecto, hay que resaltar que la contracultura disolvió muchas de las nociones imperialistas de EUA. Y puso por primera vez en claro las barbaridades cometidas contra los nativos americanos y la madre naturaleza en general. Recalcó la imposibilidad de huir de este oneroso recuerdo al que gran parte de los artistas de los años 60 dieron —con más o menos fuerza— relieve hasta que justo en 1968, en el año de Woodstock y el amor, de la explosión liberal, apareció la famosa La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero, una película que mostraba de forma extrema toda esa mala conciencia escondida en la psique del norteamericano que se transformaba ahora en un zombie a través del que se sentía latir el aliento vengativo, el fantasma y espíritu de aquellos nativos americanos que fueron asesinados sin haberles dado tan siquiera sepultura. Y es que la contracultura no se va a reprimir en ningún caso a la hora de ofrecernos una visión crítica de los habitantes de la nación. Tanto es así que, desde determinado punto de vista, podría decirse que la película de George. A. Romero fue el río en el que desembocaron afluentes como las series The Addams, Dark Shadows o The Monsters, a través de las que al fin, con sentido del humor y sano desparpajo, los americanos se reían de sí mismos y reconocían en cierto sentido algo del esperpento cometido al colonizar su país.

De hecho, teniendo en cuenta estos antecedentes, parece lógico que, tras las oleadas de rebeldía surgidas en los años 60, en 1970 se estrenara el film de Arthur Penn, Pequeño gran hombre, protagonizado por Dustin Hoffman, donde al fin —como dos décadas más tarde realizará Kevin Costner en su oscarizada Bailando con lobos (1990)— se daría una visión humana de los nativos americanos en lo que suponía un mea culpa por lo realizado, no exento de hipocresía —pues apenas quedaba ya ninguno de ellos vivo— pero al mismo tiempo posibilitaba el proceso de aceptación de los mestizos e hispanos, que no ha terminado de completarse por muchas de las causas anteriormente referidas, incluido el tema de los migrantes indocumentados hoy en día.

Con la intención de llegar a más público que con Thriller, Michael Jackson se hizo rodear de todo tipo de latinos en el video de “Bad” (1987). Y en uno de los cartoons más famosos de la historia, Los Simpsons, son variados, irónicos e inteligentes los guiños a esta comunidad cuya influencia ha ido creciendo cada vez más en las tres últimas décadas, acaso porque se ha comprobado que los defectos que se les achacaban hace siglos eran, en realidad, virtudes. De hecho, son ellos, con su paciencia, su sacrificio, su escaso sentido práctico pero su corazón de oro, uno de los colectivos que más están contribuyendo a sostener el país en años de duras crisis económicas, como los que estamos viviendo y los que vienen. Comportamiento que probablemente está permitiendo que se los humanice al fin y se intente comprenderlos, como muestra, por ejemplo, el que en la última temporada de El ala oeste de la Casa Blanca se nos presentara a un candidato latino, el Congresista Santos, como candidato (finalmente electo) a la presidencia de EUA, una muestra tan interesante como Nuestra América: la presencia latina en el arte americano que el Smithsonian American Art Museum estrenó hace unos años, el documental Latinoamericans de seis horas que el canal PBS comenzó a emitir recientemente o, muy de distinta manera, el auge de las películas de Robert Rodríguez como Machete (2010), donde el mexicano es visto como un ser capaz de aguantarlo todo.

Un héroe a su manera, que hay que respetar y cuidar pues de no ser así puede terminar volviéndose contra quienes lo ofenden y exterminarlos sin piedad.  Visión que no contribuye a la concordia pero me parece necesaria, teniendo en cuenta el problema migratorio aun no resuelto. Y que por más que hayan existido avances, como muestran series como Breaking Bad, The Shield, Weeds o la recientemente aparecida Devious Maids, en las que el latino es visto como narcotraficante o sirviente, aún queda mucho por hacer, como con tanta lucidez y maestría manifiestan, por ejemplo, algunas de las novelas de Cormac McCarthy. Shalam

 ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

 No seas tan blando que te expriman, ni tan duro que te rompan

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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