Ibáñez

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Francisco Ibáñez es otro de los héroes culturales que la pandemia está reivindicando. El español medio aceptó que sus cómics lo retrataban totalmente hasta 1992. Pero después de Las Olimpiadas de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla, sus creaciones comenzaron a ser leídas más como un reflejo del pasado que como un espejo del presente. Y pronto, fueron sustituidas en muchos hogares y pisos de universitarios por icónicas revistas de la Transición como El jueves que describían nuestra chabacanería habitual con un toque más moderno y actual. Más gamberro, desenfadado y chulesco. Y probablemente también más punk y nihilista.

Obviamente, la España berlanguesca y chapucera que con tanta habilidad, ingenio y mano izquierda describía Ibáñez en sus viñetas no se había ido completamente. Chapoteaba en medio del cenagal político y económico entre los sopapos de Jesús Gil a diestro y siniestro, las apariciones caricaturescas de Ruiz-Mateos disfrazado de Superman, determinadas portadas del Marca, el taquillazo de Torrente, las adivinanzas lingüísticas de Mariano Rajoy o aquella portería que no se encontraba en medio de un Real Madrid-Borussia de Champions. Y también asomaba habitualmente su rostro en programas televisivos como Esta noche cruzamos el Missisipi y Crónicas Marcianas. Frívolas operaciones de ingeniería social y estética a través de las que se depuraba, estigmatizaba y reconducía la raigambre castiza y humorística española a las necesidades económicas e ideológicas del sistema. Se transformaba al pueblerino en tonto, al tonto del pueblo en friki y al hombre de campo en objeto de burla marciano, contribuyendo a la fría destrucción de la tradición que, en el caso de nuestro país, no pudiendo ser ocultada, sí que fue más o menos camuflada gracias a la llegada de internet, las televisiones por cable o la bonanza económica. El ocio absoluto. Además de, por supuesto, gracias a ese malicioso invento, la Marca España, sinónimo de calidad y modernidad, que, con sus correspondientes crisis y vaivenes, llegó a su total apogeo durante la primera década del siglo XXI gracias al éxito de los deportistas españoles. Y aún, en cierto modo, a pesar de haber sido bastante zarandeado desde mayo de 2011, continuaba vigente hasta la eclosión del coronavirus merced al interesado consenso de todos los partidos políticos. A la apuesta por el espectáculo y la competitividad.

No obstante, la ridícula, bochornosa gestión de la pandemia (llena de inverosímiles momentos que sino superan al menos igualan algunos de los más delirantes vistos en Mortadelo y Filemón) realizada por el gobierno actual (¡Ojo! ¡Estoy convencido de que otro de distinto corte ideológico hubiera actuado de manera muy similar!) ha vuelto, al menos en mi caso, a hacer que desempaquemos las historias escritas por Ibáñez para comprender mejor qué estaba ocurriendo.

Básicamente, porque cada rueda de prensa de nuestros dirigentes era una mezcla entre una pesadilla y un vodevil. Parecía, sí, haber sido meticulosamente imaginada por la mente del escritor catalán de tal forma que, a pesar de las cifras de muertos y la obligada reclusión, no quedaba otra posibilidad que reír; como si los señores que aparecían en la pantalla del televisor dando cifras de fallecidos estuvieran dentro de las viñetas de uno de aquellos viejos tebeos arrugados, llenos de migas de pan y aceite, que leíamos en el recreo; la seguridad nacional se encontrara en manos de los agente de la T.I.A.; los científicos y expertos trabajaran en el despacho del profesor Bacterio; los jefes de todo ese dispositivo informativo fueran remedos caricaturescos del superintendente Vicente Ruínez; y los guardias civiles y policías que leían el parte de incidencias diarias con tono de chiste de Gila, fuesen un compendio de todos los que aparecen en esa obra de arte imperecedera llamada Mortadelo y Filemón. Un cómic que vale por la mayoría de los análisis sociológicos y artículos periodísticos que hasta ahora se han hecho de la gestión de la pandemia en España. Y además, demuestra sin necesidad de levantar mucho la voz que a lo mejor nos parecemos más al protagonista de Rompetechos que a esos modelos idealizados procedentes del extranjero en los que nos hemos estado mirando platónicamente (y tal vez también quijotescamente) al menos desde los años 80.

En verdad, los últimos acontecimientos han venido a demostrar algo ya consabido: que Ibáñez siempre fue un grande. Siempre estuvo ahí más allá de las modas, el oropel consumista y las operaciones de cirugía estética y financiera que se han ido realizando en los nervios y músculos del pueblo español durante las últimas décadas. Y que sus cómics son tan substanciosos e hilan tan fino como algunas de las jugosas obras de Ramón del Valle Inclán, Rafael Azcona o Jardiel Poncela. Son un reflejo veraz y antropológico de España. Un resumen gozoso de nuestras señas de identidad eternas y nuestra difícil y (en ocasiones calamitosa) adaptación a la modernidad y al frío mundo tecnológico.

En cualquier caso, teniendo en cuenta la trágica realidad actual, no me complazco en celebrar a voz en grito su obra. Y, menos aún, atisbando el futuro que se avecina. De hecho, he de reconocer que la reivindicación que acabo de hacer de sus logros me perturba bastante puesto que sus lúcidas viñetas creo que no sólo condensan y resumen lo ocurrido durante estos dos últimos meses en ese gabinete español de gestión de la pandemia (tan parecido a la T.I.A.), sino que, asimismo, apuntan directamente al futuro inmediato de la -así llamada- generación más preparada de nuestro país. Esa que adquiría títulos como se compra fruta en el mercado: luchar por ganarse la vida con la crudeza con que lo hacía el Botones Sacarino sin más ayuda que el sentido del humor; prepararse para un inaudito aumento de los pagos en negro y de las reparaciones tortilleras de locales (dignas de Pepe Gotera y Otilio); y, en el caso más extremo, (aquí ya no cito a Ibáñez sino a Escobar), pasar hambre, como lo hacía Carpanta, y vivir o bien de la caridad social o bien de las sobras que quieran repartir la iglesia y el Estado. Shalam

الشخص الذي لا يخدع لن يفعل أي شيء مثير للاهتمام

Quien no comete una tontería, nunca hará nada interesante

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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